Frases diabólicas

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(Publicado en El Mundo de León, el 22/01/2012)

En el último cuarto del siglo XIX Ambrose Bierce alumbró una de las series más populares y memorables del periodismo, aunque lo hiciera en los rotativos de Hearst, emblema de la prensa amarilla: el "Diccionario del diablo". Hoy día, convertida aquella en un célebre libro donde se desgranan todo tipo de términos con una definición punzante, ácida y satírica nunca exenta de propiedad, quizás mereciera reanudarse tan lúcida ocupación. Sin ánimo ni capacidad para rivalizar o afrontar ese reto, y además ahora que las palabras sufren desgastes y deformaciones que se remontan a décadas de vaguedad y abuso, creo que el nuevo rostro de Lucifer son ciertas frases hechas. Y no me refiero sólo a las consabidas y consolidadas parejas del tipo "instituciones penitenciarias" -¿cárcel o cofradía?-, "cumbre europea" -¿el Mont Blanc?- o "grandes superficies" -¿el Sahara, Gobi...?-, etc. sino a más recientes e inquietantes incorporaciones. Veamos algunas a modo de muestra. "Crecimiento negativo", debe ser eso que los mortales llamamos mengua, José Mota dice merme, y que, en fin, crecimiento no es. "Refinanciación de la deuda", o sea, más deuda para después. "Nerviosismo de los mercados", que es cuando unos pocos se alteran de alegría porque ganan mucho y otros (la inmensa mayoría) se alteran de indignación porque les están dejando sin blanca. "Reajuste salarial" o "reforma laboral", es decir, menos sueldo para los que menos ganan. Y más paro. Y los demás ni se dan por aludidos. O "Reestructuración de plantilla", esto es, a la calle los que menos cobran; los otros siguen estructurados. En fin, "préstamo interbancario" debe ser que los bancos se dejan entre ellos nuestro dinero, pero a nosotros no.

También está "El discurso del rey", que es el contenido exegético de los informativos el día que no hay prensa escrita (luego se sigue con lo serio), y también una película sobre un rey que no quiere hablar en público, pero van y le curan, qué torpes. "Judicialización de la política", dícese cuando algunos políticos deberían ser llamados otras cosas, que los jueces decidirán si pueden escribirse aquí sin añadir el mefistofélico adjetivo "presunto". O "Cambio de liderazgo", que es como eso de "a entrenador nuevo victoria segura", y tiene los mismos efectos que en el Atlético de Madrid. A propósito, "Partido del siglo" es ese espectáculo que se lleva a cabo una vez al mes, a veces más a menudo, como sucede con los "máximos y mínimos históricos" de lo que sea, que suceden cada día. Y así sigue la cosa: una "Misión de paz" es una guerra lejos de casa; y aunque de las "Previsiones económicas a largo plazo" no tengo ni idea (ni yo ni nadie), los "países emergentes" son aquellos que se verán menos anegados por la inminente subida del nivel del mar y, por el contrario, algunas islas del Pacífico serían los países sumergentes. Podría continuarse ad infinitum pero ya dije que no soy Bierce. Porque en definitiva, esta exuberante lista se basa en dos figuras retóricas de moda: el oxímoron y el eufemismo. La primera une contrarios para que nos acostumbremos al absurdo fraudulento que gobierna el mundo, ergo un tonto con un enorme fajo de billetes: el timo de la estampita. La segunda es vaselina pura, afeite, silicona y photoshop, o sea, mentira travestida. ¿Mentira piadosa? Pregúntenle al diablo.

Luis Grau Lobo

Número cien

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(Publicado en El Mundo de León, el 8/1/2012)

Los matemáticos prefieren los números extraños o únicos. Los que son primos; aquellos irreductibles, como pi con sus infinitos decimales (¿qué querrá decir "infinito"?, una palabra que se desmigaja en el magín...); las quimeras, como la raíz de menos uno, o las hermosas ecuaciones que condensan el universo... Sin embargo, los mortales solemos decantarnos por los números con cierta estética formal (capicúas) y, sobre todo, por las cifras redondas, esas con ceros al final, que parecen cerrar y abrir páginas a su pesar, quizás impelidos por un enfoque alfabético más que numérico de los guarismos: cien, mil, un millón...

Y así, ésta, que es la columna número cien de esta serie llamada "Fuera de lugar", y la primera del quinto año desde la aparición de este periódico leonés, merece tal vez una explicación que, como advertía el gran José Isbert, les daré, porque no la había dado (que necesidad no hay). Comencé escribiendo porque me lo pidió una amiga, que dirige este periódico, y desde entonces me siento a gusto con esa tribunicia potestad que me concedió y me exige ser exigente hacia mí mismo sin que otros me hayan puesto jamás cortapisa alguna. Compromiso conmigo mismo, sinceridad sin halago, argumentación sin ofensa, contención sin trabas, meditación sin alharacas, esos son mis propósitos. Porque he de gestionar un privilegio y, como decía el tío de Spiderman, ello conlleva gran responsabilidad: hablar de lo que me da la gana pero no como me da la gana. Sigo sintiéndome, claro, fuera de lugar, porque éste no es mi sitio, supongo, aunque me hayan acogido como si lo fuera. No soy perito en estas lunas, pero cierto atrevimiento de neófito me ha levado a hablar del Japón y de Cerezales del Condado, de Berlusconi y de Allende, de Cataluña y de León, de la música, de la banca y de algunos amigos, de Dios y de Iniesta. Hasta un libro hicimos, con algunos textos y viñetas seleccionados, entre Rodera y yo (con Miguel, claro), para celebrar el regocijo de esta prerrogativa.

Fuera de lugar sigo estando, por supuesto, y estaré mientras me dejen o me quieran, pero ese es un lugar que no me incomoda. Verán, en el terreno de la arqueología (se supone que esa es mi formación), solemos poner varias etiquetas a  las cosas que no están donde deberían estar, o donde querríamos que estuvieran. Descontextualizados, raros, ítems, extravíos del pasado que llegan al presente como la botella de un náufrago que nadie quiere abrir. Sin embargo, en inglés existe un término para los objetos extravagantes o estrafalarios que se hallan perdidos en un tiempo (esa especie de lugar que se escabulle) que no es el suyo. Los llaman Ooparts, out of place artefacts. Imagínense, una azada en manos del homo antecessor, una chapa de Mahou en los estratos del alto Imperio romano, etc. Solemos resolver esos enigmas, fruto del descuido o de un azar travieso, con una discreta visita a la escombrera o una patada de medio lado. Pero tales hallazgos no son inquietantes porque estén fuera de su sitio natural, sino porque están fuera de su tiempo, en una época que no es la suya, a la que violentan y traicionan, rebajándola. Por eso, en estos tiempos en que tantos se sienten orgullosos de ser de algún sitio, como si hubiera algún mérito en ello, nada peor que no ser del propio tiempo. Así que estas reflexiones que al número de cien llegan ya, espero que al menos estén fuera de lugar, pero no fuera de tiempo. De nuestro tiempo. Gracias, compañeros, muchas gracias, y gracias, lector, seas quien seas.

Y, por cierto, para abusar un poco más de este privilegio, felicito su cumpleaños a mi madre, que, por aquello de las cifras juguetonas, también es hoy.

Luis Grau Lobo

Teoría del todo.

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(Publicado en El Mundo de León, el 11/12/2011).

Las ciencias, como antes las religiones, intentan explicar el mundo mediante una teoría del todo, que sirva igual para churras y para merinas. Sin embargo, poco después de que Einstein armonizase con diáfanas ecuaciones el interior de nuestro newtoniano planeta con el resto del Universo se reveló un problema de concordancia entre lo más grande y lo más pequeño, entre la incierta y probabilística vida de las esquivas briznas atómicas y el comportamiento solemne de las fuerzas gravitacionales que rigen el orbe a la mayor escala. Una contradicción que revela su mayor trance en los denominados agujeros negros, donde la gravitación devora el tiempo y el espacio, arruinando toda certidumbre a partir del lugar que los físicos denominan el "horizonte de sucesos", una suerte de Hades cósmico donde conocimiento y lógica carecen de sentido. En resolver esa sutura están empeñados sabios teóricos y prácticos de todo el mundo con adversa fortuna todavía.

Y algo así sucede, en nuestros días, con las ciencias humanas, o sociales que se decía antaño, que carecemos de una explicación global, arrasada la facundia desalmada del comunismo soviético, expuestas las miserias y falsedades del capitalismo global, mermadas las terceras vías en su descarriado desbarajuste. Más concretamente, las ciencias que pretenden explicar nuestra economía (en el sentido etimológico de esa palabra) no casan en lo micro y lo macroanalítico, no se entiende y nadie es capaz de explicar justificadamente lo que sucede, decirnos por qué hemos de pagar todos la factura de los que la han pifiado con las mismas reglas que han fracasado, por qué debemos emplear recursos de los más desfavorecidos para mantener poder y riqueza de los que no lo son. Falta una conexión mecánica y teórica entre el poder político y el económico que determine dónde está cada cuál y qué debe hacer, falta enlace entre ciudadanos y política, falta relación entre ecología y progreso. Falta nexo entre la realidad y la versión que de ella da la publicidad, entre la comunicación y lo que sucede. Falta conexión entre las intenciones y los hechos. Entre estos compartimentos estancos no hay relación de equivalencia, sólo sumisión o encubrimiento. Falta una teoría del todo, y por eso no hay una práctica del todo, por eso hay tanta zozobra, tanto titubeo, tanta decisión y marcha atrás, en fin, tanto descaro. Si la hubiera, no veríamos a un ministro de trabajo llorando ante las cámaras cuando explica sus propias decisiones, ni a cargos públicos sin avergonzarse públicamente de su propia incompetencia, o de las veces que han metido la mano en la caja para dejarla entelarañada. O anunciando que harán lo que sea necesario aunque no guste a nadie. Y de ahí, de esa falta de sentido de la que las cosas empiezan a abusar, de esa falta de costura entre lo que se dice y se hace, entre lo que sucede en la calle y lo que se cuece en los cenáculos del poder, acontece que cada vez estamos más cerca de un horizonte de sucesos que nos arrastra a asomarnos al agujero negro de nuestro incierto porvenir.

Luis Grau Lobo

Pagar y valorar

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(Publicado en El Mundo de León, el 27/11/2011).

Aún no se paga por entrar en El Corte Inglés, ni en Continente, que ahora le dicen Carrefour. Pero sí por entrar en la catedral de León, a partir del próximo mes de marzo. Esta celebradísima seo se resistía como gato panza arriba a la tasa que grava el acceso a la mayoría de los templos mayores de la región, pero hasta aquí llegamos. Va a convertirse, según dicen, de pulchra en "pingüe leonina". Hasta el momento eludía dignísimamente este peaje degradante y casi universal que tiende a convertir esos templos definitivamente en una caseta de turismo no apta para el recogimiento o la introspección, siquiera la admiración (ante la religión, ante el arte, etc.), antaño su misión primordial. Se acabó. A pagar y a "aprovechar" lo que dure la ficha, como en la feria de los coches de choque y la noria.

Casi al mismo tiempo, se ha decidido que van a cobrar la entrada a museos como el MUSAC, beneficiado de gratuidad desde sus inicios con el argumento de que había que promover su visita y el conocimiento del arte actual, la difusión de la creación cultural. Motivos que siguen vigentes para ese centro y para todos los de su estirpe, por cierto. Hace ya muchos años que corre el malentendido de que fue el ingreso en la Comunidad Europea lo que provocó que los museos dejasen de ser gratuitos. No es así, la Unión europea exigía un trato igualitario para todos los ciudadanos de Europa y como de aquella pagaban sólo los extranjeros, se planteó seguir el modelo británico (museos gratuitos) o el francés (todo el mundo paga), decantándose el gobierno entonces, como es tradición nacional, por el vecino gabacho. Un error.

Y ahora que las cosas van mal dadas, aquí es donde vamos a empezar a pagar, como decía la profe de Fama. Como si no lo hubiéramos hecho antes, que en ambos casos pagamos desde siempre. En definitiva, que los que andan achuchados (una gran mayoría y, por desgracia, creciente) se pensarán dos o tres veces entrar en la catedral de León para alcanzar ese regocijo espiritual milenario que ofrecen sus bizarros espacios, o en el Museo de arte más contestatario de la región, allí donde se dicen que se dilucidan revelaciones capaces de interpretar y renovar nuestra sociedad...

Y casi siempre -aparte el argumento de la crisis, que debería servir para lo contrario- se justifica el sablazo con esa frase castiza y para enmarcar de que "no se valora lo que no se paga", la cual ofrece muchas lecturas, todas ellas reveladoras de la trampa indecente que encubre. No insistiré en rebatirla porque no merece la pena algo que se califica por sí solo, pero, para empezar, la mayoría valoramos muchas cosas que no se pagan como las mejores que nos ofrece la vida. Y para terminar, esos servicios y lugares se pagan, claro que se pagan. Desde siempre. Y caros. No es que se valoren más si se cobra la entrada, es que nos cuesta más acceder a ellos. Sobre todo a los que menos tienen. En evitar o limar tales desigualdades se basa eso que llamamos justicia. Y hay cada vez más gente en ese caso. De hecho durante la última década y media no hemos sido capaces de disminuir esa cifra de personas que rondan la miseria a pesar de la riqueza que pasaba tan cerca de ellos. Y esto va a peor. Pero pretendemos que paguen por igual. Por ver museos, por entrar en los templos que son o deberían ser de todos, pues son la herencia que nos es común. Y no hablemos, claro, de la enseñanza o la sanidad... ahora también en el punto de mira de las maltrechas finanzas públicas.

Creo que visitar un museo es algo esencial para la educación de un ciudadano. Si no se está de acuerdo, entonces nada, a pagar. Si se está, podemos dar acceso universal y dejar que, una vez dentro, como en El Corte Inglés, los visitantes escojan servicios o productos a mayores, esta vez sí, de pago, pues no son esenciales para lo básico, que es acceder. No al revés. Si queremos usar técnicas de mercadotecnia sin perjudicar al ciudadano, no cobremos por el acceso y, captado el público, ofrezcamos después todo lo demás, lo accesorio, mediante cobro. Además, así no se decepciona a nadie.

En fin, que no me quejo si me bajan el sueldo cuando la empresa lo necesita para salir adelante. Y no veo mal subir los impuestos si es necesario para que se mantenga o mejore el nivel de amparo social que tanto logró conquistarse y tanta falta hace a quienes tienen menos. Así que no me digan que no valoro lo que es gratuito, porque aquí lo único que es gratis es respirar y, aparte de apreciarlo mucho, va costando cada vez más.

Luis Grau Lobo

Cara a cara

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(Publicado en El Mundo de León, el 13/11/2011)

Ahora que ha pasado la resaca de ese tan utilísimo debate, que ha servido para que la futura oposición explique qué haría si gobernase y el futuro gobierno nos diga qué hizo mal el anterior, lo cierto es que se dilata la incertidumbre y la desconfianza. Cara a cara, lo llamaban. Y es que sólo se miraban a ellos mismos y apenas nos reservaron unos minutos al final. En ese sentido resulta muy significativo hacer una experiencia: apagar el sonido del televisor mientras se observa a ambos, y más allá de su facundia desacreditada, otorgar el protagonismo a semblantes, gestos y, sobre todo, miradas. Y la de Rajoy es una mirada oblicua, huidiza, como escondida tras unas gafas hechas de lo que no dice o no se atreve a decir, por si acaso. Mira hacia el poder, deslumbrado, sin saber si se arrepentirá de hacer realidad su deseo de tantos años. Mientras Rubalcaba parpadea con insistente intermitencia, casi al borde del trastorno nervioso, revelando lo que conoce de la difícil situación y las síncopas de su discurso, lo que querría y no puede. Con una suerte de morse ocular parece avisarnos de aquello que su discurso y sus pálpitos no pueden confesar.

Y, por cierto, ¿se han fijado en las fotografías de los carteles electorales de estos comicios? En los anuncios de farolas y vallas ambos candidatos principales pelean o suman o qué sabe nadie, pero tampoco allí ninguno nos mira a los ojos, sino que dirigen su vista hacia una lejanía inquietante que, claro, no aparece en la foto. ¿Dónde miran? ¿A su destino o al nuestro?

Deberíamos poder votar a posteriori, decidir si un gobierno lo hizo bien o no, si cumplió y se responsabilizó, si mereció la pena darle nuestro voto o debemos pedir cuentas por ello. Pero aquí nadie rinde cuentas ni se compromete, por eso nadie mira a la cara.

A falta de poder escoger en listas abiertas más allá de la apisonadora maquinaria de los partidos, en este país votamos a un candidato que no es el que figura en la papeleta, pues en la mayoría de los casos pensamos en el cabeza de cartel estatal antes de hacerlo en aquellos cuyo nombre suscribimos en la papeleta que metemos en la urna. A la mayoría de estos últimos ni los conocemos ni nos suenan. Y, sin embargo, a veces sí sabemos cómo son, o hemos oído y leído sobre ellos en nuestra prensa local, en nuestro barrio, en nuestra ciudad. Pero no importa, porque al ir a votar no pensamos en lo que opinamos de ellos, sino en el partido al que servirán como autómatas presionando un botón o en el líder de ese partido, que depende de esa botonera para gobernar. Tampoco leemos su programa electoral, aunque a veces no importe mucho que lo hagamos pues uno duda si lo han leído ellos o se creen algo de lo que dice allí y van a actuar en consecuencia, si supone una obligación o un mero trámite. Sí sospechamos una cosa: con excepciones, no son los mejores, ni los más preparados, ni los más capaces para afrontar lo que quiera que sea que afronten. Muchos incluso, son gente a la que no confiaríamos nada nuestro, nada que nos importara de verdad, aunque paradójicamente les encomendemos nuestro voto, el máximo poder que nos ofrece nuestro sistema político.

No sé. Quizás vaya a votar a alguien o quizás vote a Nadie, el nombre de los que no tienen nombre, de los que están en peligro, tal como lo usó Ulises en la caverna de Polifemo. Aunque votar, votaré que al menos ese derecho lo quiero intacto. Pero además de en esos tipos importantes que no se toman la molestia de mirarnos de frente, me fijaré en quienes se esconden tras esa imagen afamada y, sin embargo, me ofrecen su nombre para que deposite en ellos mi confianza. Por eso, un recordatorio inservible: miren a la cara de sus candidatos y, después, voten en consecuencia.

Luis Grau Lobo

Dos exposiciones temporales, un empeño permanente

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(Publicado en El Mundo de León, el 6/11/2011)

Once upon a time... Sí, sucedió hace un siglo y apenas duró un cuarto de centuria, una breve generación, pero aún hoy, cuando retejemos ese hilo roto en pedazos en 1936, sigue siendo un modelo en que nos miramos con cierta envidia y, quizás, un punto de remoto orgullo. Empezó antes, en aquellos tiempos en que un puñado de intelectuales, de cuando esa palabra tenía significado y carga social, se empeñaron en regenerar la vida pública española (¿les suena?) e iniciaron un proyecto que había de redimir una sociedad maltratada y menesterosa mediante la única fórmula que existe: la educación (esto también les sonará...). La constitución de la Institución Libre de Enseñanza (1876), cuyo nombre ya dice casi todo, marcó la pauta para el desarrollo de otros organismos ejemplares (la Junta de Ampliación de Estudios, el Centro de Estudios Históricos...) entre los que se encuentra La Residencia de Estudiantes, destinada a templar el talento y la capacidad de lo más espigado del saber hispano. Allí, al igual que a los pueblos apartados y desheredados de una geografía fosilizada, llegó el empeño de unos cuantos por el bien de muchos, sin sospechar que esta aventura tendría un abrupto y suicida final.

Pero por todo eso y por muchas razones hoy, más que ayer, interesa conocer esta historia recobrada que en León podemos evocar gracias a dos muestras excepcionales. La exposición que la misma Residencia -recuperada para la actividad formativa y científica en 1986- ha traído al Museo de León narra esta trayectoria aún candente merced a multitud de documentos, fotografías, objetos, ambientaciones y, singularmente, documentales de época, algunos de los cuales son primicia o arqueología viva sobre el lugar donde se incubaron los genios de Severo Ochoa, Buñuel, Lorca, Dalí y tantos otros, al calor de las enseñanzas de Ramón y Cajal, Ortega, Unamuno, Falla, Juan Ramón Jiménez, Aleixandre... Esta muestra en el edificio Pallarés se complementa además con otra, en el Museo de la Fundación Sierra-Pambley, en su caserón frente a la catedral, que revela la íntima relación de la labor filantrópica y pedagógica de esta Fundación leonesa con los institucionistas, a través de la impar figura de Giner de los Ríos, un andaluz de fuego, en definición certera de Juan Ramón Jiménez. Ambos museos nos brindan, hasta el 27 de noviembre, una oportunidad para reflexionar sobre las enseñanzas de un pasado reciente ahora que el futuro se antoja tan apremiante como decisivo.

 

 Luis Grau Lobo

Vísperas de difuntos

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(Publicado el El Mundo de León, el 30/10/2011).

Pasado mañana cambia el mundo, tal como sucede todos los años. Se celebra la antigua festividad de la cosecha, el final del ciclo del buen tiempo y el inicio del imperio de las sombras (que ahora "conmemoramos" con el cambio horario), el umbral cíclico en que se diluyen las fronteras entre vivos y muertos, ritualizado desde épocas remotas hasta todos-los-santos católicos o la noche anglosajona de Halloween. La jornada que se dedica a los difuntos.

Los celtíberos disponían los cadáveres de sus muertos a la voracidad de los buitres, encargados de elevar sus almas con vuelo majestuoso hacia los cielos bajo los que habitaron. Los tibetanos aún hacen algo parecido. Otros pueblos dan tierra a sus fallecidos esperando que les sea ligera: sit tibi terra levis, pregonan aún muchos epitafios romanos. Y muchos otros entregan sus ancestros al fuego  para que el humo escale las alturas en que sitúan un mundo más propicio y mirífico. En la India arrojan cuerpos y cenizas a las aguas sagradas, para que durante su descomposición se fundan con el río sin orillas en que acaba muriendo la propia y majestuosa fluencia que los acoge. Jorge Manrique ya sabía de ello. Los antiguos creían en un río diferente, sumergido en las entrañas de la tierra, más allá de cuyos márgenes el olvido se adueñaba de todo, aunque para alcanzarlo debieran pagar al memorioso remero que los transportaba. De allí sólo retornan los dioses y los héroes, salvo que sea la literatura quien los lleve, como a Ulises, o a Dante.

Algunos pueblos, de la llanura de Salisbury a las riberas del Nilo, han empeñado sus mayores energías en la construcción de formidables tumbas que yerguen la piedra, el material más perdurable, hacia el firmamento, y aún hoy nos sobrecogen con una mezcla de fascinación y familiaridad pues percibimos su angustia y su cuidado. Las momias conservadas intencionadamente y aquellos cuerpos que el azar ha hecho llegar hasta nosotros aún convocan la admiración nerviosa de los niños en los museos y el silencio meditabundo de los adultos. Algunas empresas norteamericanas congelan o desecan los cadáveres a la espera de una inmortalidad imposible, mientras que otras ofrecen arrojar los restos mortales al espacio exterior, lugar tan frío y estéril como la misma muerte.

Desde que, tal vez, el pre-neandertal que habitó Atapuerca hace medio millón de años depositara varios cuerpos de sus congéneres en una sima a la que arrojó un hacha impecablemente tallada y sin utilizar para que se sirvieran de ella en otra vida, lo que ha hecho del ser humano alguien reconocible como tal ha sido la preocupación por los muertos, que no es sino la preocupación por los vivos. Y es cierto que hemos renunciado al trato con nuestros difuntos, pues primero los apartamos fuera de las ciudades de los vivos, cuando antes cimentaron templos y calles, y más tarde decidimos dedicarles apenas un sólo día del año para lavar nuestra conciencia de malos inquilinos ocasionales de la Tierra que nos legaron; pero, pese a tanta variedad en los ritos y a nuestra arrogancia de supervivientes, aún hoy la gran mayoría de estas festividades convocan a familiares y allegados en torno a una losa, un lugar, una evocación íntima, una plegaria canónica o laica. Hay quienes no creemos en mundos futuros que no sean el futuro que labramos en éste para quienes vendrán, pero las ceremonias fúnebres, sea cual sea la religión o creencia bajo la que se celebren, conservan al menos la capacidad de insuflarnos una humildad y perspectiva que nos reubica en el orden de las cosas de este mundo. Es el último favor que debemos a los que ya no están en él.

 

Luis Grau Lobo

Una selección de estos artículos (y más) se hace libro.

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Aterriza como puedas

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(Publicado en El Mundo de León, el 16/10/2011)

Soltar lastre. De eso se trata ahora que no hay con qué mantener el vuelo a la altura de los años de bonanza. Lo llaman también redimensionar, racionalizar el gasto, recortar, ajustar, ahorrar... En fin, desprenderse de consumos superfluos como están haciendo la mayoría de los hogares españoles ante la que se nos está viniendo encima. Entiéndase superfluo como aquello de lo que se puede (y quizás se debe) prescindir. Y, ahora, por lo visto, tocan los aeropuertos de aquí. Para conseguirlo, nada mejor que recurrir a los clásicos, y, dejando aparte las versiones catastrofistas del género, ninguno tan específico como "Aterriza como puedas". Veamos: tenemos Castilla y León, una región grande y con escasa densidad de población, que sobrepasa ligeramente los dos millones y medio de habitantes y que cuenta con... ¡ta cháaaaaan! cuatro aeropuertos. Mal día para dejar de fumar.

Porque, vamos a ver, como dirían en otro clásico del género, ¿un aeropuerto es contingente o es necesario?, ¿se precisa o, simplemente, vale con reivindicarlo?, ¿responde a la ley de la oferta y la demanda o a ínfulas políticas de aldea? Porque, para mí tengo que con un aeropuerto para todos nosotros valdría, y la lógica territorial determina que éste sea el de Villanubla (que no me negarán también que es un topónimo como para colocar un aeropuerto, pero en fin...), porque la geografía no la impone, por suerte, ningún político. Y puestos en esa tesitura, lo que interesa es contar con buenas carreteras, ferrocarriles y líneas de transporte público para que los ciudadanos de esta región puedan trasladarse a ese aeropuerto (y a muchos otros lugares) con comodidad y presteza, de tal manera que si necesitan tomar un avión lo puedan hacer con un amplio abanico de destinos en una instalación dotada y capaz que responda al volumen de población al que sirve. ¿Sencillo? No crean, por lo poco que se dice en voz alta...

Algo así nos pasó con otras instituciones que ahora se revelan como un dispendio insostenible. Las universidades, por ejemplo. Durante años en lugar de tener algunas de ellas buenas, nos empeñamos en tener muchas vulgares, cuando se podía haber becado a la mayoría de los estudiantes con lo que costó este despropósito. Y ahora toca "reagruparlas", dicen.

Ítem más. Pongamos por caso, en León, el famoso Palacio de Congresos. Resulta que el ayuntamiento no tiene ni para luz eléctrica, pero sigue en el empeño de edificar un descomunal y suntuoso edificio (el arquitecto se llama Perrault... que a cuento sí suena) destinado a multitudinarios eventos que nadie ha descrito aún y que no parecen tener ahora mucho sentido y, de tenerlo, bien podrían formar parte de la actividad de un flamante Auditorio que empezó con ritmo pero en estos días se ahoga en su propia indigencia. Tenemos ya infraestructuras de sobra, lo que falta es explotarlas. No sea que nos pase como con el estadio de fútbol, que por fin ha conocido el cambio de categoría del equipo local, aunque me temo no ha sido el cambio con el que se pensó...

Tener de todo en todas partes, qué sindiós. Ahora que también podemos seguir instalados en el absurdo. Tener un aeropuerto en León con vuelos a Madrid como tenía antes (sí, a Madrid...), con una cafetería cerrada por ruinosa, con pasajes terciados y subvención va y viene, deuda aquí y deuda allá. Y un palacio de congresos para las peñas de la Cultural, y una universidad gringa pensionada frente a las verduras, y etcétera.  O sea, algo parecido al guión de la película de la que he tomado el título, que uno se pregunta si los de la torre de control eligieron mal día para dejar de esnifar pegamento...

 

Luis Grau Lobo

Prisionero de Zenda

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(Publicado en El Mundo de León, el 2/10/2011)

Seguro que recuerdan la novela de Anthony Hope (1894) "El prisionero de Zenda", en alguna de las múltiples adaptaciones cinematográficas que aún reponen en las cadenas de televisión, en especial la de Richard Thorpe (1952), con un jovial y arrojado Stewart Granger, aparte la versión "estrafalaria" de Peter Sellers. En su argumento, el monarca Rudolf V va a ser coronado a la mañana siguiente cuando su medio hermano el torvo Michael, ansioso por usurpar el trono de Ruritania, lo secuestra en el castillo de Zenda. Como consecuencia de ello, los fieles al rey deben sustituirlo apresuradamente por un turista inglés de extraordinario parecido hasta que logren la liberación del genuino soberano. El turista participará en ese rescate con tal heroísmo y honorabilidad que, al final de la obra uno se queda con la sensación de que él hubiera sido mejor rey que el legítimo y que quizás el prisionero de Zenda, un tipo insensato y frívolo, no merece el poder.

Viene esto a cuento porque ha dicho Rubalcaba que Zapatero ha sido el mejor presidente de la democracia. Quizás hace más o menos tres años esa afirmación hubiera podido sostenerse sin rubor. Quizás, de no haberse topado con la crisis económica más acuciante de los últimos ochenta años (y espérate a ver si no más), Zapatero hubiera pasado a la historia como ese turista accidental que fue llamado al poder inesperadamente y con sus decisiones de gobierno se granjeó el aprecio de una generación. No ha sido así. La segunda legislatura, como la segunda parte de la presidencia de Obama y tantas otras varadas en estos tiempos de hierro, ha dilapidado la ilusión generada por su elección a causa de los corsés en que ha debido encajar su antaño atlética cintura.

Es decepcionante que todos los presidentes de la democracia hayan tenido que marcharse por la puerta de atrás. Dejando aparte al temporero Calvo Sotelo, primero todo acabó con envidias, luego con corrupción, después con mentiras, y, ahora, con una resignación frustrante. Y es que, desde que empezaron los aprietos, Zapatero no ha hecho sino levantarse de la cama con cabezas de caballo a su vera. Posiblemente su deseo hubiera sido -¿y de quién no?- haber pilotado una salida a la izquierda de este laberinto, pero o no ha querido (lo que es poco plausible) o no ha podido, pues no aparejó sus naves para estos elementos, y sus decisiones para amparar a los agentes financieros, como las de todos los líderes occidentales, han debido, en palabras de los Corleone, "parecer un accidente". Inclinado ante los agentes que gobiernan el mundo (los Goldman Sachs, según ese broker de mentiras que dice la verdad), en esta última legislatura hemos tenido como presidente a un recluso.

Cualquiera que presencie la fatiga ideológica y personal del presidente del gobierno, entenderá su ocaso político como un carpetazo desdichado a una vida dedicada a llegar a lo más alto para cambiar las cosas y descubrir que las cosas lo han cambiado a uno. Entenderá porqué incluso deja el parlamento y vuelve a su casa. Entenderá lo difícil que ha de resultar pararse a pensar lo que pudo ser y no fue. Por eso, ahora que se va, que se ha ido ya, y que aún no estamos en campaña electoral, me tomo la libertad de decirle que no estuvo mal mientras duró, aunque durase menos de lo que entre todos habíamos decidido en las urnas. Y pronto, después de todo, regresará su hermanastro Michael, despojado del trono en dos ocasiones, por si quedaran dudas de quién debe mandar. ZP o, también, PZ: el Prisionero de Zenda.

 

Luis Grau Lobo