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Última hora.

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(Obviamente, este artículo no fue publicado en El Mundo de León).

Ayer, jueves 22 de marzo de 2012 vio la luz por última vez la edición de León de El Mundo, que cerró sus páginas sin previo aviso, a traición, sin poder siquiera despedirse de sus lectores. Sin que se atendiera al menos a una cierta estética que hiciera coincidir su cierre con la fecha de apertura, aquel primero de abril de 2008 en que floreció con tanto entusiasmo como solvencia. Algo que tan fácil hubiera sido. Pero no, porque haber tenido ese detalle también implicaría haberse comportado dignamente con quienes han hecho de ese modesto pero aguerrido periódico, de esas "páginas centrales" que muchos veíamos como el corazón sin marcapasos de una forma de hacer periodismo hoy casi extraña, un referente de trabajo bien hecho y honestidad. No, ahora el estilo de la "reforma laboral" es simple y llanamente una despedida a la francesa y el si te he visto no me acuerdo. Quedan en la calle muchos amigos y compañeros, profesionales probados, unos jóvenes, otros curtidos, todos ellos dignos representantes de una profesión hoy día estigmatizada por la sumisión al poder y las deudas constantes, de todo tipo, sin primas de riesgo. Ellos no pagaron esas hipotecas, o al menos no pareció que les interesara hacerlo, y quizás eso ha influido en que les desahucien ahora, víctima propiciatoria de malas gestiones de los que nunca son despedidos, porque son los que despiden. Y se ensañan en este desalojo clandestino con prácticas que nadie calificaría de buenas y que no cabe comentar más, pues el arqueo de sus servicios aún se regatea como si reconocerlo fuera un privilegio, como si lo que hasta hace poco era un derecho incontestable las reformas laborales y estos tiempos hubieran convertido en una antigualla de cuando éramos más decentes. Hoy, primer día sin ellos, sin su trabajo en las manos, sólo quiero despedirme de una cabecera para la que trabajé desde el primer día fuera de lugar, pues no lo hice en ella, sino con ellos. Con su directora, buena amiga de tiempo atrás, y con los compañeros y amigos que después hice allí y a los que ahora envío mi más cálido y afectuoso abrazo. Con ellos sí me encontré en mi sitio, en un sitio muy acogedor y honorable. Gracias. 

Luis Grau Lobo.

 

Verdaderas noticias

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(Publicado en El Mundo de León ,el 18/3/2012)

Una de las obras maestras desaparecidas más famosas e influyentes de todos los tiempos puede que haya sido hallada en el lugar en que fue pintada hace medio milenio. Unos investigadores italianos están convencidos de haber identificado el formidable mural que Leonardo dedicó a La Batalla de Anghiari, en el más espacioso salón del más famoso palacio veneciano, bajo un fresco del pintor e historiador Giorgio Vasari, que tanto admiraba al maestro de Vinci. En aquella obra, Leonardo compitió con Miguel Ángel Buonarroti, que se encargó de la pared vecina, y el contrato para la obra encargada por la Serenísima fue firmado por Nicolás Maquiavelo. Conocemos las figuras que creó y que nunca hemos podido ver gracias a la admiración de muchos artistas, entre otros Rubens, que le dedicó un grabado revelador...

Durante estas noches de marzo que preludian la primavera, el siempre lascivo Júpiter y la joven diosa del amor danzan en el firmamento vigilados de cerca por el suspicaz y enamorado Marte. Gracias al efecto de la curvatura de las órbitas de estos planetas con nombres olímpicos, podemos disfrutar de su brillo a las horas cercanas al crepúsculo como pocas veces, sin esfuerzo ni herramientas de aumento. Ofrecen un espectáculo en el que otros astros les escoltan. Júpiter es el planeta más gigantesco del sistema solar (más de 300 veces la Tierra), dios máximo y óptimo de los latinos, pero se aprecia más pequeño que Venus, el más cercano y más parecido a la Tierra, el más misterioso y seductor sin embargo. Marte es de color rojo, rápido y hostil...

Tras un cuarto de milenio, la Enciclopedia Británica dejará de editarse en papel, renunciando así no sólo a una era, la de la letra impresa, sino a una forma de conocimiento y, sobre todo, a una ambición del pensamiento occidental: la de abarcar todo el saber en una serie de tomos. La realidad nos ha desbordado y ya no es posible añadirle más apéndices para intentar comprenderla: se la entregamos al piélago céreo e ilimitado de un universo sin guardas. En él navegamos en frágiles cascarones de oscuros teclados y brillantes pantallas como una flotilla de pescadores de bajura en una noche negra, de cabotaje en cabotaje sin atrevernos aún al mar abierto...

 

El hallazgo de algo que todos sabían dónde estaba pero que nadie ha visto, aunque se desea contemplar desde hace siglos. Una coincidencia cósmica que se repite cíclicamente pero que es única y es un espectáculo incomparable y gratuito. Un final y una pérdida que será una transformación y un principio. Son tres noticias al azar, algunas de las que me han interesado esta semana. Hay de sobra, escojan las suyas. Y que nos dejen en paz. Un par de días al menos. Dejen las noticias del dinero, tan cargantes y quejumbrosas, tan groseras, para las páginas salmón, esas que aparta uno para tirarlas a la papelera. Dejen a los políticos ocupar la sección de sucesos. Dejen de amargarnos la existencia. Y liberen la primera página para las noticias. Noticias de verdad.

Luis Grau Lobo

Vendedores

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(Publicado en El Mundo de León, el 4/3/2012)

Llaman a nuestra puerta a horas incómodas y nada más abrirles nos envuelven en un discurso embrollado, intencionadamente turbio pero categórico y con un punto arrogante en el que no sabemos distinguir si nos dicen la verdad o si lo han preparado tanto porque ni ellos mismos lo entienden. Nos tratan ceremoniosamente y por nuestro nombre -¿lo han leído en el buzón o lo saben porque manejan nuestros datos?- y nos requieren facturas, documentos o papeles con desenvoltura de gerente, aunque al poco nos demos cuenta de que no son más que jóvenes malpagados que buscan ganarse la vida con una venta puerta a puerta en la que ponen un empeño algo desesperado que se desvanecerá como el humo al cerrar la puerta. Y acaban dándonos su móvil y su nombre de pila para el momento en que nos decidamos, cuando creíamos que nos iban a dar un teléfono oficial de empresa o una web para ratificar las consultas a tanta oferta como nos traen a casa. Casi nunca repiten visita, pero nos insisten en que les llamemos a ellos. Por favor.

Suena el teléfono, ese instrumento destinado a irrumpir sin mala conciencia en cualquier intimidad, y al descolgarlo escuchamos una voz cadenciosa, habitualmente del otro lado del océano, que repite una plática memorizada y ágil de la cual ni siquiera nos quedamos con el nombre de pila de nuestra interlocutora (suele ser mujer) que se supone debe tranquilizarnos más allá del anonimato. Parece saber cosas de nosotros, de nuestras cuentas y gastos ordinarios, que ni siquiera nosotros sabemos o hemos olvidado, y nos recomienda, con familiaridad y deje solidario de consumidor a consumidor, que nos cambiemos a un plan que de inmediato nos propone y con el que economizaremos y viviremos mejor. Aunque intentemos colgar, ella (o él) persevera y acabas por ser mal educado o por emplazarle para otra ocasión en que, mientes, no estarás en casa a esa hora o no cogerás el teléfono, aunque ella (o él) persistirán. Y te dará mala conciencia, porque sabes que ellos no son distintos a ti, y que si simulan es porque sus compañías les pagan por hacerlo. Aunque sea una miseria lo que sabes que les pagan.

Lees el periódico, enciendes el televisor o la radio y se presentan enseguida, en cualquier cadena, casi a cualquier hora, en el salón de tu casa. Visten trajes y corbatas uniformes como clones salidos de una máquina de hacerlos todos iguales. Conocemos sus caras y el rictus con que intentan imitar una sonrisa, que no se parece en nada a lo que tú llamas así. Siempre son los mismos. Pretenden que confíes en ellos aunque ya te han defraudado muchas veces y jamás te han pedido excusas por ello. Lo han hecho mal, muy mal, pero no se van, ni los echan. Y te hablan, una vez más, como si supieran de lo que hablan, aunque tú sabes que lo que deberían decir no lo confesarán jamás. Aunque, eso sí, ellos ganan mucho más que tú, y por eso no tienes ningún remordimiento cuando los ignoras. Así que apagas la televisión. Pero ellos no se van. Y tampoco tú te quedas tranquilo...

 

Luis Grau Lobo

El "pronto"

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(Publicado en El Mundo de León, el 19/02/2012).

Después de una salida de tono o un inicio de trato abrupto y grosero, es frecuente escuchar a terceros que lo justifican diciendo: "es el pronto que tiene, pero en el fondo es buena persona". Pues no. Las formas importan. Y el fondo será como sea, pero no puede no merecer la pena llegar hasta ahí si para eso hay que atravesar superficies tan inhóspitas. Ese tipo de comportamientos se llamaba antes mala educación, y la gente los repudiaba en cualquier circunstancia. Pero ahora parece que se disculpan dependiendo de quién y dónde los exhiba. Se considera que un "carácter fuerte" tiene bula y hasta se suele dar que todo el mundo trate a quienes no son capaces de dominarse a sí mismos con una consideración especial, por si acaso se enfadan, "ya sabes cómo es...", les disculpan. El exabrupto y la pose permanentemente irritada están de moda, el gesto airado es cool, aunque tras él no se encuentre motivo alguno. Y mientras que mucha gente parece haber desterrado la alegría, el buen humor y la chispa en el trabajo o en el trato "serio", porque no casan con estos tiempos arduos, dicen, sin embargo no se ponen muchos reparos al abuso del mal rollo y la bronca. Menuda ayuda.

Con esto del sagrado pronto, además, los asuntos no se meditan ni se sedimentan, sino que se transfiguran al minuto en reacciones que por su espontaneidad (esa "burbuja tecnológica" del temperamento), se tornan sanguíneas e irreflexivas, alentadas por la inmediatez de las redes sociales y hasta de los medios de comunicación tradicionales, cuya presteza vertiginosa en suministrar datos ha reducido al mínimo la capacidad de reflexión sobre ellos. Una celeridad proclive a los "prontos". Se prefiere la rapidez a la consistencia. Y sin embargo, la red es tan rápida como lapidaria. Lapidaria en el doble sentido, ya que sentencia las cosas con injustos breves, a menudo instintivos, pero al mismo tiempo otorga a éstos una permanencia que ya hubiera querido el antiguo papel de prensa, como si estuvieran escritos sobre mármol pentélico.

Y, dicho esto, tampoco está de más que no se enfade uno donde no toca, en el encaje de la sátira, por poner un caso. Anduvo el corrillo carpetovetónico revuelto con la mofa de los gabachos a propósito del excepcional papel internacional del deporte español y los aislados casos de dopaje, mezclados para escarnio público en los guiñoles de la televisión vecina. Hasta el ministro del ramo habló airado, cuando para cosas de más enjundia ni se le oye.... Y empezó el rasgarse vestiduras todos a una, Fuenteovejuna, como si nos hubieran mentado a la madre o peor, que se diría que en este país lo único que no nos pueden tocar son los atletas que tan bien compiten y a los que el sueldo quizás compense por estos sofocos. En ellos hemos depositado nuestro depauperado orgullo patriótico. Aparte de la isla de Perejil, claro. Y nos olvidamos de que la sátira debe encajarse con aplomo, no recordamos nuestros propios guiñoles o la tradición satírica del español, a veces el único recurso del pataleo para un país venido a menos tantas veces, e ignoramos otras sátiras similares o peores que se hacen a diestro y siniestro tanto allí como aquí y nada pasa. Nos comportamos como el fanático del Islam con nuestros propios dioses olímpicos. Y, sobre todo, olvidamos que lo único que puede hacerse con el humor es apreciarlo, reírse o no, y si es de mal gusto, ignorarlo por tonto, pero no escandalizarse por su ofensa. Con educación. Y con deportividad.

Luis Grau Lobo

Derecho al olvido

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(Publicado en El Mundo de León, el 5/02/2012).

Los recuerdos, al menos cierta clase de recuerdos, están sobrevalorados. Petulantes y despóticos, pretenden dejar a un lado la parte de olvido que necesitan para fraguarse, para hacerse memoria y, con ello, merecer su evocación, su enmienda o su destilación nostálgica. Sólo la negligencia y la reprobación, conscientes o no, modelan nuestra memoria y logran que seamos capaces de soportar el bagaje de recuerdos que hemos de seleccionar y manipular para sobrevivir. Pregúnteselo a Freud. O, mejor, recuerden a Funes el memorioso, atormentado por su prodigiosa, infinita retentiva. La memoria, como los icebergs, se mantiene a flote gracias a ese noventa por ciento que no podemos ver.

El olvido es terapia y enfermedad. El recurso más habitual de los grandes dramatismos, la pérdida de la memoria, permite empezar de nuevo, desde cero, dejando todas las cuencas libres para no ser ahogados por los caudales de antaño. El mal de nuestra época, el más temible, el Alzheimer, supone el regresivo viaje de nuestra mente al estado instintivo y sin anclajes vitales de la infancia, una especie de destino funesto a lo Benjamin Button. El olvido consiente un nuevo principio y presagia el final, es el intérprete trágico de nuestra vida. Por eso las bibliotecas, los archivos, los museos y cualquier institución similar nos dicen más sobre nosotros mismos por lo que falta en ellos que por lo que contienen.

Legislan o quieren legislar en estos días en Europa a favor del derecho al olvido, a propósito de esa pertinaz retentiva vicaria que llamamos red de redes en la que quedan atrapados cuantos testimonios un día nos parecieron dignos de preservarse y, con el paso del tiempo y la retrospección que cuestiona las veleidades de antaño, se convierten en odiosos, vergonzantes o simplemente triviales. Lo que entregamos a Internet y a sus muchas dependencias pasa a ser entonces ese fondo de armario para el que nunca llega el cambio propicio de la moda, pero que ni queremos tirar ni tampoco que alguien vea. Porque sólo a nosotros nos dice algo. Como esas instantáneas en las que aparecemos con poses que ahora parecen ridículas pero que custodiamos con celo y que no enseñaremos más que a los íntimos, tal vez, en medio de una fiesta. Esas cosas que sólo nuestros nietos, quizás ya en nuestra ausencia, mirarán con condescendencia y ternura arqueológicas.

Pero ahora cedemos con frivolidad y largueza nuestros bagajes y testimonios a un cajón que casi cualquiera puede abrir, desde aquellos que un día tuvieron ese derecho pero lo perderán con el tiempo hasta quienes nunca lo tendrán y aún así lo ejercen sin pudor. Facebook. El álbum de fotos del colegio transformado en depósito de nuestra intimidad aventada a los cuatro puntos cardinales. Internet, esa tela de araña que tejemos y nos atrapa a la vez... Sobre todo cuando somos más delicados. Adolescentes. Y la adolescencia no es exactamente una fase vital, sino un estado de ánimo recurrente y tierno que regresa como un eco en cualquier momento, a traición, fugaz o dilatadamente, para desguarnecernos para que, literalmente, adolezcamos. Pero debemos tener el derecho a que esa circunstancia, proclive a la exhibición o la fragilidad, no marque para siempre el siguiente paso que queramos dar. El derecho individual a arrepentirse, a rectificar, a cambiar, a ser redimido y perdonar, a una intimidad que es nuestro único patrimonio. Esa es tarea del olvido.

Luis Grau Lobo

Frases diabólicas

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(Publicado en El Mundo de León, el 22/01/2012)

En el último cuarto del siglo XIX Ambrose Bierce alumbró una de las series más populares y memorables del periodismo, aunque lo hiciera en los rotativos de Hearst, emblema de la prensa amarilla: el "Diccionario del diablo". Hoy día, convertida aquella en un célebre libro donde se desgranan todo tipo de términos con una definición punzante, ácida y satírica nunca exenta de propiedad, quizás mereciera reanudarse tan lúcida ocupación. Sin ánimo ni capacidad para rivalizar o afrontar ese reto, y además ahora que las palabras sufren desgastes y deformaciones que se remontan a décadas de vaguedad y abuso, creo que el nuevo rostro de Lucifer son ciertas frases hechas. Y no me refiero sólo a las consabidas y consolidadas parejas del tipo "instituciones penitenciarias" -¿cárcel o cofradía?-, "cumbre europea" -¿el Mont Blanc?- o "grandes superficies" -¿el Sahara, Gobi...?-, etc. sino a más recientes e inquietantes incorporaciones. Veamos algunas a modo de muestra. "Crecimiento negativo", debe ser eso que los mortales llamamos mengua, José Mota dice merme, y que, en fin, crecimiento no es. "Refinanciación de la deuda", o sea, más deuda para después. "Nerviosismo de los mercados", que es cuando unos pocos se alteran de alegría porque ganan mucho y otros (la inmensa mayoría) se alteran de indignación porque les están dejando sin blanca. "Reajuste salarial" o "reforma laboral", es decir, menos sueldo para los que menos ganan. Y más paro. Y los demás ni se dan por aludidos. O "Reestructuración de plantilla", esto es, a la calle los que menos cobran; los otros siguen estructurados. En fin, "préstamo interbancario" debe ser que los bancos se dejan entre ellos nuestro dinero, pero a nosotros no.

También está "El discurso del rey", que es el contenido exegético de los informativos el día que no hay prensa escrita (luego se sigue con lo serio), y también una película sobre un rey que no quiere hablar en público, pero van y le curan, qué torpes. "Judicialización de la política", dícese cuando algunos políticos deberían ser llamados otras cosas, que los jueces decidirán si pueden escribirse aquí sin añadir el mefistofélico adjetivo "presunto". O "Cambio de liderazgo", que es como eso de "a entrenador nuevo victoria segura", y tiene los mismos efectos que en el Atlético de Madrid. A propósito, "Partido del siglo" es ese espectáculo que se lleva a cabo una vez al mes, a veces más a menudo, como sucede con los "máximos y mínimos históricos" de lo que sea, que suceden cada día. Y así sigue la cosa: una "Misión de paz" es una guerra lejos de casa; y aunque de las "Previsiones económicas a largo plazo" no tengo ni idea (ni yo ni nadie), los "países emergentes" son aquellos que se verán menos anegados por la inminente subida del nivel del mar y, por el contrario, algunas islas del Pacífico serían los países sumergentes. Podría continuarse ad infinitum pero ya dije que no soy Bierce. Porque en definitiva, esta exuberante lista se basa en dos figuras retóricas de moda: el oxímoron y el eufemismo. La primera une contrarios para que nos acostumbremos al absurdo fraudulento que gobierna el mundo, ergo un tonto con un enorme fajo de billetes: el timo de la estampita. La segunda es vaselina pura, afeite, silicona y photoshop, o sea, mentira travestida. ¿Mentira piadosa? Pregúntenle al diablo.

Luis Grau Lobo

Número cien

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(Publicado en El Mundo de León, el 8/1/2012)

Los matemáticos prefieren los números extraños o únicos. Los que son primos; aquellos irreductibles, como pi con sus infinitos decimales (¿qué querrá decir "infinito"?, una palabra que se desmigaja en el magín...); las quimeras, como la raíz de menos uno, o las hermosas ecuaciones que condensan el universo... Sin embargo, los mortales solemos decantarnos por los números con cierta estética formal (capicúas) y, sobre todo, por las cifras redondas, esas con ceros al final, que parecen cerrar y abrir páginas a su pesar, quizás impelidos por un enfoque alfabético más que numérico de los guarismos: cien, mil, un millón...

Y así, ésta, que es la columna número cien de esta serie llamada "Fuera de lugar", y la primera del quinto año desde la aparición de este periódico leonés, merece tal vez una explicación que, como advertía el gran José Isbert, les daré, porque no la había dado (que necesidad no hay). Comencé escribiendo porque me lo pidió una amiga, que dirige este periódico, y desde entonces me siento a gusto con esa tribunicia potestad que me concedió y me exige ser exigente hacia mí mismo sin que otros me hayan puesto jamás cortapisa alguna. Compromiso conmigo mismo, sinceridad sin halago, argumentación sin ofensa, contención sin trabas, meditación sin alharacas, esos son mis propósitos. Porque he de gestionar un privilegio y, como decía el tío de Spiderman, ello conlleva gran responsabilidad: hablar de lo que me da la gana pero no como me da la gana. Sigo sintiéndome, claro, fuera de lugar, porque éste no es mi sitio, supongo, aunque me hayan acogido como si lo fuera. No soy perito en estas lunas, pero cierto atrevimiento de neófito me ha levado a hablar del Japón y de Cerezales del Condado, de Berlusconi y de Allende, de Cataluña y de León, de la música, de la banca y de algunos amigos, de Dios y de Iniesta. Hasta un libro hicimos, con algunos textos y viñetas seleccionados, entre Rodera y yo (con Miguel, claro), para celebrar el regocijo de esta prerrogativa.

Fuera de lugar sigo estando, por supuesto, y estaré mientras me dejen o me quieran, pero ese es un lugar que no me incomoda. Verán, en el terreno de la arqueología (se supone que esa es mi formación), solemos poner varias etiquetas a  las cosas que no están donde deberían estar, o donde querríamos que estuvieran. Descontextualizados, raros, ítems, extravíos del pasado que llegan al presente como la botella de un náufrago que nadie quiere abrir. Sin embargo, en inglés existe un término para los objetos extravagantes o estrafalarios que se hallan perdidos en un tiempo (esa especie de lugar que se escabulle) que no es el suyo. Los llaman Ooparts, out of place artefacts. Imagínense, una azada en manos del homo antecessor, una chapa de Mahou en los estratos del alto Imperio romano, etc. Solemos resolver esos enigmas, fruto del descuido o de un azar travieso, con una discreta visita a la escombrera o una patada de medio lado. Pero tales hallazgos no son inquietantes porque estén fuera de su sitio natural, sino porque están fuera de su tiempo, en una época que no es la suya, a la que violentan y traicionan, rebajándola. Por eso, en estos tiempos en que tantos se sienten orgullosos de ser de algún sitio, como si hubiera algún mérito en ello, nada peor que no ser del propio tiempo. Así que estas reflexiones que al número de cien llegan ya, espero que al menos estén fuera de lugar, pero no fuera de tiempo. De nuestro tiempo. Gracias, compañeros, muchas gracias, y gracias, lector, seas quien seas.

Y, por cierto, para abusar un poco más de este privilegio, felicito su cumpleaños a mi madre, que, por aquello de las cifras juguetonas, también es hoy.

Luis Grau Lobo

Teoría del todo.

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(Publicado en El Mundo de León, el 11/12/2011).

Las ciencias, como antes las religiones, intentan explicar el mundo mediante una teoría del todo, que sirva igual para churras y para merinas. Sin embargo, poco después de que Einstein armonizase con diáfanas ecuaciones el interior de nuestro newtoniano planeta con el resto del Universo se reveló un problema de concordancia entre lo más grande y lo más pequeño, entre la incierta y probabilística vida de las esquivas briznas atómicas y el comportamiento solemne de las fuerzas gravitacionales que rigen el orbe a la mayor escala. Una contradicción que revela su mayor trance en los denominados agujeros negros, donde la gravitación devora el tiempo y el espacio, arruinando toda certidumbre a partir del lugar que los físicos denominan el "horizonte de sucesos", una suerte de Hades cósmico donde conocimiento y lógica carecen de sentido. En resolver esa sutura están empeñados sabios teóricos y prácticos de todo el mundo con adversa fortuna todavía.

Y algo así sucede, en nuestros días, con las ciencias humanas, o sociales que se decía antaño, que carecemos de una explicación global, arrasada la facundia desalmada del comunismo soviético, expuestas las miserias y falsedades del capitalismo global, mermadas las terceras vías en su descarriado desbarajuste. Más concretamente, las ciencias que pretenden explicar nuestra economía (en el sentido etimológico de esa palabra) no casan en lo micro y lo macroanalítico, no se entiende y nadie es capaz de explicar justificadamente lo que sucede, decirnos por qué hemos de pagar todos la factura de los que la han pifiado con las mismas reglas que han fracasado, por qué debemos emplear recursos de los más desfavorecidos para mantener poder y riqueza de los que no lo son. Falta una conexión mecánica y teórica entre el poder político y el económico que determine dónde está cada cuál y qué debe hacer, falta enlace entre ciudadanos y política, falta relación entre ecología y progreso. Falta nexo entre la realidad y la versión que de ella da la publicidad, entre la comunicación y lo que sucede. Falta conexión entre las intenciones y los hechos. Entre estos compartimentos estancos no hay relación de equivalencia, sólo sumisión o encubrimiento. Falta una teoría del todo, y por eso no hay una práctica del todo, por eso hay tanta zozobra, tanto titubeo, tanta decisión y marcha atrás, en fin, tanto descaro. Si la hubiera, no veríamos a un ministro de trabajo llorando ante las cámaras cuando explica sus propias decisiones, ni a cargos públicos sin avergonzarse públicamente de su propia incompetencia, o de las veces que han metido la mano en la caja para dejarla entelarañada. O anunciando que harán lo que sea necesario aunque no guste a nadie. Y de ahí, de esa falta de sentido de la que las cosas empiezan a abusar, de esa falta de costura entre lo que se dice y se hace, entre lo que sucede en la calle y lo que se cuece en los cenáculos del poder, acontece que cada vez estamos más cerca de un horizonte de sucesos que nos arrastra a asomarnos al agujero negro de nuestro incierto porvenir.

Luis Grau Lobo

Pagar y valorar

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(Publicado en El Mundo de León, el 27/11/2011).

Aún no se paga por entrar en El Corte Inglés, ni en Continente, que ahora le dicen Carrefour. Pero sí por entrar en la catedral de León, a partir del próximo mes de marzo. Esta celebradísima seo se resistía como gato panza arriba a la tasa que grava el acceso a la mayoría de los templos mayores de la región, pero hasta aquí llegamos. Va a convertirse, según dicen, de pulchra en "pingüe leonina". Hasta el momento eludía dignísimamente este peaje degradante y casi universal que tiende a convertir esos templos definitivamente en una caseta de turismo no apta para el recogimiento o la introspección, siquiera la admiración (ante la religión, ante el arte, etc.), antaño su misión primordial. Se acabó. A pagar y a "aprovechar" lo que dure la ficha, como en la feria de los coches de choque y la noria.

Casi al mismo tiempo, se ha decidido que van a cobrar la entrada a museos como el MUSAC, beneficiado de gratuidad desde sus inicios con el argumento de que había que promover su visita y el conocimiento del arte actual, la difusión de la creación cultural. Motivos que siguen vigentes para ese centro y para todos los de su estirpe, por cierto. Hace ya muchos años que corre el malentendido de que fue el ingreso en la Comunidad Europea lo que provocó que los museos dejasen de ser gratuitos. No es así, la Unión europea exigía un trato igualitario para todos los ciudadanos de Europa y como de aquella pagaban sólo los extranjeros, se planteó seguir el modelo británico (museos gratuitos) o el francés (todo el mundo paga), decantándose el gobierno entonces, como es tradición nacional, por el vecino gabacho. Un error.

Y ahora que las cosas van mal dadas, aquí es donde vamos a empezar a pagar, como decía la profe de Fama. Como si no lo hubiéramos hecho antes, que en ambos casos pagamos desde siempre. En definitiva, que los que andan achuchados (una gran mayoría y, por desgracia, creciente) se pensarán dos o tres veces entrar en la catedral de León para alcanzar ese regocijo espiritual milenario que ofrecen sus bizarros espacios, o en el Museo de arte más contestatario de la región, allí donde se dicen que se dilucidan revelaciones capaces de interpretar y renovar nuestra sociedad...

Y casi siempre -aparte el argumento de la crisis, que debería servir para lo contrario- se justifica el sablazo con esa frase castiza y para enmarcar de que "no se valora lo que no se paga", la cual ofrece muchas lecturas, todas ellas reveladoras de la trampa indecente que encubre. No insistiré en rebatirla porque no merece la pena algo que se califica por sí solo, pero, para empezar, la mayoría valoramos muchas cosas que no se pagan como las mejores que nos ofrece la vida. Y para terminar, esos servicios y lugares se pagan, claro que se pagan. Desde siempre. Y caros. No es que se valoren más si se cobra la entrada, es que nos cuesta más acceder a ellos. Sobre todo a los que menos tienen. En evitar o limar tales desigualdades se basa eso que llamamos justicia. Y hay cada vez más gente en ese caso. De hecho durante la última década y media no hemos sido capaces de disminuir esa cifra de personas que rondan la miseria a pesar de la riqueza que pasaba tan cerca de ellos. Y esto va a peor. Pero pretendemos que paguen por igual. Por ver museos, por entrar en los templos que son o deberían ser de todos, pues son la herencia que nos es común. Y no hablemos, claro, de la enseñanza o la sanidad... ahora también en el punto de mira de las maltrechas finanzas públicas.

Creo que visitar un museo es algo esencial para la educación de un ciudadano. Si no se está de acuerdo, entonces nada, a pagar. Si se está, podemos dar acceso universal y dejar que, una vez dentro, como en El Corte Inglés, los visitantes escojan servicios o productos a mayores, esta vez sí, de pago, pues no son esenciales para lo básico, que es acceder. No al revés. Si queremos usar técnicas de mercadotecnia sin perjudicar al ciudadano, no cobremos por el acceso y, captado el público, ofrezcamos después todo lo demás, lo accesorio, mediante cobro. Además, así no se decepciona a nadie.

En fin, que no me quejo si me bajan el sueldo cuando la empresa lo necesita para salir adelante. Y no veo mal subir los impuestos si es necesario para que se mantenga o mejore el nivel de amparo social que tanto logró conquistarse y tanta falta hace a quienes tienen menos. Así que no me digan que no valoro lo que es gratuito, porque aquí lo único que es gratis es respirar y, aparte de apreciarlo mucho, va costando cada vez más.

Luis Grau Lobo

Cara a cara

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(Publicado en El Mundo de León, el 13/11/2011)

Ahora que ha pasado la resaca de ese tan utilísimo debate, que ha servido para que la futura oposición explique qué haría si gobernase y el futuro gobierno nos diga qué hizo mal el anterior, lo cierto es que se dilata la incertidumbre y la desconfianza. Cara a cara, lo llamaban. Y es que sólo se miraban a ellos mismos y apenas nos reservaron unos minutos al final. En ese sentido resulta muy significativo hacer una experiencia: apagar el sonido del televisor mientras se observa a ambos, y más allá de su facundia desacreditada, otorgar el protagonismo a semblantes, gestos y, sobre todo, miradas. Y la de Rajoy es una mirada oblicua, huidiza, como escondida tras unas gafas hechas de lo que no dice o no se atreve a decir, por si acaso. Mira hacia el poder, deslumbrado, sin saber si se arrepentirá de hacer realidad su deseo de tantos años. Mientras Rubalcaba parpadea con insistente intermitencia, casi al borde del trastorno nervioso, revelando lo que conoce de la difícil situación y las síncopas de su discurso, lo que querría y no puede. Con una suerte de morse ocular parece avisarnos de aquello que su discurso y sus pálpitos no pueden confesar.

Y, por cierto, ¿se han fijado en las fotografías de los carteles electorales de estos comicios? En los anuncios de farolas y vallas ambos candidatos principales pelean o suman o qué sabe nadie, pero tampoco allí ninguno nos mira a los ojos, sino que dirigen su vista hacia una lejanía inquietante que, claro, no aparece en la foto. ¿Dónde miran? ¿A su destino o al nuestro?

Deberíamos poder votar a posteriori, decidir si un gobierno lo hizo bien o no, si cumplió y se responsabilizó, si mereció la pena darle nuestro voto o debemos pedir cuentas por ello. Pero aquí nadie rinde cuentas ni se compromete, por eso nadie mira a la cara.

A falta de poder escoger en listas abiertas más allá de la apisonadora maquinaria de los partidos, en este país votamos a un candidato que no es el que figura en la papeleta, pues en la mayoría de los casos pensamos en el cabeza de cartel estatal antes de hacerlo en aquellos cuyo nombre suscribimos en la papeleta que metemos en la urna. A la mayoría de estos últimos ni los conocemos ni nos suenan. Y, sin embargo, a veces sí sabemos cómo son, o hemos oído y leído sobre ellos en nuestra prensa local, en nuestro barrio, en nuestra ciudad. Pero no importa, porque al ir a votar no pensamos en lo que opinamos de ellos, sino en el partido al que servirán como autómatas presionando un botón o en el líder de ese partido, que depende de esa botonera para gobernar. Tampoco leemos su programa electoral, aunque a veces no importe mucho que lo hagamos pues uno duda si lo han leído ellos o se creen algo de lo que dice allí y van a actuar en consecuencia, si supone una obligación o un mero trámite. Sí sospechamos una cosa: con excepciones, no son los mejores, ni los más preparados, ni los más capaces para afrontar lo que quiera que sea que afronten. Muchos incluso, son gente a la que no confiaríamos nada nuestro, nada que nos importara de verdad, aunque paradójicamente les encomendemos nuestro voto, el máximo poder que nos ofrece nuestro sistema político.

No sé. Quizás vaya a votar a alguien o quizás vote a Nadie, el nombre de los que no tienen nombre, de los que están en peligro, tal como lo usó Ulises en la caverna de Polifemo. Aunque votar, votaré que al menos ese derecho lo quiero intacto. Pero además de en esos tipos importantes que no se toman la molestia de mirarnos de frente, me fijaré en quienes se esconden tras esa imagen afamada y, sin embargo, me ofrecen su nombre para que deposite en ellos mi confianza. Por eso, un recordatorio inservible: miren a la cara de sus candidatos y, después, voten en consecuencia.

Luis Grau Lobo

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