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Septiembre 2010 Archives

Arqueología en obras

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(Publicado en El Mundo de León, el 26 de septiembre de 2010)

 

Tuvo la arqueología en sus principios una antesala de alcurnia en las inquietudes de los hombres del Renacimiento, aunque su paso a la categoría de ciencia se debió a la Ilustración, a los trabajos sobre las esculturas de la Antigüedad, a las indagaciones en Pompeya o Herculano, bajo patrocinio del futuro Carlos III. Su desarrollo ha conocido el oropel y la epopeya, como relató admirablemente el periodista alemán C.W. Ceram en aquel libro -"Dioses, tumbas y sabios"- que tantos hemos leído o visto recreado en películas y narraciones más o menos verídicas y estimulantes. Tesoros, mitos homéricos o faraónicos, ciudades perdidas y civilizaciones extrañas forman parte de ese bagaje que el público espera de ella y que, a menudo, enturbia la comprensión de un trabajo sobre todo concienzudo, laborioso y con frecuencia tan rutinario como el de toda investigación especializada. Durante la mayor parte del pasado siglo, además, la arqueología fue una actividad esporádica y estival de profesores y estudiantes, relegada a un mundo aparte que poco o nada tenía que ver con los movimientos de terrenos sembrados de restos que eran saqueados sin miramientos. Así lamentamos hoy tanta destrucción y pérdida. Pero desde los años ochenta en que la sociedad española maduró hasta comprender que el patrimonio cultural (y con él, el arqueológico) era un bien escaso y frágil, la arqueología se ha asentado entre las actuaciones destinadas a proporcionarnos comportamientos menos destructivos, menos bárbaros. Se ganó un sitio entre los peajes que estábamos dispuestos a pagar, un capítulo de las condiciones que nosotros mismos nos imponíamos para actuar con respeto, con una responsabilidad acorde con lo que aprendimos de los errores del pasado. Se convirtió en una de las disciplinas llamadas a la salvaguarda de una herencia que llamamos común y fundamental.

Sin embargo, este proceso aún no ha finalizado. Tiene muchos problemas y defectos la arqueología de nuestro tiempo, a saber: sus exiguos presupuestos, la falta de especialización formativa, la carencia de una proyección científica y social de sus hallazgos, su inmersión en cauces empresariales que le son ajenos como ciencia, ensombrecida por la sospecha de la celeridad e intrascendencia que a menudo se le exige ... Incluso que se haya convertido en materia de opinión y disputa por parte de neófitos, ciudadanos bienintencionados que, en ocasiones, deforman sin pretenderlo el tenor de sus revelaciones. Aunque esto último, claro, también es una de sus ventajas, pues pocas veces es disciplina científica tan notoria y vindicada. Pero, no nos confundamos, en absoluto es culpable o agente capaz de interrumpir, abortar o siquiera obstaculizar obras privadas o públicas que nos benefician a todos. Sólo el desconocimiento de sus propósitos, la búsqueda de una disculpa evasiva o el traspié de algunos promotores puede justificar que se emplee argumento tan injusto.

Durante este verano dos temas estelares han acaparado los titulares de la prensa local otorgando un especial protagonismo a la arqueología en el contexto de dos grandes obras públicas que finalmente han parecido llamadas a ser entorpecidas o cercenadas por esta disciplina, a la que se han llegado a atribuir intereses incompatibles con aquellas. Por ello, por el bien de una arqueología cada vez más inserta en nuestra vida cotidiana y en el progreso de nuestras modificaciones del medio se hace preciso aclarar que no es así. La arqueología de campo hace su trabajo con modestia, discreción y, casi siempre, con baratura; apenas un centesimal porcentaje del coste de las grandes obras públicas. Un precio que hay que pagar, siempre ínfimo, para remover (y muchas veces destruir) un legado cultural que nos hemos propuesto tutelar en nuestro ordenamiento legal.

En el caso de Lancia, un error de bulto llevó a considerar más conveniente que una carretera (por otra parte muy necesaria) con alternativas en su trazado pasase por encima no ya de un yacimiento inédito, sino de un monumento, de un Bien de Interés cultural. En el caso del tranvía, la defectuosa tramitación de un expediente cuya ejecución un juez ha suspendido, ha sido excusada con la coartada de una excavación que nada dificultaría si se hubiera gestionado desde un principio como debe hacerse. La arqueología en ambos casos no era un intruso ni un impedimento, pero si se ha llegado a considerar como tal ha sido por las decisiones que han tomado quienes no tienen nada que ver con ella.

 

Luis Grau Lobo

Dios en off

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(Publicado en El Mundo de León, el 12 de septiembre de 2010)

No sé si por moda, tedio o falta de novedades, en nuestros días tenemos a bien retroceder en el tiempo, retornar a debates agostados. Así que sólo faltaba emplazar a Dios. En particular en asuntos que ya no se consideraban de su competencia. La trifulca mediática teológica se ha montado esta vez a propósito del reciente libro de Stephen Hawking y Leonard Mlodinow, "The Grand Design", posiblemente por la condición de estrella de la divulgación científica del primero de ellos, sobre todo tras el fallecimiento de otro ateo más curtido, Carl Sagan. En esas páginas, lógicamente, no se dice que Dios no exista. La ciencia no se dedica a probar tales entelequias, y, además, ponerse a demostrar que algo no existe se antoja chocante. No, lo que se afirma es que Dios no es necesario para explicar el estatuto de la realidad, el universo y su origen, rebatiendo así una suerte de neo-teísmo defendido por quienes opinan que la ciencia ha efectuado un largo viaje hasta volver a necesitar un deus ex machina que explique cómo -y, de paso, por qué- comenzó todo. En definitiva, si la hipótesis de Dios es necesaria o sólo arbitraria, en palabras de Laplace a Napoleón. La mayoría de los científicos zanja la cuestión con un "eso es una cuestión personal que no atañe a la ciencia", pero quizás haya más que añadir aparte de esta salida de servicio.

Si la conjetura de Dios no fuera materia de ciencia, no se entrometería a revelar o sostener una explicación final o finalista del mundo cuyo desarrollo se basa en pruebas. Lo es si se convierte en la desembocadura, en apariencia lógica, de una argumentación racional. Cosa diferente es la religión, que en efecto incumbe al ámbito privado, en relación con los distintos credos y liturgias, con las variadas formas que adopta el culto a un ser o seres superiores. Formas, como es sabido, en difícil cohabitación a causa de los intereses que las subyacen. Pero aquel Dios, más allá de su perfil cultual y cultural, reciba el nombre que sea, sí es cosa de ciencia, pues a ella atañe y con ella se quiere ahora revitalizar, otorgarle un remozado ministerio.

Por un lado, no es cuestión menor que ya no se trate de un Dios que castiga a los malos y premia a los buenos, como solía. Hawking tiene una enfermedad degenerativa que le confina desde hace décadas a una silla de ruedas; Mlodinow es familiar de supervivientes de Buchenwald. Poca justicia revelan tales circunstancias biográficas y la lista de este tipo de evidencias se antoja interminable. Si hay un Dios justo, sus pronunciamientos ni responden a entendimiento humano ni son asequibles; su juicio, de existir, concerniría a otra realidad que trasciende la que habitamos. Luego no interesa al caso.

Tampoco merecen demasiado crédito quienes se paran a defender que Dios fue causa primera, creador en sentido estricto para el universo tal y como lo conocemos. El que detonó el big bang y tal. O sea el motor inmóvil que interpretó Tomás de Aquino a partir de Aristóteles. Es en esta llaga donde Hawking y Mlodinow ponen el dedo. Porque, aparte sus autorizadas objeciones, se trata en este caso sobre todo de una elección subjetiva, como aquellas que en la Edad Media marcaban los límites del conocimiento: como a partir de aquí no tengo mejor explicación, pues Dios.

Entonces, si ya no se le necesita para sentenciar ni tampoco para crear, ¿para qué? La respuesta parece ser la misma que planea sobre la angustia del hombre (origen de toda religión) desde el principio de los tiempos, que en esto no hemos cambiado mucho: la exigencia íntima de encontrar algo necesario, imprescindible y eterno en un océano de contingencias. Algo así sucede respecto a la idea de un alma inmortal. Este es el territorio de las creencias, no el de las certidumbres. Pero respecto al resto, al César lo suyo. Si Dios juega a los dados, su lance responde a una partida de reglas ignotas. Si la divinidad, de estar o esperarla, es incomprensible, tal vez indiferente, ¿qué necesidad hay de involucrarla en la ciencia? ¿A qué contribuye?

 

Luis Grau Lobo

 

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