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Febrero 2010 Archives

Cantinela patriótica

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(Publicado en El Mundo de León, el 14 de febrero de 2010)

 

El hiperactivo y omnipresente Nicolás Sarkozy se ha metido a definir qué debe entenderse por ser francés, en qué consiste tal atributo, a qué obliga y, en consecuencia, cuáles son las diferencias con el resto de esencias patrias, si las hubiere. La conclusión (aunque el debate se haya aplazado hasta después de las elecciones de marzo) pone en guardia a quienes pretendan imitarle y reafirma a quienes pensamos que esto de las patrias ya no tiene demasiada sustancia, si es que alguna vez la tuvo. Las medidas propuestas para su fomento revelan que al final todo queda en gestos simbólicos, como cabía esperar: que si cantar el himno una vez al año (haga o no haga falta), que si la bandera por doquier, que si firmar un contrato de respeto a las leyes, como si la ley no fuera ya en sí misma una suerte de contrato... Y tal y tal.

También han acordado colgar en las aulas la Declaración universal de derechos humanos -¿seres humanos franceses sólo?- y pretenden fomentar las virtudes republicanas, sean cuales sean éstas, que tampoco queda muy claro. Y, cómo no, conocer y apreciar la lengua francesa, esa sí la única patria que merece la pena vindicar.

Y eso que en Francia lo tienen cómodo, que siempre pueden recurrir a la revolución, la grandeur, la Resistencia y demás mitologías pretéritas. Pero la cosa en España pintaría peor. No tenemos un acontecimiento "nacional" que nos una e identifique a esa escala, de ahí que nuestras celebraciones de ese tipo sean sosas y, sobre todo, ocasión de puentes laborales más o menos largos. Y de ahí que nos empeñemos en construir nuevas identidades territoriales a menor escala, algunas traídas por los pelos o venteadas desde el sepulcro del Cid. Por otra parte, algo bueno tiene que nuestros posibles mitos nacionales y tópicos más corrientes hayan sido tan sobados y retorcidos, pues de esta manera, cada cierto tiempo, tenemos que estar interrogándonos constantemente acerca de la condición de lo español, ejercicio de zozobra intelectual que quizá sí distinga lo doméstico de otros lares. No sabe Francia dónde se mete.

Además, en España no tenemos letra para el himno, aunque el murmullo de acompañamiento cada vez nos salga mejor, lo cual es preferible, para lo que suele oírse en esos casos: violencia, xenofobia, ardor guerrero... Y encima para que nuestra banderita despierte efusiones ha habido que ganar una eurocopa.

Uno se pregunta entonces, ¿existe o puede existir una idea colectiva y compartida de patria? ¿dónde acaba ésta y comienza la del "otro"? ¿existe un sentimiento de país? ¿Cómo se adquiere y a qué precio? Y ¿en qué consiste ser español? ¿acaso lo es quien no puede ser otra cosa, según la mordiente frase que Pérez Galdós puso en boca de Cánovas?

Demasiados interrogantes. Para mí que eso de la nacionalidad se reconoce mejor en la modulación con la que se habla cada idioma, esa melodía particular que cada lengua adquiere en cada territorio y que sólo son capaces de percibir quienes no la hablan igual. Esa cadencia que son incapaces de oír, de imaginar y hasta de creer que exista los hablantes de un idioma respecto al suyo propio. El italiano cantarín y esdrújulo, el axiomático y punzante francés, el sereno y consonántico inglés, el preciso y resuelto alemán... Son tópicos al uso, lo sé, pero cada "tonada lingüística" es inefable por definición, como demuestra lo imposible que resulta que un extranjero explique a un castellano parlante cómo "suena" nuestro idioma ("tal vez como debiera retumbar el latín", me dijo una vez un italiano).

Y tal vez por ese motivo, la patria, como esa musicalidad que pende del acento, de la cadencia y del espíritu que alimenta la línea melódica del habla, es algo imposible de declarar o de percibir con nitidez para uno mismo, mientras que resulta sencillo reconocerlo en los otros. Y también por ello la patria, como una canción popular, sea de esas cosas en las que hay que complacerse sin pararse a darle demasiada importancia, no sea que con ello acabemos con su encanto. No sea que esa copla ligera acabe por sonar a un vulgar himno.

 

Luis Grau Lobo

Orientación oeste

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(Publicado en El Mundo de León, el 31 de enero de 2010)

 

Lo decía Nooteboom el martes pasado, aunque parece que tienen que venir de fuera y reconocidos para que les demos cancha (lo de hacerles caso ya es otro cantar). Explicaba que eso de la denominación de origen de la democracia y las cortes y tal ya se lo atribuye mucha gente y desde hace mucho tiempo, aunque estos días se insista machaconamente con lo de aquí, lo del León de 1188. Los griegos antiguos, por ir a lo fácil, eran hasta hace poco los candidatos más asiduos en los libros de texto infantiles, aunque ahora con la logse ya no estoy seguro. Y, de aquella, estaba también claro como el agua clara que las asambleas modernas habían sido cosa de las revoluciones de hace un par de siglos, y poco (o nada) tenían que ver con la Edad Media, pero no querría insistir, no sea que luego venga algún experto y nos diga que Jeu de paume se dice trinquete en lleunés.

Pero también hablaba el escritor holandés sobre el Camino de Santiago, al que se ha "desviado" fértilmente en no pocos textos suyos. Y nos previene acerca de su triunfo, de la preocupante apoteosis de su notoriedad, de los peligros de  la moda, que, como implica su nombre, es transitoria, antojadiza y suele condenar al ostracismo lo que un tiempo alzó a los altares. El Camino, parece prevenirnos el escritor, está en riesgo de congestión, de hartazgo, de sustitución a base de sucedáneos y prótesis.

No es la primera vez que esto pasa. Después de la etapa dorada bajo la sombra de la promoción encabezada por el arzobispo compostelano, Diego Gelmírez, las críticas al Camino de Santiago comenzaron cuestionando su autenticidad y su trascendencia. Primero los movimientos piadosos del monasticismo urbano (franciscanos o dominicos) y más adelante y con mayor agudeza los humanistas y los reformistas, vieron en el culto a las reliquias una superchería caduca, y en la peregrinación un subterfugio para las indulgencias burocráticas o la picaresca. La edad de la razón acabo dando la puntilla a la querella y el Camino pasó a ser una excentricidad digna de la óptica romántica con que Europa mira a nuestro país desde hace dos centurias.

Y ahora, recuperado el esplendor jacobita al amparo de la propaganda "neogelmiriana" de las comunidades autónomas por donde pasa (en especial Galicia, que casi nos induce a llamarlo "xacobeo"), el Camino puede, de nuevo, morir de éxito, enredado en la parafernalia de su propia popularidad, en el envoltorio inútil de tanto acto, celebración, folleto, ruta alternativa y actividad cultural periférica, que lo asedian hasta asfixiarlo.

Y más este año, que se dispone frenético a celebrar el jubilar de ciclo largo, que hasta dentro de once años no hay otro (¿otro qué?). Aún recuerdo otros lemas publicitarios anteriores: que si el último de un milenio, que si el primero del otro... El Camino esta saturado. Su propia materialidad está en juego, pues se disputan el "verdadero" trazado tantos municipios como posibilidades hay de llegar a Santiago. Hasta en la carretera de León a Valladolid, altura de Mayorga de Campos, hay señales homologadas del paso del Camino. Pero ¿no habíamos quedado en que la ruta francesa, la que aquilató Picaud en el codex calixtinus hace ochocientos años, era la buena? Porque si admitimos que en realidad se va a Santiago por donde se quiere y que hay tantas rutas como caminantes (cosa cierta, por supuesto), también hay que admitir que, siendo así, sólo Santiago es lo importante, no el camino. Y esos itinerarios se pueblan de señales, lemas, hitos y panelitos que abruman con información confusa, superflua o redundante. Y los albergues y las carreteras y trochas estarán abarrotadas, para satisfacción de las administraciones, que se llenan la boca con las cifras de millones de visitas sin importarles en qué condiciones van a tener lugar éstas, y de la nueva picaresca de la ruta, floreciente de nuevo.

De manera que, al fin, la peregrinación se ha convertido en una romería. Y decepciona o aturde a propios y extraños. Quizás sucede que hace tanto tiempo que perdimos el norte, que ahora nos están arrebatando el oeste.

 

Luis Grau Lobo

 

Fumar o no fumar

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(Publicado en El Mundo de León, el 17 de enero de 2010)

 

Yo fumo. Aunque, como es condición de casi todo fumador que se precie, me debata día tras día entre dejarlo o seguir. No es que reneguemos, sino que nos gusta. A estas alturas nadie necesita redundar sobre los perjuicios del tabaco, todos los conocemos, y más los fumadores, que los experimentamos en carne propia. Tampoco cabe defender lo insostenible, una adicción perniciosa es lo que es, y punto. Sólo se puede lamentar retrospectivamente (lo cual no vale de mucho, la verdad) que el "padre Estado" se haya puesto a salvaguardar la salud de los fumadores activos y pasivos cuando se ha percatado de que el saldo contable le es desfavorable, de que ingresa menos por los impuestos del tabaco de lo que luego gasta por sus daños. Pero dicen que rectificar -¿aunque tarde y por esos motivos?- es de sabios.

Por parecidas causas entiendo que se regule cada vez más y se limite y delimite el uso del automóvil, para evitar que se convierta en el peligro público que se deduce de las cifras de víctimas de accidentes. El carné por puntos o las restricciones y sanciones de tráfico han demostrado su eficacia en este terreno. Nada en contra, por lo tanto, hacia una regulación mayor y menos permisiva sobre el tabaco, otra industria más antaño boyante y hoy bajo sospecha.

Pero, dicho esto, también diré que estoy, estamos muchos fumadores, hasta la coronilla del debate nicotínico, hartos de los defensores del sacrosanto derecho a fumar y de los que niegan el pan y la sal a los fumadores. Unos, los primeros, por sus groseros argumentos, eso de la supuesta libertad y tal, como si hubiéramos de oponernos a estas normas esgrimiendo aquí una especie de desobediencia civil digna de abundantes y muy superiores causas. Esos testimonios, además, en el terreno político son de una bajeza y partidismo vergonzosos: recuérdense los incumplimientos y exabruptos del gobierno madrileño contra las leyes estatales, que prefiero no repetir. Que no me defiendan estos: punto para no fumar.

En el otro extremo, la histeria. Gente como la que ha cuestionado en los USA la película "Avatar" de Cameron porque Sigourney Weaver se pasa fumado gran parte del metraje (que el director haya acabado por justificarlo diciendo que es parte del carácter displicente del personaje no arregla las cosas ni un pelo). Ahora en Hollywood sólo fuman los malos o los maleducados, o nadie, mientras que cuando la industria tabaquera yanqui estaba en alza lo hacían mundanamente los buenos, y un cigarrillo en las manos era un símbolo de hondura psicológica y rica personalidad, una suerte de talismán individual cuya falsa mística aún engancha a muchos jóvenes. Poco importa, para esa parte de Hollywood que habita o habitará en nosotros tarde o temprano, que las películas o los videojuegos sean violentos hasta la náusea e ideológicamente mugrientos, que contaminen nuestra mente mucho más allá y más rápido de lo que se ensucian nuestros pulmones al ingerir humo alquitranado. Punto para seguir fumando.

Ni altares ni condenas, que ya somos mayorcitos, fumaremos (o no) donde nos dejen, y recuerden, eso sí, que el vicio clandestino sabe mejor. Vicente Verdú mantiene en uno de los mejores libros sobre el tabaco y su añoranza que se han escrito ("Días sin fumar", 1989), algo así como que el humo es la nación de los que fumamos y cuando lo dejamos nos convertimos en apátridas, exiliados y atónitos administradores de un tempo vital ajeno, extraño y colmado, al menos durante la época de abstinencia, con minutos sin sentido, sin norte, sin humo (punto para dejarlo: poder decir cosas como éstas).

Según la leyenda negra del tabaco, uno de los primeros europeos que fumó, Rodrigo de Jerez, marinero de las carabelas colombinas por más señas, fue encausado por brujería por la Inquisición. A veces pienso si el último también lo será. Otro punto para fumar. O sea, que el empate sólo lo deshacen los argumentos del primer párrafo. Pues eso, que voy a ver si dejo de fumar. Otra vez. Ahora, como la cosa se complique y siga esta ceremonia de la tontería, volveré. Aviso.

 

Luis Grau Lobo

Crédito perdido

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(Publicado en El Mundo de León, el 3 de enero de 2010)

 

No sabemos si lo peor de la coyuntura de crisis ha pasado, pero sí podemos estar seguros de que volverá o, al menos, de que no se ha evitado que pueda regresar con más ímpetu, con definitiva saña. Pues nada se ha hecho, salvo poner los muebles a recaudo y esperar a que escampe. Apenas se ha intervenido para cambiar un modelo productivo y de comportamiento que nos ha llevado y que nos conduce inexorablemente a estirar la cuerda mucho más de lo que da de sí.

Dicen que el desencadenante de la crisis fue la desconfianza del sistema financiero, la falta de crédito, de credibilidad en suma. Pero sucede que esa falta de fiabilidad no sólo afecta a los bancos, que nunca la tuvieron entre el respetable, aunque la simularan entre sí para perpetuar el juego. Porque son tan pocas las cosas que están exentas de esta dramática deflación del crédito... Uno no puede dar crédito, por ejemplo, a los dirigentes de una organización que tienen prohibido mantener relaciones sexuales y tener hijos cuando pontifican sobre qué tipo de familia les convence más o sentencian sobre asuntos como el aborto o los métodos anticonceptivos. No puede uno creer al dirigente de una patronal cuando su empresa quiebra y deja en la estacada a miles de ciudadanos con un billete comprado para volar a su casa por Navidad. De hecho ni siquiera puede creer que sea empresario, cuando afirma impávido que no usaría su propia empresa para volar. Tampoco tiene visos de ser creíble que un partido político apruebe un código contra las corrupciones de los cargos públicos y mantenga en sus filas, y en sus cargos, a gente que las ha cometido o son sospechosos de ello. Apurando, tampoco es muy plausible que el presidente del país más poderoso del mundo defienda la paz a base de aumentar el número de soldados en un país ocupado y que, en el discurso de su Nobel de la Paz recurra a aquello tan viejo y falaz de si vis pacem, para bellum.

Ahora en casa, no tiene credibilidad que un ayuntamiento que se dice de izquierdas privatice el agua de todos. Ni que la deuda de una administración local maniate tanto la acción de su gobierno cuando, por otro lado, se traen entre manos proyectos multimillonarios como un tranvía o un palacio de congresos que a nadie parecen solucionar nada, y menos la deuda pendiente que sí continúa lastrando a muchos ciudadanos, comerciantes e industriales de esta ciudad. Tampoco podemos tener mucha convicción acerca de que una autonomía de León solo vaya a ir mejor que la actual de León acompañado, si va a estar gobernada por los mismos políticos que defienden esta alternativa, incapaces de gobernarse a sí mismos. Como también es difícil dar pábulo a que este año León vaya a ocupar todas las agendas culturales con la celebración de un pomposo centenario, pues el año acaba de comenzar y aún ni se sabe cómo pretende hacerlo.

Y cómo creerse a los medios de comunicación, a la línea editorial de los grupos mediáticos, si se fusionan televisiones como Cuatro y Telecinco o la Sexta y Antena tres. En fin, no puede uno creerse que los líderes del mundo estén a la altura de las circunstancias y de las necesidades y expectativas de los habitantes de sus países después de lo que se ha visto en Copenhague. Uno empieza, peligrosamente, a considerar que Hugo Chávez al menos esta vez tenía razón cuando dijo que "si el clima fuera un banco, ya lo habrían salvado".

Uno no se traga, por supuesto, la Navidad, que ya ni siquiera se creen en el Corte Inglés, pero es que el año nuevo se antoja ya astroso por haberse convertido en una especie de compás de espera hasta que lleguen todas esas buenas cosas que nos prometen para el 2011. El futuro ya no es lo que era.

Sí que es verdad que aún podemos creernos algunas cosas. Podemos creernos que Aminetu Haidar cree en un país distinto al que ahora tiene, porque ha empeñado su vida en ello. Y, en otro orden de cosas, hasta podemos creer (un poquito) en el fútbol, gracias a Guardiola. Pero sólo tienen crédito las acciones, las palabras son juguetes del viento. Sigamos jugando. Feliz año.

 Luis Grau Lobo

Cerezales

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(Publicado en El Mundo de León el 20 de diciembre de 2009)

 

Aunque el viaje en coche ha sido breve, el viento gélido del norte que corta las calles desiertas y afila los rostros hace desear que hubiera durado más. El domingo aún se resiste a desperezarse y el sol luce con un engaño de inminente invierno, por eso el paseo hasta el edificio que queremos visitar, y que, por error y falta de indicadores (tal es su discreción) hemos equivocado, se hace algo fastidioso a causa de la aspereza del ambiente. Sin embargo, un canalillo de agua que recorre el eje de la calle, flanqueado por hileras de cipreses con un vago efecto fúnebre, guía nuestro dubitativo trayecto, que pronto se ve confirmado ante la elocuente presencia de un edificio algo apartado pero en absoluto pomposo, con la personalidad digna y humilde de una antigua escuela de pueblo que hubiera retoñado con un nuevo y pulcro vigor.

En la puerta, discretas marcas y algún cartel ratifican que hemos llegado y un paisano lacónico nos franquea amablemente la puerta. Una vez dentro hasta las niñas que nos acompañan bajan la voz y observan con atención, imbuidas de la cálida sensación de silencio reverente pero acogedor que tienen sus salas, blancas sin estridencias hasta la alta viguería de la techumbre, en las que cada detalle ha sido escogido con el mayor de los mimos, algo que se nota de inmediato, cuando uno entra, y que la observación detenida no hace sino confirmar con agrado. Aunque se exponen estampas de un conocido escultor vasco, algunas de ellas muy acordes con el lugar, éstas me atraen menos que la sensible disposición de todo lo que las rodea: la luz tenue pero suficiente, la modestia decorosa y sabia de la colocación de las obras, la sencillez sin protocolos ni solemnidades del ambiente, la proporcionada certidumbre de un espacio bien pensado y bien habitado.

Cuando salimos de nuevo aún podemos deambular por un jardín discreto y breve en el que crecen la escultura oronda de una artista de la tierra en una piedra blanquísima que se diría rubicunda; un híbrido vagamente animal, obra de un artífice madrileño, y las sabias aristas arrebatadas al mármol de Carrara por un creador japonés, cuya planitud parece envidiar el acicalado césped que lo circunda. La sombra de los árboles ahora sin hojas y el rumor del agua que corre por el costado de la recatada tapia de piedra que envuelve el jardín apartan este pequeño universo de la fría mañana de diciembre. Pero cuando nos alejamos parece ahora que el pueblo es otro, que las casas y las calles, tan semejantes a otras cualesquiera en tantas localidades cercanas, tienen un vago aire de distinción, como si se beneficiaran de una suerte de emanación de la Casa que acabamos de visitar, tan insólita y tan acogedora a un tiempo.

Más tarde me enteraré de que esta Casa lleva todo el verano organizando talleres, conciertos, conferencias... y que todos ellos han contado con la concurrencia animada de las gentes de alrededor y de muchos otros; que la Casa quizás guarda el eco de esos actos públicos de ciudadanía como el secreto de la pátina que va dándola carácter y cimentándola en estas tierras en apariencia tan hoscas.

Y me viene a la mente que en un país de inversiones culturales desenfrenadas, millonariamente guarecidas en los dineros de todos, en tierra de despilfarros y "proyectos ambiciosos" anunciados a bombo y cornetín por la verborrea incontinente de la propaganda y la improvisación, esta Casa, hecha carne con mesura y fundamento, sin voceros ni padrinos inútiles, con dinero privado y la privanza de lo bien hecho, pone en evidencia el frecuente ridículo de toda esa parafernalia tosca debajo de la cual suele haber nada.

Al salir, me volví a fijar en el nombre del lugar: "Fundación Cerezales Antonino y Cinia". No los conozco de nada, pero me gustaría reconocerles íntimamente la grata mañana de este invernal domingo que ha sido otra, mucho mejor, gracias a ellos.

 

Luis Grau Lobo

"Flashforward" catalán

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(Publicado en El Mundo de León, el 6 de diciembre de 2009)

 

Cataluña es una nación. Cuanto antes admitamos esta evidencia y obremos en consecuencia, antes se encararán las soluciones a una cuestión que se complica periódicamente con empecinamiento digno de mejor causa. No sólo el repaso a su historia, una historia que no tiene que recurrir sólo a episodios medievales y efemérides de cartón piedra, sino también acontecimientos recientes, una lengua, una cultura, la personalidad de un país avalan esa afirmación que, por si fuera poco, se palpa en la sociedad catalana con nitidez y determinación. Cataluña, que pertenece a la Corona de España casi por la mera casualidad de estar más cerca de Francia que Portugal, ha demostrado sin embargo, una lealtad hispana encomiable, aunque mal ponderada.

Cataluña tiene varios problemas para que se reconozca este hecho, no diferencial, sino específico. Uno de ellos es el torpe y apresurado diseño del mapa de las autonomías, el famoso "café para todos", que separó y unió territorios históricos y geográficos sin contemplaciones para, al cabo de los años, acabar armando identidades imaginarias y baronías políticas aldeanas. En aquella configuración territorial del Estado se planteó un mapa político caduco -¿para qué las provincias en este estado de cosas?- y se mezclaron demarcaciones ficticias junto a otras legítimas. Ya no parece posible una vuelta atrás en esta componenda de taifas, pero al menos deberíamos poder reconocer las diferencias honrada y efectivamente. Unas diferencias que, por cierto, avala el segundo artículo de la Constitución (aquello de "nacionalidades y regiones"), pues la mayoría de los ponentes constitucionales reconocían en su día que nacionalidad y nación eran sinónimos, siendo aquella una forma de eufemismo para aludir a un hecho cierto, entonces (y quizás aún ahora) espinoso.

A Cataluña le duelen ciertas privaciones en temas de autogobierno, pero, a juzgar por lo que comentan muchos catalanes, escuece mucho más la antipatía que aún hoy despiertan sus reivindicaciones y personalidad entre una gran masa de la sociedad española; caverna aparte, claro, que esos no tienen remedio. Todavía hay quien se altera por oír el catalán o por ver las enseñas y símbolos de su nación, aún hay quienes tuercen el gesto a la vista de una identidad firme y distintiva.

Pero Cataluña visualiza un futuro distinto. Tiene su propio "flashforward", su "antecuerdo", de cuando pudo relacionarse con el resto de España de otra manera o de cómo podría ser un futuro en el que este país sea un Estado que agrupe naciones diversas pero comprometidas con un proyecto común, una nación de naciones, como dicen algunos con una bella expresión que encierra una apasionante tarea por delante, cuya convivencia esté amparada en el mutuo respeto, la solidaridad y el aprecio. Y para ello hacen falta nuevos marcos legales, no exactamente los mismos que nos dimos cuando el franquismo aún ensombrecía nuestro porvenir. Los catalanes (y, no se olvide, los españoles a través de su parlamento) se acaban de dar otro Estatuto, uno que parece emprender ese camino, largo y lleno de celadas, pero sin duda gratificante, tal vez la próxima lección que nuestro país pueda dar al mundo en materia de convivencia, tras la afamada Transición.

Si Cataluña, como otros asuntos de distinta enjundia (sucesión a la Corona incluida), no encajan del todo con lo dispuesto en la Constitución hace más de tres décadas, habrá que plantearse que ha llegado la hora de retocar la Carta Magna. Mejor cambiar una ley que intentar con ella avasallar una realidad que a nadie ha de perjudicar, la experiencia de la historia así lo acredita.

 Luis Grau Lobo

Santa Cecilia

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(Publicado en El Mundo de León el 22 de noviembre de 2009)

 

Ahora que se recrudece la batallita de los crucifijos, conviene recordar que las cosas cambian, aunque muchas veces lo hagan al ritmo geológico de generaciones enteras. El cristianismo, por ejemplo, en sus principios prosperó como una de las religiones orientales que se pusieron de moda en el Imperio romano a partir del siglo III y, como muchas de ellas, apenas contaba con un desarrollo imaginero propio, aparte de algunos símbolos gramáticos y sencillos, acordes con su inicial clandestinidad. Sin embargo, su posterior éxito político y su expansión en un territorio mediterráneo de honda tradición iconográfica provocaron un aluvión de préstamos formales del acervo clásico, que acabó "bautizando" a imágenes y símbolos antiguos en una nueva lectura religiosa. Así, la niké o victoria de los antiguos pasó a ser un ángel asexuado, o la diosa virginal Diana prestó sus atributos a la madre de Jesús, en un largo etcétera que, con el tiempo, convertiría al cristianismo en una de las confesiones con más riqueza imaginera de cuantas pueblan el planeta. El más significativo de estos signos, sin duda, acabó siendo la cruz, suplicio ignominioso convertido en enseña de victoria merced a la fabulosa visión de Constantino en el puente Milvio y, desde entonces (seguramente a pesar del crucificado), emblema de una ortodoxia dominante y dominadora.

Muchos de estos rejuvenecidos iconos se aprovecharon, además, de relatos ajenos disfrazados tras ellos que facilitaban lecturas ejemplarizantes y morales de las vidas de los santos tomadas en ocasiones de selectas biografías de personajes de la Antigüedad. Así, por ejemplo, ahora que está de moda, la vida de la filósofa Hipatia de Alejandría se transformó punto por punto en la inventada semblanza de santa Catalina de Alejandría, barriendo de su hagiografía los asuntos "molestos" que la enfrentaban al poder sancionado por la nueva fe.

Y así sucede con santa Cecilia, cuya onomástica celebramos hoy junto a la del día de la música, otro caso similar. Según un relato edificante y estereotipado que se confeccionó a posteriori, esta joven patricia romana fue martirizada en la época de las persecuciones del siglo III, pero su relación con la música no aparecía entonces por ninguna parte. Fue a partir del siglo XV cuando una mala traducción del latín la convirtió en patrona de la música, lo que permitió su representación haciendo sonar un órgano y de ahí, su vínculo con las artes del sonido. Y sólo en 1594 la santa legendaria fue sancionada por el papado como patrona de la música, más de mil trescientos años después de su supuesto martirio. Desde entonces, diversos músicos (y poetas) han celebrado su nombre con tal excusa, aunque se basara en un despropósito histórico. Hoy, por supuesto, casi nadie piensa en ella cuando se propone celebrar un día dedicado a esta actividad, como tantos otros "días de algo".

Los mitos no se destruyen, se transforman, y los símbolos enriquecen su significado con lo que de ellos han hecho los hombres a lo largo de la historia, destinándoles un lugar y una función social según el papel que han de jugar en cada época. Y éste, en nuestros días y en nuestras aulas o instituciones públicas, no es el sitio del Cristo de los católicos, como no lo es de ningún otro símbolo confesional representativo de las creencias de una parte de la sociedad, por muy mayoritaria que pudiera ser. La cruz es un bello símbolo, como muchos otros del pasado y del presente, pero su presencia en el ámbito de lo oficial está ligada a una concepción del estado, del poder político, en la que la religión y el poder se amalgamaban indiscerniblemente, algo que no sucede ya en nuestro país, aunque siga ocurriendo en otros.

Celebremos, por tanto, el día de la música, pese a que no sepamos si a la santa romana a la que encomendaron patrocinarla le gustaba o no ese arte. Ni falta que hace. Eso sí, viva santa Cecilia. Santa Cecilia Bartoli.

 

 

Luis Grau Lobo

Estereoscopía

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(Publicado en El Mundo de León el 8 de noviembre de 2009)

 

Aunque de tan natural en ocasiones resulte desapercibido, pienso que cada época tiene su color, su tonalidad (cromática y musical) y un medio distintivo para transmitir esa imagen. Los pigmentos puros y nítidos de las paredes medievales, las entonaciones acrisoladas de las tablas del renacimiento, los fragorosos matices de la paleta barroca, los lienzos íntimos y apastelados del rococó... Y, por supuesto, la fotografía. Una imagen analógica, en el extenso sentido de ese término, que también ha adquirido el valor de encarnar cada momento histórico gracias a su gama de entonación, a su coloración, de manera que -en este caso más acusadamente pues la imagen parece "real"- hemos llegado a rememorar un período de la forma en la que aparece en las imágenes conservadas sobre él. Sucede con la fotografía en blanco y negro (y con los tipos diversos de blanco y negro, de sepia), ligada a buena parte del siglo XIX y del XX, y sucede con los diversos matices cromáticos, propios de los sesenta, de los setenta, de los ochenta... No soy experto en emulsiones fotográficas, pero creo que todos somos capaces de reconocer este "color de época", en una instantánea, en una película, y asociarlo a una década, a una vivencia, a un determinado estado de las emociones colectivas. De la misma manera que nos parecería forzado ver a Buster Keaton hacer cabriolas a una velocidad normal y en technicolor, hoy día, por ejemplo, el blanco y negro juega siempre con el valor añadido del distanciamiento, a veces la vía más corta para llegar al espectador.

En otros casos nos sorprende que avances técnicos que hoy renuevan su brío cuenten con una trayectoria longeva y fértil. Así ocurre con la imagen estereoscópica, un procedimiento ya ensayado en las primeras experiencias fotográficas, cuya versión anaglífica, de la que se valen en nuestros días algunas películas animadas, fue registrada a finales del siglo XIX. Los anaglifos se aprovechan de nuestra visión binocular, casi única en la naturaleza, para recrear la ilusión de una realidad tridimensional en una superficie plana, de forma que somos capaces de distinguir varias profundidades en ella. No es solamente un juego de perspectiva, como sucedió cuando se redescubrió este recurso artístico en el siglo XV, sino un espejismo óptico que consigue engañar a nuestro sentido más exigido. Y lo hace aprovechándose precisamente de su sofisticación, de la síntesis que realiza el cerebro con las imágenes percibidas por ambos ojos, ligeramente diferentes siempre. De tal forma que dos fotografías del mismo objeto tomadas con una pequeña distancia, en las que se ha filtrado respectivamente el tono rojo y el azul y verde, son recompuestas en una única imagen con hondura espacial gracias a unos filtros situados ante los ojos (unas gafas coloreadas) que recomponen la escena mentalmente.

La recuperación de archivos fotográficos antiguos suele ser un acontecimiento para la evocación colectiva y, en ciertos casos, para la documentación histórica. Más aún si en ellos se indaga en una técnica infrecuente. El álbum que dentro de unos días se podrá reunir por entregas con este periódico entra en ambos terrenos y supone algo distinto al típico coleccionable con que la prensa española abruma a sus lectores. Las instantáneas que atesora el Instituto Leonés de Cultura fueron tomadas por Ángel Rodríguez Sánchez (1875-1958) en los rincones de una ciudad que retrata con precisión quirúrgica, sentido y sensibilidad. Lo he dicho en otras ocasiones, no me importa hacer publicidad si merece la pena el producto: éste lo merece.

Porque, superado el inicial sonrojo de encasquetarse las ridículas gafas, uno disfruta de sumergirse en un espacio perdido, cuya sensación de irrealidad, acrecentada paradójicamente por la estereoscopía, nos atrapa con la intensidad de una aparición. Es una ciudad que ya no está pero que sigue aquí, con la propiedad del sedimento arqueológico más reciente, que pueblan personajes remotos pero familiares, alguno de los cuales nos mira a los ojos como si nos reconociera, como si estuviera esperando un asombro centenario, el ingreso de nuestra mirada en una portentosa estancia habitada al fin desde las dos orillas del tiempo. Pasen y vean.

 

Luis Grau Lobo

Ruido de fondo

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(Publicado en El Mundo de León el 25 de octubre de 2009)

 

John Cage, maestro de la música contemporánea sobre el que este fin de semana se inaugura una retrospectiva en Barcelona, afirmaba que "lo que oímos es fundamentalmente ruido. Cuando lo ignoramos nos perturba. Cuando lo escuchamos nos resulta fascinante". Sin embargo, como tiende a demostrar su obra posterior, eso debe ocurrir porque el bullicio nos hace añorar el silencio, natural y serena desembocadura de todo sonido, principio de la música.

No sucede lo mismo, por desgracia, con la conclusión lógica que cabría esperar del ruido en la vida pública, de la escandalera retratada en los medios de comunicación. Por más que uno intenta percibir un orden, una armonía que se imponga tras su lógica conclusión, eso no sucede, y cuando lo hace es de manera obligada, antinaturalmente. Tristes días para la serenidad en estos tiempos revueltos ahogados en el jaleo del "todo vale".

¿De dónde viene toda esta sensación de impunidad, de irresponsabilidad ante el alboroto, de falta de exigencias a nuestros actos? En las aulas, durante un tiempo que aún hoy colea, los alumnos se han sentido exentos de las obligaciones de su condición, pues aprobar el curso ya no equivalía a superarlo y su esfuerzo no era recompensado más que su holganza a la postre. El estruendo de este error aturde a una generación. En ciertos programas de televisión, podemos presenciar a diario una algarabía bochornosa de insultos y descalificaciones personales de patio de colegio, algunos de los cuales, según dicen sus protagonistas, acaban dirimiéndose en querellas que a buen seguro contribuyen al síncope de nuestro sistema judicial, pero que no dejan de ocultar un desprecio chillón y destemplado por la dignidad y el buen nombre de las personas, por lo que puede y no puede decirse en público y las formas en que debe decirse.

Y qué decir de la política, supuesto espejo de la sociedad, que no se haya dicho ya. Imputados y sospechosos, inocentes todos en principio, pero bajo la sombra de recelos razonables y turbiedades varias, pasean su palmito vociferante con el apoyo de impúdicas sonrisas, impropias de alguien cuyo nombre está en entredicho (aunque resulte inmaculado a la postre, insisto). Olvidando aquello sobre la mujer del César, politiquillos y cortesanos se aferran al cargo (y con ello nos hacen temer que a la prebenda) con la ansiedad y el estrépito de quien no tuviera otro oficio ni beneficio. Y tampoco parecen darse por aludidos los directores de esas orquestas, los líderes de esos cargos de confianza, que, por el mero hecho de estar nombrados discrecionalmente y bien pagados por ello, tienen una mayor carga de responsabilidad y sus errores y fallos afectan y afean por igual a aquel que los nombró.

Y cada día un nuevo estrépito que añadir a la barahúnda general: un ayuntamiento imputado en pleno, otro desalojado por desertores del partido cuyas siglas les permitieron estar donde están, un cargo público que ampara un medio de comunicación que difunde ideas pronazis, el entrenador del equipo de fútbol de todo un país que lanza exabruptos tabernarios, el gerente de un gran teatro que se embolsa recaudaciones y subvenciones millonarias y las reparte a los cuatro vientos... ¿para qué seguir? Tramas sucias, clientelismo, arbitrariedad, grosería, chanchullos, desfachatez... Un ubicuo y ensordecedor ruido de fondo.

Todos esos "feos asuntos", como un portavoz del Vaticano acaba de calificar a la participación de la trama Gürtell en la visita del Papa a Valencia; todos estos escándalos estrepitosos, me traen sin embargo a la cabeza un nombre propio que quisiera citar. Se trata de alguien que hizo lo que debía, ni más ni menos. No habría por qué recordar su comportamiento si no fuera porque después ha pasado lo que ha pasado. Demetrio Madrid, ¿les suena? Dejó un distinguido silencio tras él.

 

Luis Grau Lobo

 

Concierto

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(Publicado en el Mundo de León el 11 de octubre de 2009)

 

Existen filosofías o construcciones del pensamiento que caracterizan una época, y arquitecturas que también suelen hacerlo. Al pensar en la Edad Media a menudo imaginamos una catedral o un monasterio aunque evitemos que las miserias y podredumbre que también los habitaron empañen nuestra familiaridad idealizada con sus piedras hoy desnudas. Pero se me ocurre que hay épocas mejor retratadas gracias a un artefacto, a una reunión de conocimientos que cristaliza en un ingenio cuya complejidad, y a pesar de ello, aparente sencillez, está en equilibrio con su eficaz servicio a los más genuinos objetivos de ese momento, a su carácter de cosa perfecta resultado de la unión de muchas otras. De ahí que personifiquen el espíritu de una época. Tal sería el caso de los navíos en el siglo XVIII o de un observatorio astronómico en el XX, por poner dos ejemplos a bote pronto. Tal es el caso de una orquesta sinfónica.

La orquesta clásica fue fraguada durante los siglos florecientes de las agrupaciones de música occidental y logró sus más altas cotas como una suerte de metáfora de la nueva sociedad que alumbraba el final del antiguo régimen, una asamblea instrumental destinada a los burgueses y reunida para su deleite en las grandes salas de conciertos. Algo que ya había sido anunciado por las formaciones camerísticas, que parecían trasladar al ámbito musical la actividad de los cenáculos ilustrados y sus nuevas teorías sociopolíticas. Pero más allá de esta sociología histórica, una orquesta es una portentosa conquista de la civilización humana, un artificio tan refinado y frágil que nos sigue sorprendiendo su funcionamiento, su vigor y su perfección. Tan cabal fue su ajuste con aquel tiempo que aún hoy la emoción que provoca ver una en acción se mantiene y renueva cuando, como ahora, comienzan en buena parte del mundo las temporadas de conciertos.

Una agitación que se materializa cuando, sentados en la butaca, vemos salir a los músicos al escenario. Y con los primeros aplausos el hilo del pensamiento se asombra de la multitud de coincidencias felices, de historias colectivas e individuales, pasadas y presentes, que se han entrelazado para proporcionar este instante. Los músicos, con sus avatares personales, su largo período de formación, sus conflictos dentro y fuera del grupo, su capacidad, talento, trabajo... Los instrumentos, todos ellos resultado de un largo y fructífero período de pruebas y ensayos, de saberes artesanales y genialidades, de la maestría de luteros anónimos y nombrados, de tradiciones que se entrecruzan y alían para ofrecer una sofisticada sencillez en cada pieza ensamblada, en el refulgente metal por donde el rumor del viento se entrecorta, en la tripa tensada de un animal que nos ofrece el vago eco ancestral de los primeros bramidos de la especie, o en la modestia hermética de las mejores maderas del planeta que nos envuelve en el presentimiento de un bosque primigenio perdido para siempre. Y las piezas musicales, la vocación y objeto de muchas vidas reducidas a un pliego de papeles garabateados que ayudan desde hace siglos a atesorar este arte etéreo y preciso sin el cual nuestra vida sería menos humana, menos vida...

Y, de pronto, suena esa algarabía fascinante en la que todos los sonidos disienten para al fin concluir, afinados. Evocamos una discusión caótica y sobresaltada en la que, al final, cabe el acuerdo, el compromiso de muchos y la armonía de contrarios. Nos sobresalta al cabo el pálpito gozoso de estar asistiendo  a un momento irrepetible, único. Uno de esos que sólo ciertos espectáculos en directo son capaces de ofrecer aún.

Y, con el repentino silencio, uno aparta de sí todo lo demás. A los músicos y sus instrumentos, al autor de la obra y al título de ésta. Se olvida uno del arquitecto que concibió este edificio de relumbrón, seguramente creyendo que sería el protagonista de las veladas, y no pensamos en el patrocinador del evento o en la vacuidad de las palabras de presentación si las hubo, ni en quién está sentado en el patio de butacas o si nos queda bien el traje que vestimos. Todo ese cúmulo de caminos que confluyen, de reuniones prodigiosas, ya no tiene ninguna importancia cuando comienza a sonar la primera nota. Música. Nada menos.

 

Luis Grau Lobo

La sombra de Ticiano

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(Publicado en El Mundo de León el 27 de septiembre de 2009)

 

Hay una historia del arte que puede confeccionarse a partir de las obras desaparecidas. Desde las seis maravillas del mundo antiguo que no conservamos hasta la ingente cantidad de cuadros, esculturas, edificios que han sucumbido en guerras y desastres naturales. Muchos de ellos son obras maestras sin las que nuestra cultura se empobrece irremediablemente. Algunos deben su desaparición al azar de los traslados y, en casos extraordinarios, a ese mismo azar deben una milagrosa recuperación, como sucedió con la "Caída camino del Calvario" (apodada "El pasmo de Sicilia") de Rafael, que cuelga en el Prado tras haber salido ileso de un naufragio en el Mediterráneo. Menos fortuna tuvo la primera versión del Entierro de Cristo que Felipe II comprara a Ticiano en 1557.

Pocos artistas han sido tan imitados y versionados como Tiziano Vecellio, castellanizado Ticiano (1477?-1576). Era éste un procedimiento habitual durante el barroco (una gran parte de los cuadros leoneses de ese momento son copias de los grandes maestros), cuando dicha práctica fue considerada el máximo reconocimiento, y cuando tampoco existía otra manera de conseguir una obra de prestigio que encargar su reproducción, lo más fehaciente posible, a un pintor local que remedara esquema e iconografía aunque no fuera capaz de hacerlo con pincelada y genio. Eran tiempos de propiedad intelectual menos sometida a SGAEs.

Convertido en pintor de los Habsburgo en la última fase de su longeva vida, la relación del veneciano con Felipe II constituye un capítulo aparte en la historia del arte occidental, puesta en paralelo por los tratadistas con la legendaria entre Alejandro y Apeles. La irradiación de su arte en la Monarquía Hispánica, por tanto, no tuvo parangón hasta Rubens, tanto por el moderno estilo "emborronado" y animoso de su pincelada como por la conocida capacidad de Ticiano para innovar iconográficamente. Todo ello hizo de sus lienzos en las colecciones españolas un semillero de experiencias pictóricas que, con mayor o menor fortuna, los nobles, a imagen del monarca, y los cabildos y monasterios, encargaron imitar a pintores locales, provocando un floreciente mercado de réplicas y versiones.

Uno de estos temas, el "Entierro de Cristo", recoge en la producción del pintor de Cadore la existencia de cuatro versiones de su mano, una de las cuales se perdió cuando viajaba hacia España en 1557, razón por la que el rey Felipe le reclamó otra (según carta de 1559), que hoy cuelga en el Museo del Prado tras haberlo hecho en El Escorial. Las otras dos están una también en el Prado y en el Louvre la más antigua. De todas ellas existen numerosas variantes y copias, algunas cercanas (de taller) y otras lejanas en el tiempo, incluso del siglo XIX, que se conservan desde Milán o Florencia a Cholula (México) o La Antigua (Guatemala), confirmando el gran ascendiente de la obra ticianesca a ambos lados del océano. Por otro lado, las copias locales del lienzo del Prado de 1559 son frecuentes en estos lares. Hay en la catedral palentina (datada en 1605), en la iglesia salmantina de San Martín, en la catedral de Segovia (capilla de los santos Cosme y Damián) y, más cerca aún de León, en el Hospital de la Piedad de Benavente, favorecido por los condes con algunos cuadros de gran mérito, publicados hace casi veinte años y restaurados después.

Esta semana la prensa local y alguna regional daba noticia del hallazgo de un nuevo cuadro en que puede reconocerse, pese a la suciedad y los desgarros de la tela, la conocida escena de ese "Entierro" en lo que según parece sería otra obra que añadir al catálogo de tales copias. Copias que no merecen ningún desprecio una vez situadas en su auténtico valor patrimonial. Fue descubierta hace más de una década en un desván (ese viejo tópico de la "serendipia") del Museo de la Semana Santa de Sahagún, pero sólo ahora, quizás al calor del "redescubrimiento" o readjudicación reciente de un velázquez en el Metropolitan de Nueva York, ha saltado a los periódicos con la fuerza de un nombre y la alargada sombra de su figura en la historia del arte: Ticiano.

Postscriptum. Este texto fue terminado el pasado miércoles. Nada ha sucedido desde entonces que lo desdiga.

 

 

Luis Grau Lobo

Tempus fugit

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 (Publicado en El Mundo de León, el 13 de septiembre de 2009)

 

Uno de tantos tópicos equívocos que empleamos, como si de una sentencia inapelable se tratase, es aquel que, con diversas variantes, dice que el tiempo pone cada cosa en su sitio, que su paso enmienda al fin los juicios y acciones que realizamos indebidamente. Como si existiera una justicia postrera a la que fuera imposible escapar, para temor y escarmiento de quienes pretenden burlarla. Pero ese ajuste de cuentas no es un proceso geológico, natural, sino producto de la voluntad, y, por ello, imperfecto, decepcionante a veces.

Casi siempre la reparación resulta imposible en la práctica y el perdón con el paso de demasiados años se torna insuficiente o excusable. Apenas la mala conciencia colectiva halla refugio en una suerte de reconocimiento contrito de lo sucedido, que sirve más para atemperar el remordimiento contemporáneo que para resarcir a quienes sufrieron una infamia pretérita.

Porque, por poner un ejemplo muy conocido, ¿de qué sirvió a Giordano Bruno que la iglesia haya admitido el heliocentrismo siglos después si ya nadie le podrá evitar jamás una vida de persecución, de infamia, ocho años de prisión y una muerte horrenda; si ya nadie duda que tenía razón? ¿De qué le sirve a él la estatua que hoy le honra en la bella plaza romana del Campo dei Fiori, el lugar donde fue quemado vivo en 1600? Nos sirve a nosotros.

El parlamento alemán acaba de redimir la memoria de quienes resistieron al nazismo y fueron fusilados por ello. En nuestro país existe gente obtusa y sin escrúpulos que todavía niega el pan y la sal a una memoria histórica que disimulamos en su día bajo la dorada alfombra de la Transición y que ahora, deslustrosa ya, revela sus vergüenzas. Y en estos días tenemos que soportar el bochorno de ver a uno de los jueces que hace lo que debió hacerse entonces asistiendo como imputando ante uno de sus colegas.

Reconocer los errores es imprescindible, purgarlos también. Pero no es bastante. Importa, y mucho, cómo se hace y el lapso de tiempo que dejamos transcurrir. Importa, y mucho, que quienes sufrieron la ofensa o quienes fueron testigos de ella puedan conocer el desagravio. Incluso que quienes la llevaron a cabo conozcan su condena o sientan pública su culpa. Es fácil quedar bien con quienes ya no pueden rebatirnos, hacerlo cuando ya no cambia casi nada, cuando todos estamos de acuerdo en que lo sucedido no debió suceder así, cuando nadie paga los platos rotos sino que los fragmentos simplemente se recluyen en la vitrina de un museo. Pero resulta necesario mirar a los ojos a los supervivientes de una vileza histórica para darse cuenta de cómo sucedió, para aprender de ella. Aunque esos ojos estén cercados de arrugas serán más auténticos que una estatua de bronce.

Durante la época barroca, la alegoría del Tiempo desvelando la Verdad se convirtió en tema recurrente para lienzos y decoraciones murales en las que el viejo Cronos o alguna figura que representaba al Padre Tiempo, descubría al fin la espléndida maravilla de las carnes desnudas de la Verdad. Veritas filia temporis, decíase en un período en que los ánimos preparaban el descubrimiento de grandes verdades, cambios y ajustes de cuentas, preámbulos de una revolución que habría de guillotinar las hipocresías del pasado. Pero Cronos, o Saturno, devoraba a sus hijos para evitar ser derrocado. Y la historia, hija natural del tiempo, también devora a los suyos y nos los devuelve para arrumbar su recuerdo de la manera más conveniente para nosotros. No. El tiempo no hace justicia. Ni sirve para que el arrepentimiento, la disculpa o el desagravio eliminen el daño. El daño no puede borrarse porque el mismo tiempo lo impide: los actos no tienen marcha atrás, la flecha del tiempo no es un boomerang salvo en las elucubraciones científicas. Pidamos disculpas, sí, pero acortemos los estragos del tiempo y censuremos los comportamientos retrógrados, para que al menos la pequeña verdad de cada día resplandezca sin la intervención morosa de ese viejo lascivo que pretende adormecer nuestra conciencia. El injusto tiempo corre en nuestra contra. Nuestra historia es hoy.

 

 

Luis Grau Lobo

Petroglifos

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(Publicado en El Mundo de León, el 30 de agosto de 2009)

 

Durante los últimos milenios del Paleolítico el hombre alcanzó cotas artísticas insuperables en las paredes y techos de las cuevas que fueron su refugio ocasional y su santuario. El predominio de los motivos naturalistas, animados de un soplo vital que aún hoy nos conmueve, pone de relieve a un ser humano aún entretejido con la naturaleza que le rodeaba, dependiente de ella en extremo. Bisontes, ciervos, caballos o peces protagonizan su vida y son caracterizados con trazo nervioso y sublime, propiciatorio y devoto. Y cuando la figura humana aparece, a menudo lo hace con atavíos animales, como avergonzado de la distancia que comienza a separarle de aquellos. Pero al comenzar a representar la naturaleza, a convertirse en su intérprete, había iniciado también el camino sin retorno que lo separaría de ella; la senda de la civilización, con todas sus cargas y responsabilidades.

Con el final de las glaciaciones y el descubrimiento de la agricultura y la ganadería todo cambió. La forma de pensar del hombre se tornó más abstracta, más ocupada de los ritmos estacionales, del calendario, de los astros, de la medición y gobierno de sus propiedades, de la indagación acerca de un mundo más estable, pero más complejo y, sobre todo, decisivamente nuevo. A la vez que era capaz de modelar el barro e incluso, tiempo después, de forjar herramientas, creando objetos radicalmente diferentes de todo lo que le rodeaba, dominando por vez primera las mutaciones de la materia, sus lenguajes artísticos se volvieron más inextricables, más arcanos, más abstractos a su vez.

Laberintos, retículas, motivos solares y geométricos, signos vagamente fitomorfos... fueron grabados sobre las peñas que lindaban sus tierras en regiones especialmente proclives. Una de estas zonas, el noroccidente de nuestra península, ha ampliado sus límites conocidos con el reciente descubrimiento de numerosas insculturas al amparo de la enorme mansedumbre Teleno, en la fascinante comarca leonesa de la Somoza. Pero no cabe olvidar que la obra maestra de esta forma de manifestación cultural, aún lejos de nuestro entendimiento, fue hallada hace más de cien años en las mismas tierras, y se custodia desde entonces en el Museo de León, en cuyo edificio Pallarés se exhibe en el lugar de privilegio que merece.

Me refiero al ídolo de Tabuyo del Monte, una losa de esquisto de unos 600 kg de peso en la que se grabaron hace casi cuatro mil años las armas de un guerrero que tal vez acabarían acompañando a su poseedor de forma figurada, virtual diríamos hoy, en su última morada, una sepultura de la que carecemos de referencias dado el carácter descontextualizado del hallazgo. Un puñal, una lanza y, tal vez, un escudo, componen un ajuar muy especial que quizás fuera el tributo a un individuo o a una jerarquía, pero que también supone uno de los primeros indicios en este territorio de personalidades predominantes, cuya capacidad para representar a un grupo comprometía de alguna manera la vieja inclinación a la acción colectiva, anónima, de estas gentes en el pasado.

La pequeña historiografía de esta pieza única ilustra, además, una invariante de este tipo de hallazgos: la aprensión a su publicación y estudio por falta de referentes. Así, la placa de Tabuyo permaneció a la vista de todos durante casi ochenta años hasta que un arqueólogo madrileño, Martín Almagro, decidió abordarla, una vez estudiados los conjuntos de estelas extremeñas que permitían acercarse a su lectura, o el ídolo asturiano de Peña Tú, aún reconociendo la primacía cronológica respecto a aquellas o la excelencia del leonés.

Con este precedente y los hallazgos que se suceden desde hace más o menos un año, podría pensarse que la enorme montaña mítica de los astures y los romanos quizás fuera también un espacio sagrado para los pueblos que habitaron estas tierras hace alrededor de cuatro mil años, cuando grupos humanos de los que casi nada sabemos dedicaron parte de su precioso tiempo a registrar sobre la aparente solidez de las piedras de su entorno sus anhelos más íntimos y sus más decididas ansias de pervivencia. Esperemos que duren mucho más.

 

Luis Grau Lobo

Noticias de un verano

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(Publicado en El Mundo de León, el 16 de agosto de 2009)

 

Internacional. La Clinton se indigna con un estudiante porque la confunde con el Clinton; Chávez planea preguntar a Obama qué opina su mujer respecto a la crisis hondureña. Putin, Vladimir por más señas, se asoma a la ventanilla de un submarino y quiere abrirla para tomar el aire; sus asesores le recomiendan que mejor pasee a caballo sin camisa por Siberia. Y lo hace.

Kennedy y Diana de Gales fueron asesinados por la misma conjura de agencias secretas occidentales que planificó la demolición de las Torres Gemelas para justificar una intervención de control del petróleo de Oriente medio. Bush (padre o hijo, qué más da) presuntamente autorizó esta última operación, quizás todas ellas. Al parecer el servicio de espionaje de la Comunidad de Madrid no tuvo nada que ver en el asunto. Pero nunca se sabe.

Nacional. Camps paga siempre sus trajes. Hasta cuando se los regalan. Y Rita Barberá no come anchoas ni en la pizza. Rajoy no va al sastre, pero sí al mismo chiringuito-after que Cospedal: "Watergate on the beach". Ahora Aznar habla inglés con acento de California, porque va al mismo gimnasio que Schwarzenegger. Y Agag a ese mismo sastre que cobra tan barato. El mundo es un pañuelo.

Economía. La patronal quiere bajar los salarios y abaratar el despido para frenar una crisis provocada por la especulación y los beneficios desmedidos de las empresas y sus altos cargos. Los sindicatos replican: "donde caben dos caben tres..." Las cajas de ahorros se funden en una sola: despiden a un montón de cajeros pero se quedan todos los directivos.

Local. León va a ser la capital del mundo en 2010 y los actos innumerables y sorprendentes que aquí tendrán lugar harán olvidar de inmediato los últimos nueve siglos de indolencia. Entre otras cosas, el G-8 (ó G-20, ó G-2 o como quiera que se llame) se reunirá en Cerezales del Condado para ver la exposición de Arroyo; la ruta romana contará con murales disuasorios de Vela Zanetti en el exterior de cada sótano arqueológico para evitar que alguien pretenda entrar en ellos y se ubicarán estatuas de los reyes leoneses con brazos articulados para regular el tráfico en todas las rotondas.

Ciencia. Cuando todo el mundo sabe que el ser humano no llegó a la Luna y que Kubrik lo filmó por indicación de la CIA, parece ser que tampoco se va a ir en breve: cuesta un pastón, no tiene audiencia y, además, allí no nos espera nadie. Por otro lado, Sharon Stone desafía la ley de la gravedad, "eso no va conmigo" afirma.

Cultura. Una turista rusa arroja una taza de té a la cara de la Gioconda. Y no ha sido en el MUSAC. Además, se inaugura el Museo del Incendio Provocado, con más de cien mil hectáreas de exposición permanente y numerosas actividades pedagógicas durante todo el verano para familias y visitas en grupo. Sorolla expone en el Museo del Prado, pero la gente prefiere verlo en directo, en la playa. Se estrenan Up, Ice Age III y G.I. Joe; y un anciano sufre un colapso palatal al intentar pronunciar esos títulos para comprar la entrada del cine a su nieto.

Deportes. Phelps nada igual de rápido con bañador que con camiseta y vaqueros. Michael Schumacher decide volver pero luego decide no volver. Después de aparecer en todos los medios de comunicación del mundo, le duele la nuca. Alonso tiene una nuca hercúlea, pero no le dejan correr.

Sociedad. Las moscas españolas aumentan el deseo sexual, salvo si son muchas, que cansan y te lo quitan. Los programas cardiacos (del corazón) entrevistan durante seis horas a un grupo de ellas que han seguido a los famosos del ramo y obtienen la máxima audiencia semanal (cuatro o cinco espectadores de media). Michael Jackson se ha ocultado con sus cinco hijos secretos en el mismo rancho que Elvis y que el frigorífico que contiene a Walt Disney. El rancho es propiedad de J.D. Salinger, próximo premio Leteo (a ver si éste viene).

Última página. Estoy de vacaciones. Ojeo (u hojeo) los periódicos. Me lo creo todo. Presuntamente. O no. ¿Qué importa?

Nota de última hora: las Perseidas, lágrimas de san Lorenzo o estrellas fugaces de mediados de agosto, ofrecen estas noches un espectáculo impagable (y gratuito). Pues eso, al fin una noticia veraz e importante del verano.

 

Luis Grau Lobo

El "factor Collins"

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(Publicado en El Mundo de León, el 3 de agosto de 2009)

 

 

Ya saben ustedes, pues es casi imposible no saberlo, que hace cuarenta años redondos el ser humano alcanzó el primer destino espacial, la Luna. Aquel acontecimiento sigue provocando aún hoy numerosas reflexiones, casi todas ellas de amplio alcance, sobre los viajes espaciales y el futuro extraterrícola de la especie humana, el único posible a largo plazo. Además, la posibilidad de haber disfrutado el momento por televisión en todo el mundo, dio por asentada la civilización de la información visual a escala global; aunque a la vez que era el primer acontecimiento de este tipo transmitido a todo el planeta al unísono, se convertía de cierta manera en el último del gran ciclo de las exploraciones épicas.

Otros debates son menos trascendentes. Por ejemplo, todavía hay quien no se cree los viajes a la Luna, aunque esto tiene menos importancia porque: ¿qué diferencia hay entre creérselo o no? Tal decisión sólo afecta al ámbito privado, a lo público lo hará cuando traiga consecuencias decisivas, como sucediera con la llegada de los europeos a América hace cinco siglos. Unas consecuencias, en el caso de nuestro satélite, que han sido aplazadas estas últimas cuatro décadas a causa de la nula rentabilidad de lo que en su día fue un reto político y propagandístico propio de la guerra fría. Si Colón llegó a América es porque buscaba una ruta a las Indias. Si se volvió a ese continente fue porque era un buen negocio. Así se escribe la historia casi siempre, y no con los grandes y pomposos titulares sobre las "conquistas" de la especie humana.

Además, esos titulares, que alimentan hemerotecas y libros de historia de vocación panegírica, recuerdan sobre todo a Colón, o a Armstrong, como si hubieran ido solos, como si las hazañas debieran tener siempre nombres y apellidos, un rostro, una personalidad (por figurada que ésta sea, al fin y al cabo). Pero hay mucha gente que trabaja duro y bien para alcanzar cualquier logro y no aparece en las letras de imprenta. Incluso hay personajes a los que los acontecimientos les reservan un papel que nadie querría. Es el caso de Michael Collins, el único de los tres tripulantes del Apollo 11 que no descendió a la superficie lunar. Nadie puede, salvo el propio Collins, saber qué pasó por su cabeza en aquellos momentos en los que llegó incluso a reclamar a micrófono abierto un poco de atención a su inmensa soledad orbital. Pero la misión no hubiera sido posible sin su "sacrificio" y el de todos los miles de implicados en esta "hazaña", y en todas las que les precedieron; de la misma manera que todas las empresas, grandes o pequeñas, no llegarían a puerto sin el trabajo eficaz y silencioso de los muchos collins que en el mundo hacen bien su trabajo y no reclaman la atención de los focos, ni las falsas medallas del reconocimiento público, hueco artificio las más de las veces.

Gente gracias a la cual un país funciona cada mañana. Son ellos los que sostienen la pomposa fatuidad de muchos nombres propios y su palabrería barata, quienes han pechado o tendrán que pechar con las ocurrencias y disparates de los que mandan y figuran, quienes, a la sombra modesta de una vida como cualquier otra, luchan por sacar adelante a los suyos y, de vez en vez, deben morderse la lengua para no dejar al descubierto a otros, para no acabar con la aureola absurda de ciertos "elegidos". Pero sucede que, en realidad, esa gente común son los héroes de cada día, los auténticos actores de la historia, de la mejora de las condiciones de vida, del cumplimiento de tantos sueños y también del padecimiento de tantas pesadillas. Ya lo dijo Bertolt Brecht (Preguntas de un obrero ante un libro, 1934): "Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó?/ En los libros figuran los nombres de los reyes./ ¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?...../ El joven Alejandro conquistó la India./ ¿Él solo?/ César venció a los galos. / ¿No llevaba consigo ni siquiera un cocinero?/ Felipe II lloró al hundirse/ su flota. ¿No lloró nadie más?...."

Cuando nuestro tiempo parece entregado a famas y notoriedades de campanario, a la admiración majadera de personajillos y personajes en todos los ámbitos de la vida pública, incluido el propio relato de la historia, quizás sea preciso recordar que el mundo se construye gracias a los collins, aunque la gloria, ese capricho, sea para los armstrong.

 

Luis Grau Lobo

La ciudad ausente

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(Publicado en El Mundo de León, el 19 de julio de 2009)

 

En "Las ciudades invisibles", el maravilloso libro de Italo Calvino, que también puede leerse como uno de los mejores sobre urbanismo que se hayan escrito jamás, el gran Kublai Kan invita a Marco Polo a que describa su imperio a través las muy diversas ciudades que lo componen y entrelazan. Polo se inventa sus recuerdos, o los compone a gusto del Emperador, pues comprende que si el propio Kan no conoce la situación de su vasto dominio posiblemente es porque éste no reside sino en la imprecisa sensación de vislumbrarlo a través de los ojos y la palabra de un embajador. Lo importante para ambos será al fin el deseo cumplido de evocar cada uno de los rincones en que se desenvuelve la vida de sus súbditos, pues no otra viene a ser la ciudad, las ciudades, sino el cálculo infinitesimal y quimérico de los hombres que la habitan y de las palabras que la nombran.

Todas las ciudades, además, guardan en la presencia y la ausencia de su pasado los indicios y signos de las ciudades que la precedieron de otra manera y tal como aparece ante nuestros ojos. En las trazas de sus calles y edificios, en su subsuelo, en sus ruinas, en los nombres de sus vías y plazas, en la exhibición de sus símbolos e inscripciones, de sus fiestas y lutos, en sus museos, bibliotecas, teatros y otros lugares públicos, pero también tras las paredes que custodian universos vedados y recelosas historias de otro tiempo.

Hemos machacado con saña nuestras ciudades durante las últimas décadas, sin importarnos demasiado interpretar las señales que guardaban de nuestra propia biografía. Nos arrepentimos públicamente de los desmanes constructivos de los setenta pero volvimos a cometerlos en los noventa, de tal forma que lugares que antes permanecían inalterados durante generaciones, ahora apenas son reconocibles en el estrecho lapso de una juventud. Renunciamos sin proponérnoslo a los escenarios de nuestros juegos infantiles. Hemos relegado a la condición de guetos los cascos históricos y les hemos rodeado de farallones con ventanas, de formaciones absurdas de insípido hormigón; nos han importado más los edificios que la ciudad. Y ahora, que hemos calmado este frenesí, quizás tengamos una oportunidad. Otra más.

Un reciente libro de Juan Carlos Ponga, afanoso escrutador de su ciudad, nos ha puesto frente a lo que fuimos y, quizás, frente a lo que seremos. En "León perdido", un registro fehaciente de edificios singulares desaparecidos de 1800 a 2000, este rincón urbano bimilenario aparece con la apostura fantasmal de una ciudad que ya no existe, pero que, como las muchas otras que la precedieron, sigue aquí. El trabajo de Ponga es un inventario de difuntos, una colección paciente y reveladora de esquelas olvidadas en las hemerotecas de nuestras calles. Es un trabajo necesario.

El tono sepia (intencionado o no) de las fotografías que rescatan ese botín de náufrago urbano que son los edificios y espacios desaparecidos antes de los albores de nuestra memoria personal, nos pone a salvo de la melancolía como si de un mundo ajeno se tratara. Los personajes que aparecen de soslayo, atrapados para siempre en actitudes cotidianas, a veces enigmáticas, tampoco provocan identificación, sino apenas la empatía de saberles parte del paisaje aunque no lo quisieran, especie de atrezzo que certifica la antigüedad de las calles que nos interesa mirar. Sin embargo, de pronto, en alguna de esas imágenes surge algo que nos atrapa con la garra poderosa del recuerdo: un rincón, una casa, una perspectiva que guardamos en nuestra retina, que es nuestra por derecho propio, y que, en un primer momento, no reconocemos. Es nuestra ciudad pero parece otra. Ahí está algo que sabemos sigue en su sitio pero a su alrededor, en su vecindad, hay cosas que no identificamos. Como cuando reconocemos costosamente a alguien querido a quien no vemos desde hace mucho tiempo y bajo su envejecimiento evidente nos sorprende una mirada familiar, un gesto sabido, y pensamos que nosotros mismos resultaremos así a su vista. Que seremos futuros figurantes de un álbum similar, de una fotografía color sepia que no sabemos cuándo nos han hecho.

 

Luis Grau Lobo

Filandón inmaterial

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(Publicado en El Mundo de León, el 5 de julio de 2009)

 

Hace unos días tuve ocasión de mostrar León a unos colegas suramericanos de paso por España y, aparte de justificar la falta de apertura pública de muchos de los atractivos monumentales de la ciudad, me vi en la laboriosa tesitura de explicarles los muy distintos y a veces enigmáticos distintivos y señales que surgen por doquier en nuestras calles, como en tantas poblaciones, sin que muchas veces sirvan para otra cosa que hacer "ruido" urbano, esto es, anunciar sin informar. Que si el camino de Santiago y sus veneras de bronce, que si la desvanecida ruta romana y sus caligae incrustadas en el suelo o sus ladrillos romanos aupados a catafalcos horteras de mármol, que si un virtual y arrasado León hebreo señalado por el mapa de Sefarad caligrafiado también en bronce, por supuesto... En fin, que, como sucede en el mundo de la economía, el producto ha sido sustituido por su marca, la ilustración por la propaganda, el objeto por su etiqueta.

Y así parece va a ocurrir ahora con la última frontera del patrimonio cultural, convertido ya en mercadería al por mayor: la cultura inmaterial. Según una definición aquilatada ya en distintas reuniones de ICOMOS e ICOM, los organismos de la UNESCO para estos temas, el patrimonio inmaterial se manifiesta como algo inasible, espinoso de proteger por su falta de materialidad. Debido a ello, de él se suele venir preservando más bien un soporte en que se graba el testimonio de su celebración, en términos muy similares a como se documentan las performances o las instalaciones efímeras del arte contemporáneo, de quien toma, aunque parezca contradictorio, gran parte de su caracterización conceptual.

Sin embargo, las tradiciones, costumbres y hábitos culturales suelen ser reacios a su preservación en términos de fijación patrimonial, una suerte de congelación que si en el caso del resto del patrimonio cultural acarrea contradicciones, en este asunto incide de manera determinante sobre su personalidad básica, la de unas manifestaciones que permanecen, sobre todo, vivas y, con ello, cambiantes, que se desarrollan y transforman, que se comportarían como un animal salvaje a quien se recluyese en cautiverio. Así, una vez que el silbo gomero empezó a ser protegido tal un lince de Doñana ingresado en un zoo, su natural evolución, su singularidad cambiante, es obstaculizada, cercenada en aras de una pureza que no existe y que le acaba por convertir, en manos de las normas y la burocracia, en manos de los mercachifles del ramo, en un puro fósil. Se acaban por dar absurdos, como el que supone que el "Asturias, patria querida" no puedan cantarlo los borrachos asturianos, pues sólo allí, convertido en himno oficial, puede multarse su uso irreverente.

Y ahora le toca al Filandón, embutido por obra y gracia de nuestro ayuntamiento -¿cuántos filandones promueve?- en concursante de otra de estas "operaciones triunfo" vía internet y sms que tanto gustan. Ya sucedió con las vidrieras de la catedral: el edificio no lo había logrado y se propuso una parte de él, en el límite de lo absurdo, para que entrara en esta categoría antaño de prestigio y hoy mera vitola turística que se llama "Patrimonio de la humanidad" ("patrimonio mundial", dicen los franceses con más juicio), como si el resto fuera herencia de otra especie. Así también pasó recientemente con San Isidoro, como si su pugna en la lista de "mejor edificio románico" le restara o añadiera méritos. Como si tuviera que haber liga de monumentos además de la de fútbol. Ya sé que está muy bien para que el sector turístico, de vacas flacas como todos, prospere a costa del atractivo patrimonial del país, pero al menos que se reconozca que en nada beneficia a ese patrimonio inmaterial su promoción a escala planetaria en estas listas de ventas.

Decía más o menos Julio Caro Baroja, uno de nuestros mejores antropólogos, que toda tradición si se hace consciente se convierte en folclore. Folclore en el mal sentido de la palabra. Pues bien, a mí -y creo que no soy el único- esto de los filandones y demás propuestas del "patrimonio inmaterial de España" sometidas a escrutinio popular por una plaza en el olimpo de lo globalizado me suena a los coros y danzas de otras épocas no muy lejanas. Así las cosas, mi voto es para el lagarto de Jaén O, si fuera menester hacer profesión leonesa, para el topo de la catedral, que tanto monta, y encima ni siquiera es un topo. Porque me gusta el filandón y no quiero que le pongan rótulos publicitarios.

 

 

Luis Grau Lobo

Evocación del próximo verano

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 (Publicado en El Mundo de León, el 21 de junio de 2009)

Nos recibe en la entrada del Museo, como un presagio del verano que ya está con nosotros, con un aire de pereza indolente a su alrededor y hacia su propio cuerpo, tan lejos de los cánones de belleza actuales. No sé nada sobre esta escultura de antemano, salvo que es obra de Pablo Serrano realizada en 1953 - como me informa el cartelito que la identifica en su base- y que se titula "Hombre andando por la playa".

No es el gran escultor de Crivillén conocido en especial por este tipo de piezas. Más notoriedad y transcendencia han tenido sus composiciones abstractas, en la senda fructífera de Julio González, donde trabaja con el espacio que rodea al material, modelándolo al igual que a éste, ciñéndolo y surcándolo, incluso incendiándolo (las "quemas del objeto", composiciones con fuego), en fértil combinación de esa metamorfosis fugaz e ígnea con la sensación de persistencia del hierro o la vulnerabilidad de la madera chamuscada, a veces presente en su ausencia, como quería el autor. Tienen también más merecida fama sus ritmos espaciales, etéreas caligrafías que recrean la idea del móvil, de la escultura cinética, piezas que se reinventan sucesivamente según sean observadas o afectadas por su entorno, por la luz, el aire, el tiempo... Incluso congregan más halagos otras series que también están en la exposición temporal que alberga el Museo, como las que dedicó a varias anatomías vagamente orgánicas, a veces incluso antropoides, en las que se abre un instante fulgurante, dorado, hospedado en el bronce envejecido como una cueva o un seno que pudiera desplegarse pleno de fecundidad y reciprocidad, componiendo yuntas de un contravolumen perfecto y furtivo. Pero me sigue seduciendo este bañista, con esa dejadez de arenal que quizás me llega más por las fechas en que estamos, ansiosos todos por el parón casi biológico del estío inminente.

En esta estatua de cuerpo entero y tamaño natural también se encuentran trazas de sus celebradas series de retratos, aquellos en los que los rostros conocidos de Machado, Gaya Nuño, Aranguren... o las aposturas de Unamuno, Ponce de León o algunos reyes españoles, entre otros, se transmutaron, en palabras del artista, para encontrar su yo interior, deformados o expresivizados por su mano para destilar una esencia carnal más cercana a la efigie del alma que a la del rostro. De hecho muchos de ellos nos parecen más reales, más ellos, que otras imágenes conocidas, realizadas con la objetividad inane y en ocasiones superficial de una simple estampa de estudio. Pero nuestro paseante es un individuo anónimo. Y parece disfrutar de ello.

Y ahora que las ciudades se han llenado de sujetos de bronce que observan impávidos y, tal vez, algo burlones, nuestra ansia ridícula de hacerles una fotografía o hacérnosla nosotros en su improbable compañía, ahora que oficios tradicionales, celebridades y vagas nostalgias de ciudades perdidas tiempo atrás se enseñorean de plazas, calles y esquinas; ahora que en León tenemos un Gaudí de pega (que, según la leyenda urbana, antes fuera Azorín: un siglo y todos iguales), unas infantas dislocadas, un peregrino de alta mar o un maniquí con guía turística y un niño a su costado ("el divorciado", le llaman, confirmando que lo mejor de estos bibelots urbanos son los apodos populares), la figura con más de medio siglo de este apático y panzudo desocupado no nos recuerda a nadie, sino a algo que nos gusta hacer y que él hace para siempre. De ahí su íntima melancolía, y la ternura que despierta en nosotros, pues parece importarle poco o nada la posteridad de bronce a la que el escultor le ha condenado.

Por todo esto, discúlpenme que, en esta ocasión, haga propaganda de la exposición "La huella del caminante", de este andarín cuyas pisadas forzosamente han de ser efímeras en la voluble ribera del mar por la que le suponemos vagar. La muestra, con una selección excepcional de los fondos del Museo Pablo Serrano de Zaragoza y financiada por Ibercaja, está de paso por nuestra ciudad, en el Museo de León, edificio "Pallarés". Sucede que, en ciertas ocasiones, la propaganda es información y hasta puede que descubrimiento. Aprovéchenla, es un consejo. Hasta el 12 de julio.

Luis Grau Lobo

Voto útil

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(Publicado en El Mundo de León, el 7 de junio de 2009)

 

Hoy tenemos elecciones continentales. Y más allá de que la Unión europea se parezca más a una especie de cártel, con pacto de no agresión incluido (que ya con eso está justificada), el quid reside, según dicen, en evitar que la desilusión y las pésimas coyunturas económicas conduzcan a una abstención masiva que acabe deslegitimando los resultados.

No es de extrañar tal perspectiva. Durante la mayor parte de la historia occidental la actividad política ha sido cosa de pocos y escogidos. Sáquense de donde se saquen los supuestos "precedentes" de la democracia, lo cierto es que ni la ateniense antigua ni algunas cortes medievales (léase también leonesas, claro) ni nada que se le parezca tiene que ver con un sistema medianamente homologable en términos democráticos actuales, más de lo que pudiera parecerse la monarquía absoluta a la actual parlamentaria. En el nombre, vaya.

La entrada de todos los ciudadanos en la política se produjo de forma paulatina a lo largo de los siglos XIX y XX, mientras se iban fraguando ideas tan fundamentales como los principios de igualdad de derechos y ante la ley o el de representatividad y elección. Primero fueron los burgueses, quienes habían tomado el poder en La Bastilla, más tarde los descamisados, las mujeres, las pieles no blancas... Ha sido un largo camino y aún no ha concluido, la inmensa mayoría de la humanidad no disfruta ya no de democracia, sino de los derechos básicos que ésta debe conllevar, defender y avalar. Además, la democracia, con ser el menos malo de los sistemas políticos, es el único que garantiza la protección de las minorías, de todas ellas.

En los años sesenta hubo intentos por hacer de la política un patrimonio común, popular, universal, más allá de la profesionalización que ya entonces malograba buena parte de sus iniciativas más nobles. Sin embargo, instalados ahora en tiempos de "políticas empresariales" y "filosofías financieras", situados más allá de las decisiones, programas y hasta de la ideología de los partidos, convertido el Estado en aval y prestamista a bajo interés de quienes lo secuestraron, las grandes multinacionales; los políticos se han convertido, dilapidando el lógico entusiasmo con que fueron acogidos después de la Transición, en dedos índices de votar, cuando no en meros transmisores de consignas, lemas publicitarios y palabrería barata. Lejos parecen los tiempos de los grandes hombres de estado y pensadores, que, pese a sus miserias privadas, capitalizaron las expectativas de una generación. La transformación de los políticos en una especie de castas que vegetan y se reproducen en el interior de los partidos como en invernaderos donde se trepa a base de oscuros designios, de torvas decisiones, es la imagen que prevalece, la triste imagen de una segregación, de un alejamiento, de un camino que conduce al desprecio, a la abstención.

Y es verdad que es una lástima que los políticos quieran apropiarse de la política, hasta el extremo de negar el pan y la sal a quien se manifiesta en este terreno fuera del amparo de un partido político reconocido inter pares. Y es una pena que estemos lejos de aquella máxima del gobierno de los más capaces, viendo como vemos muchos cargos políticos repartidos entre gente mediocre cuyo único mérito es haber aguantado lo que otros no toleraron, haber hecho de su albedrío un producto venal. Y es una lástima que cualquier chiquilicuatre se crea avalado personalmente por las urnas, refrendado por ciudadanos libres, por el mero hecho de figurar en unas listas bajo la sombra de unas siglas conocidas que cree patente de corso. Y es lastimoso que escándalos, corruptelas y trapicheos estén a la orden del día como consecuencia natural de un contacto pútrido con el poder, un poder que se pretende sancionador, pero que sólo es delegado, vicario, fugaz. Y es de lamentar que haya quien cree canonjía los cargos, quien apetece suyo lo que es de todos, quien en lugar de administrar el bien común busca el propio. Es una pena, en fin, que nuestro voto, a veces, desemboque en tales lodazales.

Pero aún así, voten. Me lo repito a mí mismo en todas las ocasiones. Es una prerrogativa que ha costado mucho tiempo, muchas vidas, mucho tesón; que muy pocos disfrutan. Es un derecho y un privilegio. Voten ustedes, entre otras cosas para poder desahogarse como lo acabo de hacer. Aunque la verdad es que también sea una lástima que no se presente Guardiola.

Luis Grau Lobo

Ordenar el ordenador

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(Publicado en El Mundo de León, el 24 de mayo de 2009)

 

Hace un tiempo se promocionó a san Isidoro como patrón de Internet y, aunque no sé si la iniciativa cuajó o se hizo oficial (poco me importa, además, el desenlace de ese asunto, la verdad), quizás sí interese reflexionar sobre algunos motivos que pudieran estar detrás de dicha relación.

A finales del primer tercio del siglo VII, el sabio de Cartagena, conocido de los leoneses por el traslado de sus restos a nuestra basílica románica siglos después, compiló de forma pre-enciclopédica lo que entonces se conocía del saber de la Antigüedad clásica. Ese gran libro, referencia inexcusable de ulteriores enseñanzas a lo largo de la Edad Media, recibió el título de "Etimologías", pues no otra era su misión sino poner el significado de las palabras al servicio del conocimiento, salvaguardando, de paso, el sentido que éstas habían tenido (o el que Isidoro creyó que tuvieron) en los siglos anteriores, de tal manera que ellas podían encerrar y llegar a reconstruir un discurso, una argumentación, un logos, que se creía desaparecido irremisiblemente, al igual que la mayoría de los tratados literarios y filosóficos de los antiguos. Los veinte libros de la gran obra isidoriana se convertían así en una especie de inventario del desastre, de rescate apurado y menesteroso del descomunal naufragio de la cultura de la Antigüedad, cuyas escasas y codiciadas preseas eran arrastradas a las playas de la "edad oscura" en que vivió el obispo hispalense. Comenzaba también en esta "edad media", sita entre dos "edades de oro" según los humanistas del Renacimiento, un tipo de saber basado en la autoridad -la "Auctoritas"-, la cita probatoria que pretendía dar carta de naturaleza a un discurso mediante el uso a su favor de una frase suelta, un vocablo, un texto descontextualizado pero imbuido de un pedigrí hermético. Aún hoy se sigue este proceder. Hasta Tomás de Aquino, y aún más allá, la filosofía fue un rompecabezas sin la mayoría de las piezas, una intuición timorata de libros perdidos, creídos siempre superiores. Alzados a hombros de supuestos gigantes, muchos pensadores miraron sólo hacia sus pies.

Hoy en día, enredados y digitalizados en Internet, estamos camino de prescindir de la misma manera del discurso, de ese espacio inteligible y lógico (ese logos) que nos permite argumentar, razonar, debatir, de esa herramienta que tanto costó recuperar durante siglos de humanismo e ilustración modernos. Hoy día, al hilo del pensamiento débil, único o globalizado y del conocimiento informático, las nociones se construyen (o se "deconstruyen") en fragmentos aleatorios, en aseveraciones fracturadas, en movimientos fraccionarios y compulsivos a la manera del click rítmico y quebrado del ratón del ordenador. Los resultados de las indagaciones son en muchos casos efecto instintivo y automático de una deriva personal, intransferible a la vez, consecuencia de las derrotas y rumbos que toman los azares del teclado y la hipertextualidad en la gran "enciclopedia" que está colgada de Internet como de un gran y revuelto tendedero.

El discurso racional y razonado no está de moda, ni en la política, sustituido por la consigna machacona, ni en los medios de comunicación, asaltados por el palabreo insulso o la dictadura de la audiencia y los lemas mercantiles. Saltamos de pantalla en pantalla, de web en web, atrapados por la fina tela de un arácnido nervioso y súbito, imprevisible y acrítico.

Pero no por las mismas razones que movieron a Isidoro nos hallamos en esta tierra de nadie. Pues si bien el naufragio de la razón antigua puede compararse al de la moderna, si aquella se ahogó por defecto, ésta lo hace por exceso. He aquí el quid: la red es sólo una metáfora de la polvareda, del ruido (y a veces de su furia), del atracón de información que colapsa nuestra capacidad de discernimiento. La información, ni contrastada ni veraz, sin criterio ni crítica, es un arma poderosa de desinformación, de deformación.

Así que, si para seleccionar, para navegar en el inmenso piélago de la red de redes, para no caer enredado fatalmente en ella, necesitamos esa brújula del pensamiento que consiste en su más alta conquista: la formación de una capacidad crítica; cuando cada escolar tenga su PC ¿quien gobernará o guiará tales timones?, ¿seguirán siendo los profesores el último y más débil eslabón (de quien tan pocos se ocupan en las reformas educativas) de la "modernización de la enseñanza"? ¿Seguiremos formando ciudadanos para dar un nuevo rumbo al país sin recordar que quien forma es quien enseña, y no sus herramientas? ¿Seguiremos en esta "edad oscura" alumbrados, como antaño lo estuvieron por velas, gracias solamente al brillo cerúleo de las pantallas de plasma?

Luis Grau Lobo

León 2011

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(Publicado en El Mundo de León, el 10 de mayo de 2009)

 

Aunque me había conjurado para no escribir, al menos como norma, de asuntos domésticos, a veces las conjuras (y las normas) fracasan por propia pertinacia. Vayamos, pues, con esta excepción. El pasado 20 de abril concluía el plazo que las administraciones implicadas han dado para recibir de la ciudadanía propuestas relacionadas con la celebración del decimoprimer centenario del Reino de León. Aparte de la oportunidad de conmemorar una mera fecha sin mayor enjundia, por lo que parece de momento, que la de ofrecer un nuevo capítulo de revisionismo histórico a la carta, al servicio de intereses propagandísticos (casi ni siquiera ideológicos) de nuestros aparatos de partido político; no me negarán que sorprende las alturas a las que esta llamada a la participación universal se produce, cuando apenas quedan ocho meses para una "efeméride" que se lleva cacareando públicamente desde hace al menos cuatro años.

Confieso que hace un tiempo era de la opinión de que podría ser conveniente celebrar algo del tipo "magno acontecimiento", sea esto lo que sea, aunque mejor si era conducido en términos de calidad homologables con el buen hacer de otros territorios históricos que nos han precedido en el intento (Navarra, Cataluña, Galicia...). Pero ese tiempo pasó. Las circunstancias, coyunturales y estructurales; el desarrollo ulterior de acontecimientos y declaraciones al hilo del asunto y, sobre todo, los retrasos, el atrevimiento bisoño y la improvisación predominantes me han echado atrás, y hoy día soy más de quienes, como ha sucedido con la extinta -¿temporalmente?- Feria del Libro infantil y juvenil, optan por no hacer nada ante la enorme posibilidad de hacer el papelón, ridículo que no por inconfesado se muestra menos evidente, como prueban las ediciones de la mencionada Feria y su previsible destino, ahora abortado convenientemente.

Vistas las cosas desde cierta óptica tampoco se trataría de quedarse de brazos cruzados, sino de efectuar una lectura de la conmemoración en términos de la aguda etapa de crisis económica en la que nos hemos plantado, para desdicha de la memoria de García I. Según ese punto de vista, tenemos al menos dos alternativas. La de siempre: una "magna exposición" o más de una si son menos magnas, un congreso, o más de uno, en el que sesudamente se investigue y se divulgue a un tiempo; algún acto o varios de retrospectiva carnavalesca o "tradicional" y la consabida colección de folclorismos de salón, lleunés mediante o no, aparte ditirambos nostálgicos de una Edad Media de peli de Charlton Heston. Claro está, para abundamiento de la consabida colección de hematomas en los costados de muchos de nuestros políticos locales y una bonita pero ficticia crónica de eventos rastreable a través de las hemerotecas para una posteridad de pega sobre lo que fue aniversario tan copetudo.

Otra posibilidad sería aprovechar el "acontecimiento" para solucionar viejos problemas culturales, de infraestructura y de funcionamiento, que acucian a este León nuestro desde hace demasiado tiempo y deberían ensombrecer de vergüenza cualquier acción extraordinaria de promoción cultural que no los tuviera en cuenta. Aprovechar presupuesto, medios y atención mediática y popular para abrir eficazmente la ruta romana y sus sótanos aún-no-visitables, culminar las obras y abrir al público las murallas, el monasterio de Escalada y todos los demás cenobios mozárabes... (extiendan los puntos suspensivos a discreción). Aprovechar que el presupuesto de ese 2010 pasa por aquí para que las numerosas instituciones culturales de León tengan partidas suficientes para sus actividades consolidadas, muchas de ellas en riesgo por la crisis, y para promocionar lo que ya existe... Tener y mantener, en definitiva, el potencial cultural de León en plena forma y a pleno rendimiento, no mediante la elevación de castillos en el aire y la compra de humos o de panegíricos varios, sino por la construcción y asentamiento de cuantas iniciativas están ya ahí, sin que nadie las "invente", dispuestas a alcanzar el grado de realidad que aún no han llegado a tener. Demos una oportunidad a las potencialidades que todos sabemos tienen las cosas que ya tenemos. Que son muchas y buenas, aunque no sean ni nuevas ni flor de un día.

En resumen, invertir en lugar de gastar, dejar sembrado para recoger después, hacer para durar. Afrontar la crisis creyendo en un futuro que la superará gracias a la acción esforzada en el presente, no por la pura inercia de la costumbre. Así podría encararse el León de 2011 con la certeza de haber hecho algo para que el año anterior no pasara en balde, habiendo demostrado responsabilidad en la gestión cultural, adaptándola a un tiempo peor, pero no menos importante. Además, centenarios es lo que sobran. Ya se habla de celebrar el milenio del Fuero leonés en 2017, entre otros centenariazos, para el cual se afirma que se cuenta con tiempo suficiente para prepararlo. ¿Les suena?

Ahora que, también podemos protagonizar otra de esas estampas leonesas de honda raigambre y gran concernimiento con que nos retrata Rodera con sarcasmo, con un clásico tópico: "León, 2010, fuese y no hubo nada".

Luis Grau Lobo

Bajo demanda

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(Publicado en El Mundo de León, el 2 de mayo de 2009)

 

Días atrás la prensa ha dado cuenta de una noticia no demasiado prioritaria, en estos tiempos de crisis víricas y de las otras, pero, sin duda, reveladora en el mundillo cultural y, tal vez, más allá. Una editora y librería londinense, Blackwell (hago propaganda gustoso de este tipo de comercios), ofrece libros a la carta, que el cliente puede imprimirse en unos minutos tras seleccionarlos de una base de datos descomunal, de cerca de medio millón de títulos, y escoger su formato editorial. La EBM en sus siglas inglesas (Expresso Book Machine) es una impresora láser de gran capacidad que podría evitar con su desarrollo muchos de los males que aquejan a la desmedida y desfalleciente industria editorial y, por extensión, a las sufridas librerías, siguiendo un patrón de comportamiento que ya está en la música, lo audiovisual y otras industrias culturales. En un futuro cercano, quizás no tengamos que asistir a la vanagloria de las "decenas de miles de ejemplares editados" y los números de ediciones desbordantes, entre otras verborreas mercantiles tan poco propias, sino a una edición ajustada a los lectores, en la que no existirán libros agotados o ilocalizables y en la que tampoco se pierda por ello ni el gusto por la edición, pues se podrá ofrecer al lector una serie ilimitada de opciones de diseño e impresión, ni la existencia de los auténticos libreros (especie en extinción frente a los vendedores-de-libros), alter ego y compañero inseparable de muchos y auténticos lectores y libros.

Pero este tipo de estrategia también está calando en las empresas, muchas de las cuales se han lanzado (eso sí, con el consiguiente descenso de su producción y despidos de personal) a la manufactura bajo pedido. Pese a los efectos perversos que ahora mismo tiene, como todo reajuste, tal vez sea ese el final de un procedimiento muy propio del capitalismo industrializado, el de la creación de un excedente masivo presto a la especulación. El bien bajo demanda quizás evitase el despilfarro y la perversión del equilibrio oferta/demanda que está en la base de la actual crisis. Claro que es menos cómodo, pues el tiempo de espera del cliente y del productor, antiguo valor añadido y riqueza empresarial, se convierte en una moneda de cambio. La transacción dura más (al menos en un primer momento) pero puede ser más satisfactoria y, sobre todo, menos agresiva con la materia prima, los medios, la mano de obra y el entorno. Ecología y economía (una forma de ecología, al fin y al cabo) a cambio de una modificación en nuestros hábitos de consumo: encargar aquello que necesitemos, pues esperar por ello decanta nuestra elección, la sopesa.

Desde el neolítico, la aparición de la figura del excedente, en las primeras civilizaciones agropecuarias, conllevó decisivas modificaciones en los hábitos sociales e históricos, una auténtica "revolución", como se denomina a partir de la obra de Gordon Childe en los años treinta. Nuevos oficios y especializaciones, ámbitos más complejos y estructurados para la vida colectiva, las ciudades, y todo un universo de creencias asociadas a tales cambios nacieron de la posibilidad de gestionar la subsistencia a largo plazo. La mercantilización y el capitalismo industrial hicieron del excedente, diversificado y globalizado, el ámbito dilecto de la especulación, hasta el punto de ignorar las propias posibilidades de producción y las necesidades de consumo en beneficio de su mera voracidad crematística. Por ello tal vez el postcapitalismo, la postindustrialización o como quiera que se llame lo que venga después de esto, podría comportarse con mayor racionalidad y ajuste, y reordenar la existencia de tal excedente mediante la administración y progresiva reducción del mismo, procurando así la eliminación de costes superfluos y de muchas desigualdades inherentes al sistema. Un sistema, no lo olvidemos, que arroja al cubo de la basura gran parte de lo que produce en un mundo donde la mayoría de la población no puede acceder siquiera a ese cubo.

Acostumbrados en Occidente a tener de todo y en todo momento, tal y como en la antigua URSS estaban acostumbrados a no tener nada más que algo y no siempre, quizás debamos pensar en un término medio. Salvaguardar, vía Estado, aquello que es imprescindible, de "interés general" se decía, aquello que compone el "estado de bienestar", lo que vertebra nuestra sociedad y la hace humana, lo que, en un proceso de ampliación y evolución, podrá hacerla un lugar habitable y con ambición de justicia. Mientras, reservaremos para una demanda reflexiva, comprometida y previa el resto de nuestras opciones, no gobernadas al fin por el comprador compulsivo ni por el insaciable mercader. Intentemos una economía a la carta de todos y de cada uno, no sólo a la de todos, ni sólo a la de cada uno.

 

Luis Grau Lobo

La dimensión de los héroes

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(Publicado en El Mundo de León, el 12 de abril de 2009)

 

Un seis de abril como el de hace unos días, pero cien años atrás, Robert Peary se convertía en el primer ser humano en alcanzar el Polo Norte. Según sus propias afirmaciones, pues su trayecto y cálculos siempre estuvieron en entredicho, ensombrecidos por la fraudulenta expedición previa de Frederick Cook, polémicos como tantas otras "hazañas" europeas en territorios "inconquistados".

Mermado, con los dedos de los pies amputados tras distintas congelaciones en anteriores intentos, y presa de una obsesiva ambición, Peary recorrió el Ártico durante más de veinte años, desesperado por alcanzar el ápice terrestre, pero su figura presuntuosa y severa no es muy celebrada hoy, tal vez a causa de la antipatía que se deduce de su avidez por el éxito.

Desde siempre las expediciones a los Polos han despertado una enorme sugestión: el hombre enfrentado a las condiciones más extremas, lanzado a la conquista de un mero punto en el mapa, que nada significa, salvo en lo simbólico, que nada es, salvo en el vano orgullo de llegar donde nadie lo había hecho antes, de pisar terreno nunca hollado. Pero sin duda que la gesta más popular relacionada con este reto, tan candente hace un siglo, es la carrera contra el tiempo (el atmosférico y el cronológico) de Amundsen y Scott. El noruego logró el Polo Sur el 14 de diciembre de 1911, algo más de un mes antes que el inglés, cuyo grupo sucumbiría poco después en las jornadas trágicas del que se ha denominado "el peor viaje del mundo", a tenor de las conmovedoras descripciones de sus diarios, que le han proporcionado posiblemente más renombre que si hubiera vencido. Amundsen, por su lado, fallecería poco más tarde en los intentos relacionados con sobrevolar el confín septentrional de la Tierra. Su cuerpo continúa perdido en el hielo ártico.

Pero de todas las hazañas polares hay una que, en los últimos tiempos, ha cobrado atractivo excepcional, y la ha hecho objeto de recientes documentales, libros y exposiciones (una de ellas ha recorrido España), pese a que en su día fuera considerada una más. El viaje de sir Ernst Shackleton a la Antártida para atravesar el continente helado por tierra, una vez alcanzado el polo austral por Amundsen, se iniciaba con, tal vez, el más bizarro anuncio publicado en la prensa jamás: "Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito". Más de 4000 hombres respondieron a esta singular oferta, y veintiocho de ellos se embarcaron hacia el sur los días previos al estallido de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, una vez que su barco, el Endurance (paradójicamente denominado así, "Resistencia") fue atrapado y destrozado por los hielos del mar de Weddell, los hombres de Shackleton se vieron obligados a sobrevivir en las condiciones más extremas durante el inmenso invierno antártico. Y ahí comenzó lo que hizo de esta aventura un caso especial, la conversión de un fracaso estrepitoso en un triunfo de leyenda. Desde el primer instante en que renunció a alcanzar su anhelada meta, el objetivo de Shackleton fue la vida de sus hombres, el regreso de todos ellos a su hogar. Organizando la supervivencia con la meticulosidad, disciplina y flema del paradigma británico, los hombres del Endurance lograron lo más difícil: volver. Para ello, transcurridos meses de pavoroso y gélido aislamiento, Shackleton y cinco marinos hubieron de llevar a cabo una de las travesías más arriesgadas de la historia, pues en una barcaza guiada apenas con un sextante y buena dosis de intuición, se orientaron durante 1300 kilómetros de furia marina hasta alcanzar tierra poblada y dar noticia de su zozobra.

La escena del jefe de la expedición regresando meses después, tras varios intentos fallidos, a la inhóspita Isla Elefante al rescate de los veintidós compañeros a los que tuvo que abandonar, aún hoy emociona gracias al relato de uno de sus testigos: desde la cubierta del barco, aún en la lejanía, Shackleton fue contando ávidamente uno a uno a los hombres devastados que iba divisando mientras salían del improvisado refugio en el que habían padecido meses de suplicio. Su alborozo fue mayúsculo. No faltaba ninguno: todos sus hombres se habían salvado, contra todo pronóstico y toda lógica.

Shackleton tuvo, en su época, mala fortuna. Regresó al Reino Unido en pleno apogeo patriótico de los estertores de la Gran Guerra (1917), cuando la crónica de su viaje era, únicamente, la historia de un intento fallido. El explorador, además, moriría apenas un lustro después de regreso a uno de los escenarios de su odisea, la isla de Georgia del Sur, donde está enterrado.

Pero hoy día, junto a la seducción del fracaso (que también rodea con su aura romántica la mortífera expedición de Scott), el viaje del esforzado irlandés subyuga por su carácter de epopeya pero, sobre todo, por su sacrificio al servicio del fin más noble, por el cumplimiento del mayor de sus compromisos: velar por la suerte de los hombres bajo su mando, antes que cualquier otra consideración. El célebre anuncio periodístico fue premonitorio sólo en parte: la gloria y el reconocimiento no sucedieron al aparente fracaso del viaje. Pero el éxito fue regresar. Cumplir con la mayor de las responsabilidades. Esa es la lección de la expedición de Shackleton.

 

Luis Grau Lobo

 

¿Quién está mirando?

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(Publicado en El Mundo de León , el 29 de marzo de 2009)

 

Durante los pasados días medios de comunicación de alcance mundial han dado cuenta de las últimas semanas y el fallecimiento de la concursante británica de un conocido programa de televisión, dedicado a airear la vida cotidiana de grupos humanos en cautiverio. Los acontecimientos vitales de la citada joven, cuyo nombre me resistí a memorizar y les ahorro a ustedes, han estado henchidos de normalidad, incluso en su malogrado final, salvo por la existencia de cámaras de televisión y por la emisión de las noticias acerca de ellos a medio planeta, en consonancia con el carácter de exaltación de la mediocridad de este tipo de productos mediáticos, un episodio más del aireamiento de la que ahora se empieza a llamar "extimidad", en contraposición a la intimidad, antes refugio del yo más privado, ahora mercancía de "prime time".

Resultado de una mezcla perversa y adulterada del antiguo "fatum" o destino clásico y de la idea de la fama, la buena honra del hombre moderno (la "otra vida más larga", del poema de Manrique), este exhibicionismo impúdico de la banalidad supone el fracaso de las dos cortapisas elaboradas durante siglos para evitar un desvelamiento decepcionante de la vulgaridad humana. Así la noción de pudor, de recato, en religiones como la cristiana, o la idea de dignidad, valor ilustrado y ciudadano derivado de la vieja "dignitas" latina, han cedido su espacio en estos tiempos de zozobra a una suerte de todo vale con tal de que uno reniegue de sí mismo y concurse en tal o cual feria de vanidades. ¿A qué se debe tal furor exhibicionista?

Quizá parte de la explicación se halle en nuestra obsesión por la imagen, sustitutivo moderno del empecinamiento por el honor y la compostura en los clásicos del Siglo de Oro; por "tener una imagen", cultivada como un desdoblamiento travestido y sustitutivo de nuestra auténtica personalidad, a la manera del hidalgo arruinado que disimula sus vergüenzas de puertas afuera. Y también porque necesitamos que esa imagen sea, en consecuencia, valorada (a veces da igual si bien o mal: que se hable al menos), juzgada de acuerdo con las expectativas con las que es modelada, que reciba el favor del público y su aplauso, que sea un "producto con salida".

Así, muchos políticos apenas se preocupan sino por la percepción que de ellos tienen los ciudadanos, por el qué dirán los medios de comunicación, barriendo bajo las páginas amontonadas de periódicos efímeros los escombros de la realidad, tan poco fotogénica ella, junto con su falta de iniciativas, de ideas, de utilidad. Un traje bien cortado (o muchos, facturas aparte), una apostura apolínea, una sonrisa imperturbable, aplomo para una y mil ruedas de prensa... (Y a mí que me sigue pareciendo que alguien con traje y corbata pretende vender algo...).

Así, las empresas, que comercializan imagen, logos, "espíritus corporativos", una forma de vida y de ser, una "idea" brillante, moderna, feliz, aunque sus productos los confeccionen finalmente niños esclavizados en el patio trasero del mundo. Así, quienes nada más tienen, acaban vendiendo una imagen íntima (no real) en dosis de pornografía individual empaquetadas para el consumo... Además, todo el mundo quiere triunfar, ser artista, deportista, cantante, bailarín, y tener una imagen de éxito en cada caso. Y como no hay campo para tanto laurel, se comercializa cualquier otro "triunfo", aunque sea la propia y común vida, incluso en su agonía final.

Pero si cada individuo es un artista, como ya afirmaba Joseph Beuys, si todo el mundo crea ("¿se pueden hacer obras que no sean de arte?" se preguntaba Duchamp) y cualquier cosa es un espectáculo... entonces, ¿quien mira?. Ante tanto triunfador necesitado de audiencia, acaba uno preguntándose, ¿qué ocurriría si llegara el momento en que no hubiera espectadores para tanto espectáculo? ¿Si, convertidos todos en estrellas, artistas, "triunfadores" de un escenario, resultara que el patio de butacas estuviera vacío? ¿Y si hubiera más libros que lectores, más exposiciones que visitantes, más películas que público, más papones que mirones en la procesión...?

El auténtico triunfo, entonces, la última frontera, sería ser un espectador preparado, orteguiano, aquel con el que sueña todo creador. Un lector que, como quería Borges, supiera extraer del texto más incluso que quien lo escribe, que valorara lo que observase con lucidez y obtuviera más placer cuanto mayor fuera su capacidad crítica y su preparación, que se situara al borde del síndrome de Sthendal pero también fuera capaz de reconocer e ignorar aquello que no tuviera suficiente calidad. Un individuo crítico, formado, pero sin ínfulas creativas, cuyo mero gesto con un mando a distancia, supusiera la verdadera conquista de un gusto formado, un auténtico triunfo, un gesto de creación puro, sin candilejas ni recompensas. Esperamos con ansiedad ese concurso de selección de verdaderas rarezas creativas: los espectadores perfectos.

 

Luis Grau Lobo

Amor vacui

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(Publicado en El Mundo de León, el 15 de marzo de 2009)

 

Estamos rodeados de ruido y furia, abarrotados de cosas, abrumados por una realidad copiosa, inabarcable, que nos apremia sin tregua; encomendamos el relato de nuestras vidas a la inventiva del idiota shakesperiano. Nos revolvemos incómodos en una vorágine indecisa y turbia que azota nuestra percepción, y, quizás por ese motivo, para aquellos momentos de retiro que creemos destinados a reparar los daños, añoramos situaciones de ausencia de estímulo, de tregua para los sentidos. Nociones como el silencio o el vacío se han convertido en valores cada vez más apreciados, caracteres de la última conquista, panorámicas sobre un lujo categórico, componentes definitorios de una llamada "calidad de vida". Estar "desconectado", sin cobertura, sin que la vida cotidiana nos cubra con su pesada carga, huir del mundanal ruido, retirarse, aunque sea por espacio de pocas horas, apartarse de una corriente torrencial que quizás sólo cae al mar sin más... Y mirar desde la orilla.

No ver nada o, al menos, dejar vagar la mirada sobre un paisaje homogéneo, simple y despojado. Otorgar respiro a la vista, ese imperial sentido que todo lo escruta y clasifica, que esclaviza y aletarga nuestro cerebro a base de bombardear imágenes sin cesar en su interior. No oír, permitir a nuestros tímpanos de cazador quedarse al margen de su constante e involuntaria alerta tan salvajemente ofuscada por el bullicio circundante. No escuchar nada, o al menos dejarse llevar por una simple melodía o por el mero rumor del viento, por los muy diversos y entreverados sonidos que componen el silencio.

Hubo épocas en que la decoración de los objetos, los interiores habitados y hasta las obras de arte reflejaron una especie de pavor o repulsión hacia la sobriedad de lo vacío, como si la ausencia de elementos y la lisura de las superficies instaran a un desamparo insoportable y la mera posibilidad de la carencia de materia modelada, de formas reconocibles, de objetos dominados por una pauta, un ritmo, un proporción o una estética, permitiera brotar en el espíritu un desasosiego huero. Tal "horror vacui" tiene su contramodelo en otros períodos y modas, en algunas civilizaciones, entregados a la administración de la ausencia como una categoría en modo alguno menor de la existencia.

Viene todo esto a cuento porque en estos días una exposición temporal en el centro Pompidou de París indaga sobre el papel del vacío en el arte contemporáneo: "Vides, une rétrospective", hasta el 23 de marzo. Pues en efecto, ese es un tema de nuestro tiempo, de la contemporaneidad. Aunque la muestra cite a Yves Klein como precedente de la exhibición de la nada, cuando en 1958 ofreció la posibilidad de visitar una galería de arte en la que nada había, en puridad habría que remontarse al lienzo "Blanco sobre blanco" de Malevich en 1918 para iniciarse en ese viaje a la infinitud de lo no presente, a la presencia de la ausencia, a lo intacto por inasible, que fue uno de los caminos más radicales y transgresores de la vanguardia creadora del pasado siglo. Sucede, claro está, que desde entonces las cosas han cambiado y en una época, la nuestra, en que la provocación es de oficio y se supone como el valor al soldado, la exhibición parisina, como la 28ª Bienal de Sao Paulo propuesta por Ivo Mesquita, más que una afrenta a lo bienpensante es sobre todo la segunda parte de su enunciado, una "retrospectiva", casi un anhelo de introspección.

Con el mismo tenor retrospectivo, en Madrid el Museo Thyssen ofrece una exposición temporal ("La Sombra", hasta el 17 de mayo) que especula sobre el protagonismo de la sombra a lo largo de la historia del arte occidental. Comienza con la fábula clásica según la cual la invención de la pintura se debe al intento de atrapar la efigie de un joven mediante el dibujo de su sombra en la pared por parte de su amante, una doncella corintia. De nuevo la pugna por asir lo inaprensible. A pocos metros de esta historia sobre cómo la materia fue representada gracias a lo inmaterial, a las sombras, una muestra sobre Francis Bacon colma estos días las salas de temporales del Museo del Prado (hasta el 19 de abril). El pintor irlandés nos arroja a la cara un álbum de figuras desoladas, de humanidad hurtada y familiar a un tiempo, desmadejadas sobre un vacío inerte e inquietante y poseídas por unas sombras que parecen excretadas de sus cuerpos. De la misma manera que su admirado Velázquez construía el espacio pictórico de un cuadro apenas con el esbozo de una sombra (el bufón Pablo de Valladolid), Bacon da materia a sus despojos gracias a una sabia administración del vacío y de la sombra, huella vacía de un cuerpo.

Sombras, vacíos y materia dolorosamente arrojada a nuestra contemplación: la vieja lección del arte. Rodeados de propiedades, aplastados por las obligaciones y deudas que nos impone una vida de sensaciones frenéticas, quizá suceda que sólo cerrando los ojos, tapando nuestros oídos tal vez, tomemos posesión de nuevo de lo que real y únicamente nos pertenece.

 

Luis Grau Lobo

Año estelar

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(Publicado en El Mundo de León, el 1 de marzo de 2009)

 

Crisis aparte, existen valores que no defraudan. Este de 2009 ha sido declarado por la ONU Año de la astronomía, con motivo del cuarto centenario del telescopio de Galileo. También se cumplen cuarenta años de la llegada a la Luna, y ésta continúa siendo la mayor hazaña de la historia de la humanidad, culminación natural y soñada para la época de las grandes expediciones aventureras a los lugares más ignotos, recónditos e inhóspitos, desde las fuentes del Nilo a los Polos o el Everest. La ilusión premonitoria de muchos, Cyrano de Bergerac o Verne por citar casos notorios, se cumplía con el viaje del proyecto Apolo aunque, con el paso de posteriores décadas, hayan tendido a desinflarse las ansias aeronáuticas de los Estados, excepción hecha de los satélites estratégicos.

Desde siempre los astros gobernaron la vida en la Tierra, naturalmente de forma muy distinta a como la astrología esotérica nos intenta hacer creer. No sólo mediante el ritmo geológico y biológico marcado por los movimientos regulares de los cuerpos celestes, sino también gracias a los cataclismos episódicos a gran escala que han conformado la realidad que nos circunda. Un ejemplo menor de ello (sí, menor en esa escala), puede ser el meteorito que cayó en el Yucatán y provocó una masiva extinción, conocida por el final de los dinosaurios, dando a la postre una oportunidad a los mamíferos, de la que, millones de años después, nos aprovechamos aún.

Por estas razones, explícitas o no, Sol, Luna, constelaciones y otros fenómenos celestes han formado parte de las creencias del hombre de muy diversas maneras. La última forma de interpretación del universo que nos rodea constituye el apasionante relato de la ciencia astronómica, de los descubrimientos científicos y logros físicos acerca de nuestro firmamento. De Ptolomeo a Copérnico, de Newton a Einstein, de la perra Laika a Neil Armstrong, estos y otros muchos nombres son conocidos y reconocidos, aunque en ocasiones quizás ignoremos con exactitud a qué se debe su fama, pues tan ardua es a veces su ciencia. Gracias a su esfuerzo hemos construido un nuevo universo inteligible, aunque muchas veces desborden nuestra comprensión sus descomunales dimensiones espaciales y temporales, pero escudriñamos en él una interpretación que sigue intentando responder a las mismas preguntas de siempre sobre quiénes somos y qué papel representamos. Porque la exploración e indagación sobre el cosmos no sólo está destinada a resolver problemas prácticos que con el tiempo se harán más acuciantes, como la disponibilidad de recursos y hasta de sitio para el futuro, sino que, sobre todo, su vocación es la de situarnos en una realidad que ya sabemos que escapa en gran medida a nuestros sentidos. El ser humano parece ubicado en una encrucijada entre lo infinitamente grande (el cosmos) y lo increíblemente pequeño (el piélago subatómico), cuyos extremos parecen encaminados a tocarse en una simetría pasmosa. Balbuceamos aún una explicación para los nuevos límites en los que se mueve nuestra capacidad de conocimiento.

En plena era de una información tupida de imágenes y cada vez más dependiente de ellas, si hubiera que elegir una ilustración que constituyera el icono de nuestro siglo pasado, del XX, sin duda que la estampa del planeta Tierra desde el espacio se haría con ese honor. La perspectiva de nuestro mundo desde fuera nos hace experimentar sensaciones contrapuestas, en las que el pavor del frío, desmesurado y oscuro vacío exterior contrasta con la acogedora belleza del globo azul pálido que nos sirve de hogar, que nos provoca una involuntaria sonrisa de familiaridad.

Nuestro país no ha jugado históricamente un señalado papel en la indagación astronómica, indicio de su magro peso en las ciencias empíricas y especulativas, pero celebren este año, porque este artículo es, sobre todo, una recomendación: miren al cielo. Aprovechen cualquier noche despejada y no demasiado fría para aislarse de las luces de la ciudad y contemplar el firmamento, para distinguir a simple vista o con auxilio óptico el "espinazo de la noche", el bello apodo que Sagan puso al eje de nuestra galaxia que cicatriza la bóveda estrellada, para distinguir planetas y estrellas, para esperar fugaces impactos atmosféricos... pero, sobre todo, para embeberse en una infinitud prodigiosa. Puede que se convierta en un antídoto para los temores de la crisis, contra las miserias inconsistentes del día a día, contra lo circunstancial y anecdótico, pero en ningún modo pasará por ser una evasión. Pues ahí arriba, a poco que agucemos la vista, se descubre sin tapujos aquello que es esencial, y, de repente, casi sin aviso, nos mira a la cara nuestro propio destino. Allí reside la verdadera dimensión de la mayoría de nuestros interrogantes, y una buena parte del sentido último de las respuestas que esperamos desde que el mundo es nuestro mundo.

 

Luis Grau Lobo

 

Pena de vida

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(Publicado en El Mundo de León, el 15 de febrero de 2009)

 

De entre las noticias de estas dos últimas semanas (el período de cadencia de esta tribuna) hay una que ha estremecido el corazón de toda Europa. La muerte el pasado lunes de la joven de 38 años Eluana Englaro en un geriátrico italiano, tras 17 años de coma irreversible. Nada tendría de extraordinario tal hecho sino hubiera estado rodeado de un auténtico hostigamiento de las autoridades italianas, difamaciones públicas, torpeza política, ruido de crucifijos y hasta una malversación de sentencias judiciales.

El padre, Beppino Englaro, verdadero ejemplo cívico y humano en esta historia, declaró inmediatamente después de la muerte de su hija que por fin podía guardar silencio. Sería muy recomendable, que quienes no deben hacerlo, los agentes sociales, por fin se planteen abordar este debate sopesadamente y sin alborotos, sin estar espoleados por la cuenta atrás de un desahuciado en las páginas de la prensa.

Pues tal como la pena de muerte ha desaparecido de los códigos penales de los países que se dicen avanzados, este tipo de "pena de vida" también debería hacerlo mediante una precisa y amplia regulación legal. No es admisible en nuestros días que un moribundo, por mucho que la ciencia haya logrado prolongar sus constantes vitales, sea sometido a la tortura de un tiempo sin esperanza ni fin, sin vida, cuando ha manifestado que no lo desea así o existe la certeza de ello. Cada ser humano tiene el derecho a gobernar su vida, a decidir cuándo acaba. Pues ese es un derecho que no debe entrar, ni entra, en colisión con otros, y que, al ser materia estricta de albedrío individual, no obliga a nadie a hacer algo en contra de lo que sus creencias le dicten. Amplía las facultades del ser humano para asumir su propia condición, según mi opinión, pero, en todo caso, ni ofende, ni limita, ni condiciona. Nuestro gobierno, que ha legislado con acierto sobre este tipo de derechos tan evidentes como vergonzosamente ausentes de algunas legislaciones occidentales, parece haber perdido algo de fuelle en estos avances esenciales de nuestro ordenamiento que nos han situado, por primera vez en la historia de este país, en la vanguardia de cierta forma de civilización.

Derecho a la vida, dicen las declaraciones de derechos, pero éste ha de incluir el derecho a la propia soberanía sobre esa vida, el derecho a una muerte digna, indolora y natural en sus cauces; para la que la ciencia, una vez hecho lo posible por salvarla y perdida la batalla, garantice el mínimo sufrimiento, y con él, minimice el sufrimiento vinculado al tiempo inútil de una agonía sin destino. E incluso, para que, más allá del mero cese de un tratamiento, pueda asistirse médicamente al legítimo deseo del cese de una vida.

Pero hay quien no lo ve así. De todas las obsolescencias ridículas y rancias con que nos regala la jerarquía católica sobre lo que ellos entienden como la moral en Occidente, casi todas ellas relacionadas con los intemporales temas del sexo y la muerte, posiblemente su postura respecto a la eutanasia sea la más alejada de cualquier concepto de piedad, de humanidad, de dignidad y de decencia. La más incomprensible.

Por otro lado, el actual gobierno italiano, de quien nada bueno cabe esperar, instigado por la curia vaticana, en ocasiones un gobierno en la sombra o directamente al sol, ha protagonizado al hilo de este debate un espectáculo bufo al más puro estilo mamachichesco, en el que no ha ahorrado vejaciones e insinuaciones insidiosas sobre la familia, y un acoso infame a la moribunda y al centro asistencial que la acogió en su última hora. Y mientras Eluana moría, el Senado de ese país se precipitaba a legislar para condenarla a vivir y, una vez conocida la noticia, se enzarzaba en un rifirrafe tabernario.

Por causa de los avances de la medicina y por la estructura demográfica de nuestra propia sociedad, cada vez habrá más casos de este tipo, y cada vez menos familias permanecerán al margen de este debate interior que, esperemos, ofrezca la posibilidad de realizarse en términos sensatos, y de libertad de elección. Pero quienes por desgracia hemos debido asistir a la agonía imparable de un ser querido, quienes hemos velado la cama de un moribundo, sin solución de salvación alguna, y nos hemos visto arrastrados al en apariencia innoble deseo de un rápido final, un ruego impelido por la desesperación y encaminado a evitar padecimientos inútiles al enfermo y a los demás, sabemos, creo que de manera unánime y nítida, que nada justifica prolongar la vida más allá de ella misma, que, llegado el caso, la eutanasia, una buena muerte, constituye un mal menor, necesario, exigible y, sobre todo, humano. Que llega a ser un don casi divino, y tal vez envidiado por los dioses, el poder morir al fin.

 

Luis Grau Lobo

Muros bien defendidos

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(Publicado en El Mundo de León, el 1 de febrero de 2009)

 

En estos últimos días varios medios de comunicación se han ocupado del hallazgo de no menos de una veintena de lápidas romanas, embutidas en los paramentos de la muralla de León y localizadas gracias a los trabajos de restauración que se llevan a cabo en uno de sus lienzos, sito en la llamada "Carretera de los cubos". No se trata de una noticia inesperada, aunque sí excepcional por el montante de piezas epigráficas.

La muralla leonesa sufrió sucesivos derribos y amputaciones durante la segunda mitad del siglo XIX destinados, como en muchas capitales europeas, a facilitar el trasiego de vehículos y un cierto embellecimiento urbano mediante la apertura de avenidas lustrosas para las que estos farallones no ofrecían sino excusa a escenarios lóbregos y descuidados, pintoresquismo que más tarde contribuiría a su salvación. Sus lienzos conforman aún hoy, ante la relativa apatía de los leoneses, el monumento de mayor tamaño y extensión de la ciudad. En aquella ocasión, sabios y eruditos de la naciente arqueología local, en plena fundación de un museo arqueológico en el antiguo convento de San Marcos, aunque no lograron evitar el desmantelamiento de varios inmuebles históricos, al menos se hicieron con gran parte de las numerosas inscripciones romanas que emergían de esas demoliciones, que conformarían el núcleo del repertorio epigráfico más notable de un museo provincial español.

Pero más allá de la significación patrimonial de estos hallazgos y de su interés histórico en sí, cabe preguntarse por qué la muralla alberga tal proliferación de epígrafes en su fábrica. La primera respuesta es obvia: se trataba de reaprovechar los cualificados materiales en que se confeccionaron estas lápidas para la construcción y reparaciones de una fortificación una y mil veces restañada. Grandes y escuadrados bloques de caliza fina o de granito eran ocasión de emplear un material de primera calidad y muy a mano para el refuerzo de los muros que debían realzarse, teniendo en cuenta, por supuesto, que los dioses y difuntos invocados en los textos de esas losas no contaban ya ni con seguidores ni con parientes directos. Se trataba, por tanto, de una muralla reparada o edificada en época medieval con piedras dedicadas en otra época, pagana y liquidada, ajenas por ello a las creencias y los lazos familiares de quienes las reempleaban como meros sillares.

Pero podemos ir más allá. Parecería simplificador dejar sólo en manos del utilitarismo un gesto como éste, cargado de gran valor simbólico, especialmente en una sociedad marcada por la significación trascendente de la mayoría de sus actos. De siempre, los restos de una edificación de culto que era sustituida por otra pasaban a ser parte de sus cimientos, a formar el sedimento de la nueva forma que el monumento adquiría, ya que entonces el "monumento" era más el lugar que la arquitectura que lo materializaba, razón por la que no existía reparo en derribar un edificio antiguo. A veces sucedía de forma natural, como en la mayoría de nuestras catedrales, cuyos aliceres son notorios edificios que las precedieron, bien de culto (anteriores catedrales) bien de otro tipo, como las termas castrenses y el palacio real que ocupan el subsuelo de la sede legionense. Pero en otras ocasiones restos, figuras y decoraciones del antiguo edificio eran vertidos intencionada y ceremonialmente en la base del nuevo, como ya hiciera Pericles con el anterior Partenón al erigir el suyo.

Por otra parte, de la misma manera que en los albores de la Edad Media la sabiduría debía fundamentarse en las citas de los antiguos, igual que era necesaria una frase o convocatoria de la Antigüedad para avalar cualquier afirmación, esa prueba de autoridad -de "Auctoritas"- que autorizaba, la proporcionaban, en el terreno de la arquitectura, los materiales reempleados. Mármoles, columnas, capiteles, frisos, revestimientos y demás "disjecta membra" de la arquitectura de esa edad de oro perdida, la Antigua, eran citas eruditas en la edilicia de los siglos oscuros, religando la práctica de las artes con el período en que supuestamente habían sido superiores. Así, entre infinidad de ejemplos y sin movernos de tierras leonesas, hallamos una muestra notable en San Miguel de Escalada, donde muchos de los elementos de su arquitectura pudieron haberse extraído de las ruinas de la vecina ciudad romana de Lancia, incluida una inscripción latina sita a modo de cimacio sobre uno de los capiteles del templo, que, semioculta por éste, deja entrever alguna línea de su texto.

Así debió suceder en la muralla leonesa, a juzgar también por el arreglo con que muchas de estas lápidas forman parte de su aparejo. Con la inclusión íntima de estos textos en sus muros, los leoneses de la Edad Media cerraban un episodio histórico, el de la Antigüedad, pero también lo asumían y, apoderados de él, se beneficiaban de sus propiedades históricas, de la protección de sus dioses, del recuerdo y tributo a sus difuntos. Los bastiones de la muralla leonesa quedaban así defendidos también por quienes los habían trazado, amparados por los muertos que, siglos atrás, se ocuparon a su vez de levantarla y resguardarla.

 

 

Luis Grau Lobo

Dios en bus

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(Publicado en El MUndo de León, el 18 de enero de 2009)

 

Cuando el mundo era joven, los dioses habitaban por todas partes. Eran espontáneos, caprichosos, edénicos. La idea de dios, de los dioses, debió de nacer del miedo; y de un temor más concreto aún, el de la certidumbre acerca del paso del tiempo, de la caducidad y fin de las cosas, de la insoportable levedad del ser. En lucha con el Gran Olvido, los dioses ofrecían eternidad, trascendencia, una explicación al absurdo de la vida, un universo a imagen de las aspiraciones e inquietudes de los hombres. Los primeros dioses se manifestaban por doquier: en el cielo y en la tierra, en las aguas y los bosques, en los animales y las rocas. Pero el ser humano acabó por organizarse en grupos numerosos, su vida se hizo sedentaria, más colectiva, segura y hogareña, y, a la vez que empezaba a dominar la naturaleza a su imagen y semejanza mediante el cultivo de los campos y la domesticación de ciertos animales, ordenó también su panteón. Domesticó y humanizó a sus dioses, los organizó en un sinfín de mitos, relatos y rituales cuyo objetivo era, de nuevo, dar soporte -soportar al fin- a su frágil e inestable mundo, cuyas pautas e imprevistos se atribuían al antojo de tales temperamentos divinos. Entre medias de ambos, de dioses y hombres, provistos de un privilegio delegado, chamanes, oráculos, sacerdotes o magos, ungidos de su propia y vicaria divinidad, administraron la zozobrante medida del hombre ante el mundo, merced a unos textos reservados y arcanos que debían ser interpretados.

Algunas religiones, depuradas en parajes desérticos donde la naturaleza multiforme se funde en un medio homogéneo y feroz, amalgamaron las diversas potencias divinas en un sólo nombre, en un único y omnipotente creador, surgido de la luz abrasadora del mediodía. Atraídos por el empuje de tal simplicidad, civilizaciones antaño politeístas se entregaron a estos nuevos cultos con un entusiasmo converso. Uno de estos credos, el cristiano, planteó incluso que ese dios único había enviado a su hijo a la tierra, de no muy distinta manera a la que otros dioses y sus hijos habían caminado desde hacía siglos entre los hombres o habían descendido a los infiernos, para superar pruebas atroces, según creencias que ya dominaban el Mediterráneo siglos atrás. Más tarde, otra fe del mismo tipo fue más allá y dibujó un dios abstracto, sin rostro, una idea de la divinidad purificada de toda física, un concepto tan deslumbrante como el cero para las matemáticas. La expansión de este culto profético fue tan rápida como la naturalidad con que el neófito entraba en esa nueva comunidad de creencias.

Así siguieron las cosas, y durante los siglos siguientes las religiones se siguieron reproduciendo por mitosis. Nada perjudicial había en esa costumbre inveterada de promover nuevos dioses a nuevos olimpos. Pero sucede que todas y cada una de ellas han recurrido de antiguo a un proselitismo violento, a la imposición de normas severas y muchas veces arbitrarias para actos y pensamientos. No sus sistemas de fe (en ocasiones contrarios a la violencia de forma taxativa), pero sí quienes los sustentaban, los hombres que creen o dicen creer, han presumido de estar al tanto de la Verdad, de una única verdad incompatible con las demás verdades. Estos hombres, elegidos por sí mismos para ser los elegidos de su dios, han creído también, sin que seguramente ninguno de sus textos sagrados les avalara literalmente, que cuanto mayor poder tenían su fe y su liturgia más tendría su dios -del que sólo ellos podían darnos noticia acerca de tales voluntades- aunque en consecuencia eran únicamente ellos quienes acumulaban influencia y dominio.

Hace no demasiado tiempo, en un rincón del orbe que se ve a sí mismo como el centro del mundo (pasa así con todos los rincones), dios fue ajusticiado al fin. Nuevos profetas y vicarios de un nuevo saber dieron por concluido el papel de los dioses, pues ahora el mundo ya no los necesitaba para explicarse a sí mismo y a nosotros, y los disolvieron en los contornos difusos de lo muy grande y lo muy pequeño. Pero a diferencia de quienes les habían precedido, estos nuevos intermediarios del Gran Relato quisieron compartirlo y debatirlo, formarlo entre distintas opiniones y, sobre todo, no estigmatizaron a los creyentes de otras fes, ni mucho menos pretendieron su conversión, sino que admitieron la convivencia de quienes pensaban distinto, a condición de que éstos no pretendieran limitar los pensamientos del otro. Se trataba de dejar a dios en casa de cada cual, de evitar que se obligara en su nombre.

Ahora, que el mundo es viejo, los dioses parecen llamados a volver a inmiscuirse en nuestras vidas, a brotar por doquier. Se aparecen en las paredes de los colegios y en los flancos de los autobuses urbanos. Disfruta la vida, pues dios probablemente no existe; o sí existe, pero también puedes disfrutarla igual, afirman las buenas nuevas que pueden leerse en el transporte público de varias ciudades europeas. Lo revelador de esta publicidad es que no parece haber gran diferencia entre creer o no hacerlo. Quizás suceda que nos hemos dado cuenta de que da igual si dios existe o no. Porque si existe seguramente no es un dios justo o injusto, y sus acciones, si las hubiera, no podrían (ni quizás deberían) evaluarse con razonamientos humanos. Simplemente puede que dios, de ser, sea alguien indiferente. A quien le da igual en qué autobús monta cada cual.

 

Luis Grau Lobo

Guerra en el Mediterráneo

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(Publicado en El Mundo de León, el 4 de enero de 2009)

La guerra es el mayor fracaso del ser humano. El triunfo del corazón animal de nuestro cerebro, que asoma cuando se resquebrajan milenios de civilización y cuyos estragos se multiplican en extensión y daño gracias a esa misma y civilizada mente dominada por sus bajas pasiones. De los cuatro jinetes del apocalipsis es aquél en el que el hombre adquiere una mayor responsabilidad, el único que podría evitar. Aunque algunos dirían que es inevitable: así estamos.

Desde un cierto punto de vista, la práctica totalidad de las guerras se comportan, en sus motivos y resultados, como un robo a gran escala. Un robo criminal, un descomunal atraco a mano armada. Los griegos no fueron a Troya a rescatar a la divina Helena sino a tomar la ciudad que les impedía obtener un dominio total de las rutas por el Dardanelos, dado su enclave estratégico. Venecianos y españoles se enfrentaron en Lepanto a una potencia que amenazaba los mismos intereses mercantiles y territoriales, no a defender el catolicismo. Hitler masacró en gigantesca hecatombe a una población que previamente había sido expoliada de sus bienes, de su dignidad y, finalmente, para evitar reclamaciones, de sus vidas. Y así sucesivamente.

Luego Cervantes hablaría de la más alta ocasión que vieran los siglos, Hollywood filmaría escenas desgarradoras y bellísimas y Homero compondría la Ilíada, la gesta aquea de la toma de Ilión, de hermosos caballos. Pero nosotros, gentes del siglo XXI, preferimos el regreso azaroso de Odiseo, el de las mil argucias, antes que las rabietas épicas del niñato Aquiles. Leemos con gusto la sabia discreción y la angustia de un guerrero gastado por el tiempo y las batallas que conserva la verdadera lucidez para que su deseo más ferviente sea retornar a casa, dejar atrás la guerra y sus miserias, descansar junto a los suyos, de dónde nunca debió partir. Por eso ambas obras, Ilíada y Odisea, de ser del mismo aedo, Homero, son obras separadas por años de maduración, decantada la segunda de ellas por la experiencia del paso del tiempo.

Atrás se arrumba polvoriento el brillo de las armas, los cánticos del combate, las hazañas del honor y los lustrosos colores de las enseñas... toda esa bazofia sin sentido que sólo trae sangre, dolor y sufrimiento, escombros y ruinas, llanto desesperado y lágrimas inútiles, un ruido atronador y una ciega furia. Y "no nos quedará ya ni el recuerdo de que fuimos hombres un día", que dijo el poeta Seferis.

Y sucede que, en plena Navidad (si es que eso significa algo ya) hay guerra en la tierra de los "santos lugares". Hace sesenta años que existe Israel y, desde el primer momento, lo hizo a base de guerrear contra sus vecinos, a base de codazos a diestro y siniestro para hacerse con más territorio a expensas de la población palestina. Lo que había sido un conflicto colonial y una reparación de justicia tras la Segunda guerra mundial, derivada de los sufrimientos sin cuento de una población judía que anhelaba un Estado propio, se ha convertido en un episodio infame de guerra abierta o solapada que dura seis décadas y no tiene visos de solucionarse, amenazando incluso toda la región del Próximo Oriente y, por extensión, el mundo, tan dependiente de ésta. En esa guerra el estado hebreo se ha comportado en numerosas ocasiones como una máquina inhumana y atroz de exterminio y aplastamiento para la cual no han importado las víctimas civiles ni los llamamientos internacionales. Por ese motivo, y no otro, ha prendido en las gentes de Palestina, la llama de la resistencia y la lacra del terrorismo, pero el camino para vencerlos no es seguir en el mismo empecinamiento violento, no es aplicar de nuevo, una y otra vez, la ley del talión. Si Hamás se ha impuesto en Gaza, gran parte de la responsabilidad recae sobre los gobiernos israelís, como recae sobre la inconsciente política de Bush la actual situación en Afganistán o en Irak.

La franja de Gaza se ha convertido en este tiempo en el mayor campo de concentración de la historia. Aislados y menesterosos en extremo, pese a contar con apoyos árabes, los palestinos hacinados en Gaza se han transformado en un polvorín a punto de estallar que todo el mundo contempla desde el salón que presiden nuestras televisiones. Hasta que, desde el otro lado de un muro vergonzante, estos días es masacrada con fuego bíblico una de las mayores concentraciones de población del mundo. ¿No les suena a algo ya conocido? La historia se repite condenadamente. Y mientras tanto, de nuevo, esa entelequia para mentes bien pensantes llamada "comunidad internacional" espera la venida de un deus ex machina que, como en las comedias del Siglo de oro, arregle las cosas por sí mismas.

¿Cómo debía haber respondido Israel a la amenaza de los cohetes lanzados por Hamás desde Gaza? No lo sé. Posiblemente nadie lo sepa con certeza. Pero sí sé una cosa: así no.

Luis Grau Lobo

Crisis, ¿qué crisis?

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(Publicado en El Mundo de León, el 21 de diciembre de 2008)

 

Crisis, ¿qué crisis?, decía Supertramp en 1975... ¿cuál de todas ellas?. Aunque la palabra crisis no es negativa en sí, pues supone simplemente la existencia de un cambio, de un proceso de metamorfosis en una realidad sujeta a evolución, su carga de incertidumbre, sus agentes activos y pasivos y, sobre todo, sus consecuencias de reajuste requieren que alguien pague los platos rotos aunque en la mayoría de las ocasiones no sean aquellos que los rompieron. Todos los cambios provocan cierta inestabilidad y un punto de temor, pero no necesariamente se trata de un proceso negativo.

El mundo está en crisis. Según algunos debido a la desconfianza, según otros a la falta de solvencia, según algunos al miedo. Y en efecto, diríase que no tenemos confianza en el futuro, ni solvencia para arreglarlo, ni valor para afrontar las consecuencias. Pero ¿de dónde mana toda esta zozobra? Nueva no es, pues la inminencia y hasta los resortes concretos de la actual crisis global venían anunciándose en plena época de vacas gordas, así que quien diga que no lo previó miente o ignora. Otra cosa es que no se hiciera nada para paliar sus daños, pues entonces, que todo iba tan rodado, ¿quien aguaba la fiesta?.

Desde un cierto punto de vista, la crisis supone un conflicto entre valor y precio, entre lo que valen las cosas y lo que pagamos por ellas, lo que decimos que valen. Así las viviendas (buque insignia de la coyuntura de la crisis, especialmente en España), que costaban mucho más de lo que valían y eran estimadas (para venderlas y para hipotecarlas) por mucho más de su valor real. Todos nos creíamos más ricos de lo que éramos en este conflicto entre realidad y ficción. Pero es que, además, sigue habiendo muchas viviendas vacías, y ahora sin vender, mientras sigue habiendo mucha gente sin vivienda: ¿dónde está la autorregulación del mercado, el reputado equilibrio entre oferta y demanda? Con las acciones pasó otro tanto: en un año han bajado globalmente más de un cuarenta por ciento en España, pero quizás sea éste su precio real, después de haber hecho caja con los ahorros de los pequeños inversores que no habían amortizado su dinero en comprar una vivienda para especular. O con los coches, que se han fabricado y vendido a precios exorbitados y en cifras récord durante años sin que nadie hiciera caso a lo que todos sabían: que se trata de un modelo de producción agotado.

Pero imaginémonos ahora que la crisis ha concluido, que estamos ya entrando en 2010, según las previsiones de final del ciclo que ha hecho el presidente del FMI Strauss-Khan, aunque la credibilidad en estos gurús de la economía deje ahora bastante que desear. Imaginemos que las casas que se construyen lo hacen a un ritmo y a un precio conforme con las necesidades sociales, que se fabrican coches y otros bienes de mercado de forma acorde con la demanda de los individuos, y de la comunidad. Pensemos en un mercado bursátil que permite beneficios regulares y regulados, sin pelotazos, ni espantadas, ni timadores; imaginemos a los trabajadores recolocados en nuevos puestos y funciones que cumplen sus expectativas; elucubremos, al fin, con un sistema capitalista regenerado y progresivo que permite mantener y mejorar la asistencia social y el estado de bienestar. Imaginemos el mejor de los mundos posibles tras la crisis. ¿Qué nos queda? Nos queda un mundo en crisis. En estado crítico.

Porque así sucede con aquello que compone la auténtica crisis global, y no las casas, la bolsa, o la industria del automóvil. Es una crisis del planeta, de la casa de todos, y a todos los niveles, empezando por su equilibrio climático, la forma en que se autorregula el frágil hábitat que permite la vida humana y que venimos quebrando irremisiblemente; y una crisis de sus recursos, de la bolsa de todos, a punto de agotarse en varios sentidos, desde energéticos a alimenticios; una crisis de la inmensa mayoría de su población, empobrecida y azotada por las hambrunas, las epidemias y las guerras. Todo esto sí tiene inmenso valor, pero no precio. Frente a tanto aprieto, otra gran crisis, la de las ideas, la absoluta falta de iniciativas y actores que ingenien o vislumbren una salida a tanto atropello y tanta barbarie que no es más que un gigantesco negocio a gran escala en el que los mismos embaucadores inciden sobre un escenario mucho más gigantesco y, por ello, mucho más inabarcable, menos asequible a soluciones coyunturales o cíclicas.

Miramos hacia otro lado, ensayamos sustituir la indigna realidad por una virtualidad acicalada, pero también sabemos hacia dónde conduce esa "burbuja", que fue la primera en estallar en las narices de los "brokers", cuyo nombre inglés es bien explícito de a qué se dedican.

Y hay una crisis de enorme desfase entre la verdad y sus consecuencias, pues ¿quién no le habría lanzado su zapato (un zapato virtual, por supuesto, educación ante todo) a Bush de haber tenido ocasión? Pero ya saben, la diferencia entre dónde está cada cual y dónde debería estar.

Valor y precio. Su desequilibrio también vicia la información. Es la distancia que media entre lo que se dice y lo que se hace, entre declaración y acción, entre lo que ocupa en un medio de comunicación la logorrea propagandística de partido y la acción política factual, directa, la de los hechos. La primera gana por goleada, pero no es más que otra burbuja: ¡pluf!. Fuese y no hubo nada.

Que tengan un feliz año crítico en cualquier caso.

 

Luis Grau Lobo

Resistencia numantina

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(Publicado en El Mundo de León, el 7 de diciembre de 2008)

 

Pocos, quizás ninguno, son los episodios históricos de la Antigüedad que tienen en el imaginario popular el peso de la resistencia de Numancia al acecho del poder romano. Desde el 153 al 133 antes de la Era, Numancia fue "el terror de la república" y resistió durante esas dos décadas al ejército más poderoso del mundo, que, finalmente, envió a su más reputado general, Publio Cornelio Escipión, el destructor de Cartago, para cercarla. Así lo hizo, empleando para rendir la ciudad celtíbera un ingente dispositivo fortificado, de más de 9 km de perímetro, colmado de destacamentos militares, hasta siete, con cerca de veinticinco mil combatientes, que acabaría por someter la población por inanición en el verano del 133 a.C. Aún así, muchos numantinos prefirieron la muerte a las seguras represión y esclavitud que siguieron a la entrada del invasor, pasando a formar parte el nombre de Numancia de la historiografía latina (Tito Livio, Estrabón, Apiano de Alejandría, y sobre todo Floro), convertido, ya entonces, en un topos de la resistencia a ultranza, que propagarían Alfonso X, Florián de Ocampo, Ambrosio de Morales, entre otros, o el mismo Cervantes en su tragedia "El Cerco de Numancia", escrita hacia 1585. De esta manera lo numantino se ha convertido en el lenguaje castellano empleado a ambos lados del Atlántico, en metáfora de la resistencia colectiva, de una férrea voluntad a costa de los mayores sacrificios.

Hoy día, el imponente collado rocoso en que se aúpa el castro prerromano domina un amplio panorama sobre las vegas del Duero y el Tera desde donde se divisa y casi se siente la presencia de los ejércitos republicanos, un ámbito natural en el que el equilibrio de la historia, la presencia del hombre a través del tiempo, y la naturaleza, aún no se ha quebrado del todo. Un espacio que, además, sirve de armoniosa transición entre las literarias y bellas riberas del Duero en las afueras de la capital soriana, y la campiña que da sentido tanto a la ciudad como a su peculiar personalidad cultural.

Sin embargo, una vez más, todo esto no vale nada ante la avaricia inmobiliaria, aunque en este caso sean las administraciones encargadas de la protección de aquellos valores culturales y patrimoniales, más universales si cabe en este caso, las que amenazan con destruirlos.

En las inmediaciones de la capital arévaca, en terrenos que cualquiera contemplaría como afectados por el entorno de un paraje histórico único y global (aunque no estén dentro de la cicatera delimitación legal de la zona), se batalla hoy, año 2008, por salvar de nuevo a Numancia. Frente a ella, la Junta de Castilla y León, que promueve en esa delicada y esencial ubicación, ocupada además por el humedal del Soto de Garray, una urbanización de cerca de 800 viviendas, hoteles e industrias, bautizada sarcásticamente tal vez, como "Ciudad del Medio Ambiente" y aprobada a golpe de decreto legislativo. En este nuevo asedio acompaña a la que es administración competente en materia de patrimonio cultural, la municipal, la del ayuntamiento de Soria, que, al alimón con la Junta a través de Gesturcal, pretende construir un polígono industrial en el otro extremo del paraje. Y la del de Garray, que consiente una urbanización de unos 300 "chalés" que asoman sus ladrillos en terrenos del viejo cerco de Escipión. He aquí el nuevo cerco de Numancia. ¡Y en pleno estallido de la burbuja inmobiliaria!.

En su informe preocupándose sobre este tema, la Real Academia de la Historia ya advierte sobre "el estrecho criterio paisajístico que se ha manejado, ajeno a toda la normativa reciente tanto europea como española", mientas que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando indica en el suyo que "afectaría negativamente y de un modo irreversible a uno de los paisajes histórico-culturales más notables de esa provincia", uniéndose a la institución anterior en reclamar el mantenimiento del carácter rústico de este suelo. El pasado mes de junio, ambas Reales academias, solicitaban la paralización de estos proyectos. Más contundente es aún el informe de ICOMOS (organismo de la UNESCO que vela por el Patrimonio mundial), entre otros, que recuerda la necesidad de leer la propia ley autonómica de patrimonio cultural y aplicar no sólo su letra sino también su mandato. Sin ir más lejos, este miércoles pasado, el presidente de ICOMOS, de visita en España, ha calificado el proyecto como catastrófico e irreversible, con trascendencia "más allá de Soria, de Castilla y León y de España, pues pertenece a la cultura hispánica".

En nuestros días se escenifica y recrea la vida de los numantinos a través de asociaciones y grupos locales, se levantan museos y se hacen exposiciones y congresos a propósito de tales acontecimientos, pero se permite que lo genuino, el verdadero testimonio histórico, sea vilipendiado y arrasado en su autenticidad paisajística y patrimonial. Sin embargo, con el soporte de historiadores, arqueólogos, profesores universitarios, Academias, Consejos Internacionales y la ciudadanía responsable, Numancia resiste aún. ¿Por cuánto tiempo?

Quizás aún estamos a tiempo de no repetir la historia, que primero fue tragedia, como un esperpento. Tal vez alguien con capacidad de iniciativa y lucidez suficientes para detener este desatino sepa leer con actualidad los últimos versos de la Numancia de Cervantes: "La fuerza no vencida, el valor tanto,/ digno de prosa y verso celebrarse;/ mas, puesto de esto se encarga la memoria,/ demos feliz remate a nuestra historia".

 

Luis Grau Lobo

La cúpula de la discordia

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(Publicado en El Mundo de León, el 23 de noviembre de 2008)

 

A mediados de esta semana se inauguraba el techo abovedado que Miquel Barceló ha decorado para la sala XX del Palacio de las Naciones, sede de la ONU en Ginebra, cuya financiación ha corrido por cuenta del gobierno de España y una serie de empresarios del país. Su, en apariencia elevado coste, que, al parecer también ha conllevado el gasto de una partida presupuestaria destinada a Ayuda al desarrollo (no directamente asignada a combatir la pobreza), ha desatado la consiguiente polémica política, bronca incluida, que, aunque ya se había generado antes sobre el coste y oportunidad de la obra, ha alcanzado estos días cotas bochornosas.

Los interiores centrales abovedados son una constante de la historia del arte, de las formas habitadas por el hombre, y remiten invariablemente al simbolismo primero del útero materno, a las cavidades ancestrales en la que se desarrollaron los primeros milenios de vida del ser humano. A partir de ese principio alegórico, toda estancia coronada por un techo curvado, más si su planta es circular, ha alcanzado altas cotas de significación cultural, ya en hipogeos y tumbas (megalíticas, etruscas... por citar sólo algunas), ya en templos y salas de aparato, de la estremecedora geometría del Panteón romano a la armonía haendeliana del Albert Hall londinense, pasando por las incontables versiones de un tópico referencial de la arquitectura occidental, de Palladio a Gehry.

Hubo un tiempo en que las épocas llegaron a medirse por este tipo de  realizaciones que sólo los poderes públicos podían promover. Así, hay quien opina que, pese a sus turbulencias y miserias, el Renacimiento italiano es un período portentoso de la historia de la humanidad, que comienza en la cúpula de Brunelleschi para Santa María dei Fiori y culmina en la de Miguel Ángel para el Vaticano. Al cobijo de todas esas exhibiciones arquitectónicas y urbanísticas quedaba un ámbito extraordinario para el lucimiento de los pintores, que, encaramados al andamio, siguieron la estela de los grandes muralistas volteando sus frescos al techo, como hiciera también el Buonarroti en la Sixtina, con lo que se inauguraba la gran época de las bóvedas pintadas, el barroco. Durante esa etapa, desde los Carracci en el palacio Farnese a los juegos ópticos del padre Pozzo en San Ignazio, ambos también en Roma, la plementería de edificios civiles y religiosos fue ocasión para el desarrollo de ambiciosas escenografías olímpicas, glorias, paraísos, edenes y arcadias que apabullaban la mirada turbada e incrédula del fiel y del huésped. El cielo, el que cada uno lleva dentro, estaba al alcance de los ojos. Y así, Luca Giordano lo trajo a este mundo en la sublime bóveda del palacio del Buen Retiro en Madrid, quizás un precedente tenido en cuenta en el firmamento ginebrino de Barceló.

La planta circular abovedada o cupulada supone una representación del mundo, la construcción de un universo a escala en el que la superficie interior, cóncava, de su cubrimiento asume y remeda la aparente curvatura del cielo y permite comunicar lo terrenal y lo celeste en un mismo y significado espacio. Tal recinto arquitectónico se torna así un "axis mundi" a la manera en que Mircea Eliade lo describe, un espacio "religioso" en el puro sentido del término, destinado a religar ambos planos de lo real. Barceló ha entendido y enriquecido esa tradición ejecutando en esos 1400 m2 un piélago de estalactitas coloristas y cambiantes, que sitúa sobre las cabezas del espectador un universo sosegante e inquieto a la vez. Una creación soberbia que tiende puentes a la historia de las formas y se manifiesta con la potencia de los celajes y trampantojos barrocos, pero también con la de la abstracción expresiva de la mejor tradición contemporánea, aquella que rompe los moldes del lenguaje artístico occidental para convertirse en una obra universal, entendible en Malí o en Taipei.

No se ha distinguido España por un papel determinante de sus artistas en obras diseminadas fuera de nuestras fronteras gracias al patrocinio público. Del templete de San Pietro in Montorio, obra cumbre de Bramante, financiado por los Reyes Católicos en la colina del Gianicolo (hoy en el patio de la Academia española, aún territorio hispano), a la financiación de los murales de Sert también en Ginebra o, si me apuran, del Guernica para la exposición parisina de 1937, bien pagado, por cierto, aunque nadie cuestione ya ese precio.

Esta misma semana, de manera paralela a la reunión financiera de Washington, la cultura francesa sacaba pecho espoleada por la grandeur enardecida de Sarkozy, y reunía a sus santones en un sarao autocomplaciente celebrado en el palacio papal de Avignon. Que quieren que les diga, por una vez prefiero la versión de la cultura española. Sólo me hace dudar de ello el poco sentido de estado, nulo gusto estético y copiosa mala baba del partido de la oposición.

 

Luis Grau Lobo

La integridad del capitalismo

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(Publicado en El Mundo de León, el 9 de noviembre de 2008)

 

El futuro ya no es lo que era. Ni siquiera el presente. Hace algunos, no muchos años, una crisis como la actual habría provocado un amplio movimiento de contestación que cuestionaría los fundamentos en que se basa nuestra forma de hacer las cosas, nuestra manera de abordar los problemas. Y más aún tal y como se va intentando resolver, de momento, con parches y a costa de la inmensa mayoría de los perjudicados, sin que aparezcan responsables de tamaño fiasco entre todos aquellos que se embolsaron monstruosas cantidades de beneficio durante la última década y media.

Cómo ha cambiado el cuento. La generación del 68 y de los años de la crisis del petróleo ha dado una vuelta completa: primero renegó del capital y ahora está ocupada en reflotar empresas con auxilio del Estado, cuando entre medias las privatizaba para hacer caja. Y para mayor escarnio ideológico, además, se pretende refundar el capitalismo, darle otra vuelta de tuerca a un modelo obsoleto y dañino, en una serie de reuniones al "más alto nivel" en las que el presidente de nuestro gobierno, un gobierno de izquierdas, se deshace por una silla que le va a prestar el marido de Carla Bruni.

Porque el capitalismo como sistema ha fracasado. Ni el libre mercado, ni la neutralidad del Estado, ni la independencia del sector financiero y empresarial, ni las leyes de la oferta y la demanda, ni la sagrada iniciativa privada han resultado útiles para evitar la pobreza de los individuos y las sociedades o la situación de callejón sin salida que el mundo tiene ante sí. Pero el capitalismo es un sistema honrado.

Porque, a diferencia de los sistemas económicos del pasado histórico en los que la pobreza era inevitable, para el capitalismo la pobreza es imprescindible. Al igual que la riqueza de unos pocos, a la que se sacrifican incluso las derivaciones benéficas del sistema, como el Estado de bienestar, cuando las cosas vienen torcidas. Pero, aún así, el capitalismo es un sistema justo.

El capitalismo no garantiza, e incluso estorba, la solución de los grandes problemas de nuestro tiempo, a saber: la protección a la gran mayoría de la población mundial (del primer al último mundo) que no tiene ni medios ni acceso a ellos, el justo apoyo a los países desheredados y despojados, la contaminación y destrucción del planeta y sus efectos sobre el clima y la salud, el mantenimiento, expansión y mejora de los servicios sociales, de la sanidad, de la educación...tantas y desde tanto tiempo asignaturas pendientes. ¿Recuerdan?, están casi todas en una cierta Declaración de los derechos humanos... Pero el capitalismo, seguro, es un sistema eficaz.

El capitalismo no ha permitido que la bonanza económica se reparta, pues las cifras estadísticas revelan que, tras década y media de vacas gordas, el porcentaje de menesterosos en España sigue siendo el mismo, mientras que el de acumulación de riqueza en pocas manos ha aumentado. La pobreza no se ha combatido, se ha confinado. Pero el capitalismo, pese a todo, es un sistema honesto.

El capitalismo ha muerto, pero como sucede con los dictadores cuya desaparición podría poner en riesgo el orden público, la estabilidad de los poderosos, podemos reanimar el cadáver artificialmente, situarle en régimen de respiración asistida y sentarnos a esperar su total putrefacción, supuestamente parapetados tras él ante el vendaval de la historia que nos demanda otra cosa. Pero el capitalismo sigue siendo un sistema decente.

Pinchadas las sucesivas burbujas del neocon globalizado, intervenidos los negocios de unos pocos con el dinero de todos, desmantelado el teorema del libre mercado y el laissez faire como una de las pamemas más indecentes de la aldea global, parecía llegada la hora del replanteo, de la parada y fonda, más que de una refundación, de una demolición controlada. Pero el capitalismo aún es un sistema virtuoso.

Con la subversión ideológica desmantelada, cualquier heterodoxia avasallada y estigmatizado todo tipo de "ejes del mal" ¿quién se opone al statu quo? ¿dónde está la izquierda? ¿no hay alternativas? ¿nadie responde al otro lado de la "delgada línea roja"? ¿hay alguien ahí? Una frase de la película "Los lunes al sol", dicha desde la amargura de una situación desahuciada y lúcida por un emigrante de los países del antiguo Telón de Acero que sufre en sus carnes el azote inmisericorde de la reconversión industrial, resume la teoría de esta situación: "todo lo que nos dijeron en Rusia sobre el comunismo era mentira, pero todo lo que nos dijeron sobre el capitalismo era verdad".

Tras este discurso fúnebre (el bardo de Avon me disculpe el préstamo) que no irá a ninguna parte, al menos si todo falla siempre podremos escuchar al consumido George W. Bush aplicar uno de los fundamentos de la filosofía marxista (la de Groucho, no la de Carlos): "estos son mis principios, y si no gustan... no importa, tengo otros".

 

Luis Grau Lobo

El oro como una de las bellas artes

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(Publicado en El Mundo de León, el 26 de octubre de 2008)

 

Mediado el siglo V antes de la Era, Pericles encargó a su escultor de cabecera, el insigne Fidias, una estatua que residiera en el edificio más perfecto de la arquitectura de Occidente, el Partenón ateniense. La enorme escultura criselefantina, recubierta de oro y marfil, amortizaba una importante parte del tesoro de la polis, y se convertiría en último y espléndido estertor de la supremacía de Atenas en una liga de Delos ahogada por la crisis económica y la pujanza de Esparta. La escultura de Atenea tuvo una suerte dispar pues, pese a su categoría, los materiales de que estaba confeccionada le hicieron pasto de la codicia, y de ella sólo sabemos hoy día por su fama, las descripciones de viajeros como Pausanias o las reproducciones que se conservaron en otros materiales y tamaños menores, incluidas las acuñaciones numismáticas, que sirvieron de modelo a la réplica de Alan LeQuire (1990) en el Partenón kitsch de Nashville, Tennessee.

Por otra parte, la máscara y el ajuar de Tutankamón han espoleado la imaginación de todos los buscadores de tesoros desde que Howard Carter los hallara, allá por 1922. Aunque se tratase tan sólo del precipitado ajuar de un faraón infantil y transitorio, cuya incierta gloria se revive tres mil trescientos años después entre las paredes de un museo cairota.

Viene esto a colación porque hace unos días que el artista británico Marc Quinn participa en una exposición en las salas griegas del Museo Británico (titulada Statuephilia), con la que, según se afirma, es la escultura en oro macizo más grande (pesa 50 kilos) fabricada desde el Egipto faraónico. "Sirena" representa a la modelo Kate Moss en una improbable postura gimnástica de yoga. Pero de ella se destaca, en todas las informaciones, su elevado valor económico, próximo a los dos millones y medio de euros.

En la misma muestra coincide con Damien Hirts, que aunque aquí se decanta por cubrir un hueco con calaveras de plástico, en los últimos tiempos se ha caracterizado por una predilección acusada hacia este tipo de materiales ostentosos (oro, brillantes, platino...) en algunas de sus piezas, además de por la desorbitada cifra que alcanzan sus creaciones, convenientemente subastadas por él mismo, sin intermediarios, aunque después se descubriera que algunos de sus asociados y su propio estudio pujaron para elevar las cotizaciones de sus bestias en formol y sus becerros dorados.

En tiempos de crisis de los valores bursátiles, de inflación de las emisiones fiduciarias (monedas y demás), se vuelve a las joyas, al oro, sino como patrón, sí como valor seguro; refugio, dicen ahora. También el arte parece que pretende hacer otro tanto. Durante los últimos treinta años muchos artistas de nuestros días se han dedicado a dilapidar el capital acumulado los anteriores setenta años de vanguardias artísticas, han malversado sus fondos y entrado a saco en la caja registradora de la historia para especular con capital ajeno y sin riesgo, para vendernos una serie interminable de versiones, academicismos y reiteraciones en los que predomina una impresión estética tediosa. Hinchados, cual hipotecas basura, por su propio ego y por el corpus teórico que les apoya (y que en realidad depende de un pasado al que no honran pero expolian), cómoda y acomodaticiamente instalados en el saqueo de cenotafios sin fondo, la burbuja de arte actual parece desinflarse a medida que se agosta ese botín y disminuye la confianza de los depositarios, el público. Pero a diferencia de lo que sucede con la economía, en este caso hace ya tiempo que el Estado, las administraciones públicas, acudieron a su rescate, siendo como es hoy el principal y a veces el único accionista del negocio del arte actual.

Por ello quizás, si se dice que el oro y el arte son valores seguros en estos tiempos de zozobra económica, ¿por qué no juntar ambos? Tal parece ser la inspiración de las obras mencionadas. Una intención que ha convertido a gran parte del arte actual en un pingüe negocio cuya crisis posiblemente se vislumbre tras el bruñido dorado de tan opulentas realizaciones. El artista ha pasado a un segundo plano y es el marchante (o el comisario de exposiciones, que tanto monta) quien decide qué y cómo. Por eso el artista con aspiraciones mediáticas, el artista-total, quiere ahora ser su propio marchante (o su particular comisario), quiere controlar el negocio desde el principio al fin. A lo largo de la historia occidental pasó de artesano a artista y ahora pasa de artista a agente comercial, un agente que especula con unas creaciones que después, dócilmente, consumimos al dictado de unas modas precocinadas.

En una ocasión, Andy Warhol (la cita no es exacta pero su sentido sí) dijo que pagar 20.000 dólares por una obra de arte era una estupidez, pues en lugar de ello se podían enmarcar y colgar los billetes de la pared directamente, sin intermediarios. Así se sabría de manera precisa e inmediata cuánto se había gastado el dueño en el cuadro. El oro, dicen, es un valor seguro en tiempos de crisis. Y si la obra de arte no vale nada a la postre, después siempre se puede fundir, pues al menos sabemos cuánto vale lo que pesa. Como colgar los billetes de la pared.

Luis Grau Lobo

 

Doce de octubre

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(Publicado en El Mundo de León, el 12 de octubre de 2008)

 

Que una nación se construye a base de mentiras no es ninguna novedad. Y en los días que corren, en los que naciones y nacionalismos se venden de saldo en cualquier tertulia, periódico o partido político, tales tipos de operaciones de marketing (léase promoción comercial) están a la orden del día. Pongamos que hablamos de hoy, 12 de octubre.

Ni el Apóstol Santiago vino jamás a la Península, ni la Virgen del Pilar se le apareció en la mencionada columna o pilar de su nombre, todo ello para alentarle en una evangelización prematura que se le complicaba y que sólo completaría después de muerto, cuando tampoco arribó a las costas gallegas en una sepultura mecida por las olas desde el Mediterráneo oriental. Después ni siquiera fue enterrado en Compostela, aunque Lutero especulase con que tal vez eran los huesos de un perro los que allí reposaban. Pero qué más da, si al calor de la leyenda jacobea millones de peregrinos acudieron, y aún hoy acuden, a perpetuar la memoria de acontecimientos que nunca sucedieron.

Tampoco "descubrimos" América, pues el continente estaba poblado desde hacía milenios, sino que se topó con ella un genovés financiado por Castilla cuando buscaba las Indias, hasta el punto de que murió creyendo que había llegado a éstas y no a un continente desconocido para los europeos (vikingos mediante, claro). En este caso el relato mitificado no es del todo ficticio y cuenta con numerosas ramificaciones, pues la llegada a las tierras que más tarde tomarían el nombre de un cartógrafo italiano de apellido Vespucio, supuso un encontronazo de tal magnitud que aún hoy países enteros construyen su propia idea de nación en contra de unos "conquistadores" españoles que en ocasiones sólo son los antepasados de los antepasados criollos de quien tal cosa afirma. En el caso de los pueblos indígenas, son la demostración de que aquellos fueron apenas un poco menos genocidas que otros europeos, poco después también interesados en el chollo de las américas.

La lista de falsos históricos puede seguir a perpetuidad. Los romanos nos conquistaron, mientras que los musulmanes nos invadieron. A estos últimos, además, les "reconquistamos", tomando, pues, lo que era antes debía ser nuestro (¿!) Y se expulsó a musulmanes y judíos, como si en ambos casos no se tratara de gente nacida o criada aquí, como si no hubiera otra forma de ser español, desde siempre, que ser cristiano.

Pero aquí estamos todos, celebrando ese día como si fuera cierto un pasado que sólo vive en nuestros mitos más castizos y reaccionarios. Así una interminable fila de aragoneses bienintencionados, vestidos de maños de postal, se postrará a los pies de una talla de madera para expresar una devoción traspapelada y folclórica. Se celebra un "Día de la hispanidad" -¿alguien podría definir qué es eso, por favor?-, como quien celebrase el día del emigrante irlandés en la Vª Avenida neoyorquina o el del orgullo homosexual en la Diagonal.

Pero en el fondo, la cuestión es que ya no nos creemos aquellos artificios. Ni las ofrendas florales las hacen creyentes en la capacidad milagrera de la imagen que emperifollan, ni nos consideramos herederos de aquéllos resueltos y desesperados analfabetos que tomaron al asalto un continente a la fuerza. Hay quien sí lo cree, pero también había quien creía en la planitud de la tierra a principios de este siglo (e incluso ahora). Sólo residuales grupos de ciudadanos hacen ya el camino de Santiago pensando en postrarse devotamente ante las reliquias de una cripta bajo la catedral compostelana.

Quizás suceda que la idea de nación romántica se asoció a la construcción política de un Estado y que, una vez rematado éste, perdió tirón, gancho popular, perdió, sobre todo, la necesidad de estar actualizándose continuamente, perdió verosimilitud. Por eso ahora vemos cómo se reinicia ese tipo de construcciones, pero ahora con la idea puesta en nuevas y lustrosas fábricas políticas, sea un nuevo estado, sea una nueva identidad territorial, un nuevo país, en resumen, protagonista de un nuevo cuento de hadas. Por eso nos dedicamos con afán a sacar del polvoriento baúl de la fábula facilona nuestro disfraz de astures, espolvoreamos al viento reyes y traidores, nos inventamos nuevos trazados para los viejos caminos, convocamos a nobles y monjes de ocasión, lanzamos al aire sangres chorreantes y untosas edades arcanas como quien embute mocillas. Por eso, azuzados por cronicones y croniquillas varios que se vocean desde el campanario, queremos creernos por ejemplo que León fue el primer pueblo en alzarse contra los franceses, hubiera o no franceses en León, que sus cortes fueron las primeras de la democracia europea, hubiera o no democracia en la Edad Media, que redimimos una lengua que ya nadie habla... Que somos, en definitiva, mejores que otros, más historiados, más importantes. Más farsantes, al fin.

Pero mientras llega el día en que esos nuevos cuentos chinos se conviertan en una festividad hueca, pero, eso sí, de bienvenida holganza, feliz 12 de octubre. Bueno, en realidad, feliz 13 en este caso, que con el domingo ya contábamos.

Luis Grau Lobo

Darwin y Wall Street

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(Publicado en El MUndo de León, el 28 de septiembre de 2008)

 

Quizás no sea una coincidencia que John McCain haya nombrado a una creacionista confesa candidata a la vicepresidenta de Estados Unidos, la gobernadora de Alaska, Sarah Palin. El creacionismo, penúltima intrusión del dogma religioso en el terreno científico, presume un propósito divino en la existencia de los seres vivos, conjetura una naturaleza teleológica, programada por una inteligencia superior, para explicar el universo. Existen distintas versiones del mismo, de las simplonas y rancias que interpretan la Biblia como un relato literal, olvidando su carácter alegórico, a las que se aferran a la hipótesis de un big bang proyectado desde sus orígenes para desembocar en el ser humano. La presunción de un "diseño inteligente" que llegaría a ser ininteligible para los humanos, según algunas interpretaciones.

Casi al tiempo que la gobernadora Palin se hacía un hueco en los periódicos planetarios (no por sus creencias religiosas, por fortuna), el pasado día quince la iglesia de Inglaterra decidía pedir disculpas a Charles Darwin por haber estigmatizado su teoría de la evolución, casi doscientos años después del nacimiento del científico británico. Según el planteamiento evolutivo, las especies triunfan gracias a un proceso de selección natural que premia las variaciones más adaptadas a un medio ambiente cambiante. Pero la trascendencia de la tesis darwiniana, ridiculizada en su día hasta en la etiqueta de anís del Mono que aún lleva su caricatura, abrazó pronto a otras ramas del saber, y como construcción mental, ha impregnado disciplinas ajenas a las ciencias naturales, sobre todo en las sociales. No en vano el tímido Darwin se inspiró en el economista Malthus, resultando el terreno de la economía, el que más lecturas paralelas puede proporcionar.

Según esa analogía, la economía de mercado supone un entorno natural no gobernado por agentes superiores, en el que sobreviven los más adaptados, los que consiguen interpretar mejor las condiciones variables de sus eventuales leyes internas. Quienes defienden este sistema reaccionan airados ante cualquier intervencionismo, ante cualquier "diseño inteligente" que pretenda enmendar la plana a las veleidades de un capital que debe fluir a su espontáneo antojo. El Estado no debe estar; debe ser, como dios para los científicos, ni bueno ni malo, sino sencillamente indiferente.

Por eso quizás no sea una coincidencia el ridículo rebrote del creacionismo cuando se solicita una suerte del mismo en el terreno de los dineros. Ante la actual crisis financiera hemos podido comprobar cómo se hacía clamor la demanda de una inteligencia ordenadora desde fuera. Cuando se trata de los mercados financieros, su entorno natural se quiere emancipado si las cosas van bien y controlado a la carta cuando van mal. Bush, los USA, el paradigma del dinero a su bola, han abandonado la ortodoxia neocon para salir al rescate de las especies en peligro, mediante inyecciones de dinero capaces de subvertir el proceso natural de esa "selección económica" desatada. Incluso se está empezando a denominar al fenómeno "socialismo de mercado", subrayando sus afinidades con el "New Deal" de Roosevelt y los postulados de Keynes.

También el presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, se apuntaba hace unos días a la hipótesis de la necesidad de una mente rectora que corrija los peligros del "entorno natural" de los negocios. Ahora, claro. Ahora se solicita "hacer un paréntesis en la economía de libre mercado" (palabras literales de Díaz Ferrán). Claro que a renglón seguido dice para qué: para proteger a las empresas en riesgo, para "externalizar" servicios de la administración, para privatizarlos... para hacer caja con lo de todos, vaya. Como Aguirre, que la hace con el agua, Díaz Ferrán quiere que dios Estado suspenda los procesos de selección natural en una economía que todos sabíamos (lo avisan desde hace años en muchas instancias, Unión europea incluida) que no estaba adaptada pero que, mientras ciertos bolsillos se llenaban, a nadie preocupaba. Es ecología pura y dura: se abusa de la explotación del medio quemando recursos no renovables y, finalmente, pasa lo que la lógica (esa maldita ley natural) pronosticaba: hay que pagar la factura pendiente. Así que ahora, en vez de la ley de la selva queremos un zoológico.

Pero no se trata sólo de ellos, pues quienes resultarán perjudicados serán los de siempre, los pequeños inversores y, sobre todo, los que ni siquiera pueden soñar con invertir, que van a pagar los platos que no han roto, como siempre. En este grupo de población los individuos que lo componen se verán afectados por una crisis que no han provocado, se verán más dominados aún por un medio que no dominan. Y más, porque para pagar las facturas de quienes han gestionado mal lo privado pretenden liquidar o privatizar, que tanto monta, el Estado, lo público, aquello que nos amparó en tiempos de bonanza, y algo que, ahora que los tiempos son duros, hace más falta que nunca. Como animales, oye. O peor.

Precisamente cuando ese proceso de selección natural estaba amenazando con acabar con una especie dañina, durante mucho tiempo favorecida por las circunstancias: la de los especuladores, los que se forraron con los tiempos de bonanza sin prevenir los cambios anunciados en el entorno. Aún así, se necesita esa intervención inteligente, pero destinada a que quienes no tengan recursos no se vean peor parados. No para los especuladores. Estos que se extingan. Quizás así el entorno sea más seguro después. Incluso sin paréntesis.

 

Luis Grau Lobo

Cámara de maravillas

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(Publicado en El Mundo de León el 14 de septiembre de 2008)

 

Hay que ver la exposición de Alfonso. Ya ha recorrido medio país y seguirá en el Centro de Arte del Instituto Leonés de Cultura hasta el 5 de octubre. Alfonso Sánchez García (Ciudad Real, 1880-Madrid, 1953), es uno de los más grandes fotógrafos de nuestra historia, reportero lúcido y oportuno, retratista incisivo y objetivo clarividente de su tiempo. Sus imágenes tienen la precisión e inmediatez del cirujano forense, la necesidad sorpresiva de un fragmento de la normalidad que se torna trascendente, casi metafísico. Huérfano de padre, Alfonso fue adoptado por las circunstancias, por la realidad de su época; su simpatía y, al mismo tiempo, distanciamiento respecto al modelo, parece que quisieran devolver a todos ellos una humanidad arrebatada o extraviada pero espontánea, en ocasiones ferozmente franca, que mana generosa del objetivo de su cámara. Una cámara de las maravillas y de las desdichas que confinó para nosotros la energía liberada por un tiempo desaparecido, escurrido entre las manos de quienes ya no están para contarlo. Pero él sí estuvo allí. Y gracias al prodigio de su arte, también nosotros lo estamos en un ejercicio impagable de memoria de la historia.

Las fotos en blanco y negro de Alfonso son el espejo de una época en esos  mismos tonos, de una España pueblerina y pacata, triste de ser la misma España durante siglos, que, por vez primera vislumbraba una salida y la perdía casi en el mismo instante histórico. Una España gris de tanto blanco y negro, garbancera y asustadiza, de la que casi un siglo después se funden rostros conocidos y anónimos en una sola y melancólica impresión.

Acontecimientos y efigies históricos nos revelan nuevos significados y emociones pues conocemos el destino de sus protagonistas, un destino que sentimos ya impreso en la lámina fotográfica. La coronación de Alfonso XIII en unas cortes abarrotadas de eminencias de cartón piedra, condecoraciones,  tules y mostachos adquiere la condición bufona y deprimente de un sainete. En otra instantánea vecina, la suficiencia corpulenta del dictador Primo de Rivera se enfrenta al dandismo inútil y quebradizo del rey de España. Y frente a ese protocolo de salón, el arrebato de Pablo Iglesias ante una multitud que parece mirar hacia el horizonte que les anuncia con sus palabras. Y más allá, la carga policial que desperdiga a unos menestrales de alpargata y chaleco que corren espantados por las calles vacías de Madrid...

Después, el júbilo desbordante de una famosa instantánea tomada el 14 de abril en la abarrotada Puerta del Sol, cuando la gente derramó sus esperanzas en la república que ese día amanecía en España. En otras tomas, los ojos de Lluís Companys, de Largo Caballero, de Zugazagoitia (abrazado a una niña, ¿su hija?, a través de los barrotes de la prisión) que más allá de su vocación de víctimas propiciatorias, nos miran con un atisbo de premonición de la inminente tragedia que no serán capaces de evitar. La guerra. Los cuerpos tendidos boca abajo en el patio del cuartel de la Montaña, los madrileños dormitando en una estación de metro para evitar los bombardeos, Besteiro voceando su impotencia por la radio....

También pasaron por la lente de Alfonso los intelectuales de una España sin vigor científico que se nos manifiestan con su carga de humanidad cotidiana y menesterosa, del bohemio de alcoba Valle Inclán a la mansedumbre perruna y miope de Galdós y su mastín; Baroja y Lorca, hermanados en el batín de andar por casa que visten; la mirada intensa y como suplicante de un Ramón y Cajal rodeado de alumnos que parecen no entender del todo las explicaciones del maestro, más pendientes quizás de la foto aunque no miren a la cámara...

Pero sobre todo, el pueblo. Gente medrosa, asustadiza ante la lente, aunque a veces exhiba una gallardía extravagante, como el caso de la vendedora de pavos, o una digna capitulación, como la de los músicos callejeros que persisten sin esperanza ante la abulia del transeúnte, o la seguridad colectiva que exhiben las sufragistas, pero también las lavanderas, las modistas, las mujeres que emergen por vez primera tras una España hombruna...

O la cuerda de soldados que se dirigen, ajenos al objetivo del fotógrafo, hacia un tren que les llevará a la guerra de Marruecos, mientras algún peatón que con ellos se cruza es incapaz de levantar la vista del suelo para sostenerles la mirada o, simplemente, adivinar la antesala del matadero que va a ser la estación de Atocha.

El mozo de cuerda que se derrumba bajo el peso de interminables fatigas pasadas y por venir, representadas por la cuerda de su oficio, que semeja un yugo del que no puede librarse, tiene una edad indefinida, no moza pero tampoco seguramente la que el observador atribuye a su figura envejecida, vencida y ausente, lastrada por la pesadumbre de una existencia feroz pero aún digna. O la mujer de Alfonso lavando la ropa, uno de sus primeros trabajos, premiado en Nueva York en 1904, que tiene la calidad atmosférica intemporal e íntima de un interior de Vermeer.

Los toros y el fútbol. Aquellos unidos, por obra y gracia de un azar expositivo, a una toma del depósito de cadáveres, como si la farándula y la impostura fueran antesala de la embestida y la muerte que se retratan más adelante en el albero. En otra imagen, un estadio de Chamartín prehistórico donde el portero de fútbol Zamora se suspende en el aire en una parada inverosímil y, por alguna razón, nos recuerda la imagen tomada sólo cinco años después por Robert Capa, aquella del miliciano republicano que cae abatido por un tiro, pues en ambas el tiempo se ha detenido en una instantánea imperceptible para la insuficiencia del ojo. Ambas representan respectivamente la paz y la guerra en la España de los años treinta.

Historia e intrahistoria, vida que desconocemos y que late tras datos y fechas que tal vez sí recordamos. No podemos evitarlo. Es un libro de historia sin palabras, pero, sobre todo, es un álbum fotográfico en el que, como a menudo sucede con los álbumes de familia, quizás no queremos reconocernos, pero no podemos evitar estar en él, ser parte de él.

Luis Grau Lobo

 

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Depresión postvacacional

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(Publicado en El Mundo de León el 7 de septiembre de 2008)

 

Una de las consecuencias menos declaradas pero más fastidiosas de la globalización es el aburrimiento. En 1926 el crítico de arte y excelente escritor italiano Mario Praz dedicó un libro ("Península pentagonal") a desmontar el mito romántico acuñado durante el siglo XIX por ciertos literatos europeos sobre España. Y lo hizo a base de señalar lo tremendamente aburrido que era este país a la vista del viajero que buscara algo distinto del turismo estereotipado y en apariencia exótico del "tablao", los toros y el arrebato sureño. Sus penalidades como viajero no fueron graciosas sino enojosas, sus expectativas sólo se vieron colmadas de montajes indignos e indignantes, con trampa y cartón, destinados a satisfacer un estereotipo incluido en un paquete turístico junto con el menú del día, y las imágenes difundidas por los publicistas del mito de lo español tan sólo se correspondían con los grabados de los libros en que éste se había acuñado. Hoy día, más de ochenta años después, podría aplicarse el mismo análisis y la cosa no variaría sino en detalles y circunstancias y, sobre todo, en la ramificación de esa sensación a un universo de análisis mucho más pródigo, casi universal.

Repásese al respecto cualquiera de las vacaciones modernas y lo que sobre ellas promocionan y pronostican los agentes turísticos, tan agobiantes como prolíficos, pues en tales se han convertido nuestras variopintas administraciones, empeñadas en hacer del turismo el motor económico de la mayoría de este país, un monofundio tan peligroso o más que el de la recién estallada burbuja inmobiliaria. En cada rincón hay una singularidad que resaltar, un aspecto característico y único, una costumbre inveterada, un rito simpar. Y las ciudades se han equipado (y equiparado) con las mismas galas diferenciadoras: que si su provocador centro de arte contemporáneo, que si su puente calatravesco, que si su ciclópeo auditorio o centro de convenciones, que si su miríada de esculturas caricaturescas, esas que esperan melancólicamente a que la ciudad vuelva a producir personajes tan genuinos como los que ahora nos miran impávidos desde su broncíneo y somnoliento casticismo... A su alrededor, la nada. Y muchas veces, también en su interior.

Nuestros cascos históricos, lo único que permitía diferenciar si uno estaba en Pontevedra o en Murcia, a la vista de la uniforme mediocridad de las zonas residenciales modernas, tiende a homologarse bajo un patrón idéntico y trivial: su bulliciosa y colorista zona de tapeo, gastronómicamente conspicua; sus trenecitos turísticos multicolores adobados por una locución cansina de lugares comunes; sus zonas peatonales convertidas en plataformas inanes y monacales de paseos a ninguna parte; sus plaquitas informativas, refugio del tópico y el ditirambo; sus cíclicas celebraciones folclóricas, azote del vecindario y escarnio de la inteligencia del viajero... Oquedad y barullo. En ocasiones, meramente ruido.

E igual sucede con el campo, convertido en parque temático de la gente de ciudad, pues cuando no es la casa rural que transfigura la labor campesina en un bucolismo findesemanesco, son los senderos, las rutas monumentales o un camino a Santiago que se ha convertido en una romería de rebajas, multitudinaria y ramplona. Perdimos el norte y nos estamos quedado sin oeste.

Ni hablar, claro, de las costas, que es cuestión manida. Quizás una de las pocas consecuencias beneficiosas del cambio climático sea que el deshielo de los polos haga que el mar se trague Benidorm.

Empeñados en administrarnos el tedio según programaciones y pautas ofertadas y estandarizadas, inapetentes de tanto consentir y, al final, enredados de nuevo en una nueva rutina, el único escape es un "turismo interior": el regreso. La huida de retorno al uno mismo, a esa tierra devastada e infernal a la que procuramos descender con las armas y la determinación de los héroes. Unos lo llaman cotidianidad, otros vida normal, quizás se trate tan sólo de una repatriación, del viaje de vuelta al único lugar en que no hallaremos aglomeraciones, ni compartiremos un hastío vergonzoso con ese otro infierno que, como escribiera Sartre, son los otros.

Una vez instalados en esa nueva y vieja morada, reconocidos por nuestro perro y de vuelta al hogar, olvidado el trago de las vacaciones (la memoria: esa sobrevalorada facultad humana), podremos, otro día, prepararnos para salir de nuevo a hacer turismo.

 

Luis Grau Lobo

 

Verano de 2008

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(Publicado en El Mundo de León, el 24 de agosto de 2008)

 

Sube el paro.... bajan los sueldos... Un ciclista gana una medalla de oro.

La crisis se aclara: los que ayer decían que el país valía mucho, dicen ahora que vale mucho menos. A pesar de ello, los pisos, más baratos, se venden menos. Se venden también menos coches. Incluso se venden menos cafés con leche. A vueltas con el dinero, Cataluña está mosca, o, a lo mejor, sólo están mosca los partidos catalanes, como en lo del bilingüismo. Les pasa hasta a los socialistas, que antes que socialistas parece ser que son catalanes.

Sube el euribor.... baja el ahorro.... Un tenista gana una medalla de oro.

La política exterior (si es que todavía existe eso) se complica: Bush fue a China para criticar a China. La Rusia post-soviética se comportó como la Unión Soviética post-rusa e invadió una ex-república para favorecer a una futura ex-república (petróleo mediante). Bush no fue a Rusia, pero les llamó matones ¡por invadir un país a cuenta del crudo!. En Mauritania hubo quien liquidó una democracia ejemplar para la zona con la promesa de instalar una mejor aún; para ello dieron un golpe de estado. Por las calles de Belgrado mucha gente se manifestó en favor de un asesino en serie al que, por si acaso, mandaron juzgar fuera del país. Las potencias negocian una salida honorable (léase escapatoria impune) al golpista que ha gobernado Pakistán durante los tiempos del vecino talibán. En una isla del Índico que antes tenía sonoro nombre de té, hay una guerra que dura ya un cuarto de siglo, aunque nadie se acuerda de esas guerras tan largas ¡son tan aburridas!. ¡Ah! y un ex-obispo devuelve la esperanza y la fe a Paraguay apoyado por la izquierda latinoamericana.

Suben los hoteles... baja el turismo... Dos regatistas ganan una medalla de plata que dicen era de oro.

Acontecimientos: La Expo de Zaragoza primero se inunda, luego se seca y después se quema. Un actor de cine se suicida, otro pega a su madre, un tercero se da un tortazo con su coche y se divorcia a renglón seguido. Todo ello contribuye a que la gente acuda en masa a ver una película en la que coinciden todos ellos.

¿Deporte? El espíritu olímpico, cuya principal manifestación son los juegos (léase competiciones), tiene su fiesta cuatrienal en un país que es la dictadura más poblada del mundo. Nadie boicotea el acontecimiento (léase Moscú 1980). Una niña guapa escondida cantó mientras otra niña también guapa movía los labios en la ceremonia inaugural, la única diferencia es que la segunda tenía más y mejores dientes. Para justificar el karaoke se dijo que la segunda representaba mejor al régimen.

Por otra parte un nadador de Baltimore asombró al mundo con sus medallas y marcas. Su régimen de vida también es envidiable y absolutamente estival: siestas de tres horas, dieta a base de pizza y una vida en la piscina. Sigue: según noticias fiables, más del ochenta por ciento de los deportistas españoles destacados en Pekín (escríbase Beijing) eran de origen catalán, ¿se trata de un cupo negociado en el Estatut? Por cierto, ahora que ya no jugamos en la "champions" de la economía, somos una potencia en deporte. Dicen. Y, al final, después de todo (y ese todo son muchos minutos de nuestra paciencia) resultó que Cristiano Ronaldo no vino a España. Qué mal está el turismo.

Sube la inflación... baja el PIB.... Un gimnasta gana otra medalla.

Aquí, en este país cismontano y pequeño, la insolación que afectó a la Junta (y mira que avisan desde las autoridades competentes) propició una nueva lectura del adjetivo renovable aplicado a la energía: sirve también para renovar personas. Por su parte, el Comando Molleja (siglas de Movimiento Leonés de Liberación de los Enanos de Jardín) pretendió liberar a uno de ellos en el MUSAC y estos lo confinaron al guantánamo de sus almacenes. Además, según unos, la Nodicia de kesos (léase Noticia de Quesos, entiéndase lista de la compra) es el origen del castellano. Según otros, del leonés (léase lliounés, si se puede). Incluso según algunos, es el origen de algo más importante aún a escala mundial: las previsiones de gasto.

Sube el absurdo... baja la temperatura... ¿Hay suficientes medallas?.

Que ¿qué es esto? la canción del verano, naturalmente.

 

Ps. Después de escribir este texto el verano se rompió en las pistas de un aeropuerto de Madrid y dejó de estar para canciones.

 

Luis Grau Lobo

Las vergüenzas de Berlusconi

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(Publicado en El Mundo de León, el 10 de agosto de 2008)

 

En la mayoría de las ocasiones los actos fallidos dicen más sobre nuestra verdadera personalidad que los conscientes, como bien estudia la moderna psicología (Freud dixit). Pero sucede que muchos actos premeditados también tienen su reverso imprevisto, fallido, y acaban por revelar buena parte de ese yo auténtico, una parte que desearíamos no hubiera sido vista, no se hubiera manifestado. Pero lo hace. Y de qué manera.

Los asesores de imagen del primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, han procedido a velar un pecho de la imagen femenina que representa a la Verdad en la reproducción del cuadro "La Verdad revelada por el Tiempo" que preside las ruedas de prensa de il Cavaliere. Para no herir sensibilidades, dicen. El original de este lienzo de gran tamaño, concebido hacia 1745 originalmente para decoración de un techo palaciego, se guarda en el Museo Civico de Vicenza y es obra de Giambattista Tiépolo, artista bien conocido en España, donde falleció en 1770.  Quienes han determinado que la vista de un delicado seno femenino en una pintura rococó puede ofender al teleespectador, perpetúan una tradición muy nutrida, la de la censura, por motivos pacatos, de un motivo de desnudo en una obra de arte que no trata un tema sexual expreso. La nómina de tales reparos recorre un amplio repertorio, con casos ilustres como el de la florentina capilla Brancacci, obra de Masaccio, donde los genitales de Adán y Eva fueron cubiertos por unos ramajes en el siglo XVII; y desemboca en ejemplos mediáticos recientes, como el "descuido" de Janet Jackson y Justin Timberlake, preparado acto fallido, pleno de intención propagandística y mercantil, que retrató a una sociedad y a una época y justificó nada menos que las retransmisiones en directo controlado. Sin embargo, quizá el caso más nombrado siga siendo el de Danielle da Volterra, excelente pintor, que fue impelido por los Papas a endosar taparrabos a las figuras pintadas por Miguel Ángel en la capilla Sixtina apenas unos años antes, motivo por el que su nombre es hoy recordado con el vergonzante apelativo de il Braghettone.

Que sea precisamente un gobierno como el de Berlusconi el que añada otro caso a esta colección, teniendo en cuenta los escarceos lascivos y donjuanescos del personaje, convenientemente filtrados para solaz del público italiano más rancio, y sus comentarios sobre las mujeres de los gabinetes ministeriales propios y ajenos, no deja de ser una demostración más, por si hiciera falta, de la hipocresía que rodea a este tipo de individuos que predican una cosa y hacen la contraria.

Pero el caso tiene mayor enjundia aún. Si el pecho ocultado a la vista fuera el de cualquier otra mujer en cualquier otro cuadro la cosa podría quedarse en un caso más de mojigatería fingida, de remilgos de puertas afuera, pero se trata del pecho de la Verdad. Y la Verdad, como bien sabían los iconógrafos del barroco y cualquier persona instruida que observara el cuadro en su época, como bien sabe cualquiera hoy día, sale a la luz gracias al Tiempo. Aunque a veces haya que esperar. Esta es la pareja protagonista del cuadro del pintor veneciano que ahora es censurado en efigie (se trata, recordémoslo, de una réplica). Pero se produce la coincidencia (he aquí el resorte del acto fallido y su interpretación) de que Berlusconi tiene en marcha desde hace años procesos legales en los que la verdad lucha contra el tiempo, un tiempo que sus gobiernos se han caracterizado por ralentizar, elaborando normas encaminadas a salvaguardar tejemanejes empresariales y políticos de dudosa condición y varia presunción, gabinetes que han procurado en primera instancia prorrogar un poco más la resolución de sus verdades pendientes, incluso a costa de agitar fantasmas xenófobos o poner en práctica medidas desmedidas para otros pretendidos delitos, se supone que más "peligrosos" para el país, cuyo último episodio ha sido sacar el ejército a la calle.

Sucede, pese a ello, que las viejas alegorías de la iconografía barroca, los viejos mitos simbólicos tan del gusto de la aristocracia europea, ya desgastados por un uso abusivo en época de Tiépolo, resurgen con toda la fuerza de una revelación y se despojan de la idea de mero ejercicio intelectual que de ellos tenemos hoy día. Gracias a esta torpe intervención de un asesor de imagen, que equivale a una performance inconsciente, la obra de arte recupera su poder de subversión, aunque se trate de una subversión cortés, y recompone su lectura histórica en el mundo contemporáneo, para mostrarnos, con la fuerza acusadora de un delicado lienzo en tonos pastel, el signo podrido del poder, la miseria de nuestro tiempo y de todos, la indigna complacencia con el que manda cuando lo hace bajo la sospecha de fraude.

El prototípico lienzo actualiza el mito, un lugar común del arte occidental de hace un puñado de siglos y pone frente al espejo a la sociedad italiana, a la europea, a todos nosotros al fin. Y nos muestra una lección sencilla sobre quiénes están interesados en que la Verdad no resplandezca con sus pechos a plena luz.

 

Luis Grau Lobo

Anonimatos colosales

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(Publicado en El Mundo de León, el 27 de julio de 2008)

 

Hace unos días saltaba una noticia, no por barruntada menos llamativa, en el terreno de la historia del arte: El Coloso, uno de los cuadros más singulares de Goya, puede que no sea de su mano, según concluyen los expertos del Museo del Prado en un raro (y atrevido) gesto informativo, teniendo en cuenta que es el propio museo quien plantea retirar tan copetuda atribución a una obra suya. En plena temporada de agitación goyesca (la segunda exposición más vista del Prado es Goya en tiempos de guerra, recién clausurada), El Coloso reabre la discusión sobre la firma de algunas de las pinturas más bizarras y fascinantes de la historia del arte europeo antes del siglo XX, en especial las de la Quinta del Sordo o también conocidas como pinturas negras. Aunque más allá de la polémica, el interés particular de este caso residirá en las argumentaciones y debates científicos por venir y en la caracterización de una mano, la del único discípulo reconocido del de Fuendetodos, el valenciano Asensio Juliá, a quien se atribuye ahora el lienzo, un excelente pintor por otra parte al que quizás haya que empezar a mirar de otra manera. Pero bajo este asunto yace una cuestión más general, sobre la idea de autoría, y, por extensión, de la de marca.

Es esta una obsesión moderna, ajena o muy diferente durante la mayor parte de la historia de la cultura occidental y extraña al arte universal en gran medida. La idea de creador, de artista, es una construcción mental que se ha forjado fundamentalmente en tres momentos: el Renacimiento, cuando el quehacer artístico se independizó del trabajo artesanal y ganó la consideración de actividad liberal (en España habría que esperar a que Velázquez pudiera añadir la Cruz de Santiago a su efigie en Las Meninas); el Romanticismo, que perfiló la imagen del genio torturado en pugna con la realidad y las limitaciones humanas, y las Vanguardias históricas del siglo pasado, en las que adquirió carta de naturaleza una libertad absoluta, henchida de contestación y compromiso, cuyos rescoldos aún hoy aprovechan muchos que gustan de aquella sin pasar por estos. El ulterior desarrollo mercantil de este concepto ha dado lugar a la noción de marca, al prestigio de un nombre en sí, supuesto garante de una calidad (mensurable en términos económicos) que se supone al mismo. Una noción expansiva en nuestros días, una auténtica "burbuja" de la realidad de las cosas.

Sin embargo, antes todo había sido muy diferente. La pericia manual y la individuación del trabajo eran conceptos separados, de manera que en la mayoría de los casos, y salvo nombres y obras muy concretas, resultaba y aún resulta difícil deslindar manos, personalidades e incluso contextos, y las obras artísticas se comportaban más como creaciones colectivas que particulares, fruto de una serie de artistas pero también de ideólogos, promotores, iconógrafos... y, en última instancia, del ambiente social y de la tradición formal a la que responden íntimamente y pertenecen sin que puedan o quieran renunciar a ellos. Denominaciones académicas como maestro, escuela, taller, seguidor... o el mero anonimato muchas veces sólo esconden o reflejan un estado de cosas que puede ser difícil de entender con nuestros parámetros mentales. Lo mismo sucede con nuestras modernas creencias acerca de la propiedad intelectual. En el pasado era frecuente la manipulación o mero uso de obras anteriores o coetáneas sin rubor o sin mesura, sin percepción de las nociones, también recientes, de plagio o copia, pues se trataba de un bagaje a disposición de una sociedad que lo administraba sin tasa, de un uso que solía  enriquecerlo, que no era la propiedad exclusiva de nadie. El tiempo distinguía al fin a quienes respetaron la dignidad última de la obra, por mutación o por mejora, sepultando a quienes la hubieran empobrecido. La sublime indignación de Cervantes contra Avellaneda no es tanto por su plagio como por haber hecho de su criatura una plana y simplona caricatura.

Algo así vuelve a suceder en nuestros días, con las salvedades que exige el hecho de comparar épocas históricas tan dispares. Contra los derechos que blindan hoy día la creación, ese inmenso negocio, sean estos físicos o intelectuales, los del copyright u otros, contra el imperio de las SGAEs del mundo, se alzan medios en los que la información fluye sin aparente control y la creación autónoma se difumina en un paisaje amalgamado de contribuciones variopintas, anónimas o, simplemente, colectivas. Medios en red, no jerarquizados ni, por tanto, estructurados de antemano, dispuestos para la circulación de la información (e información en sí: recordemos a McLuhan) a los que todos recurrimos, en los que todos bebemos a la hora de "crear". Está en marcha la construcción de una nueva tradición, de un nuevo venero -¿inagotable?- de referencias y relaciones, de un nuevo paradigma de la cultura. Google Wikipedia, Youtube... son los dominios de una nueva forma de anonimato, pues no importa quién (ni dónde) sino qué, cómo y, a veces, cuándo. Aunque también estos lugares se benefician aún de la noción de marca, se mueven, como todo lo que triunfa, bajo el estigma del negocio, conviven junto a ellos una miríada de alternativas que se dispersan por procelosos mares de fronteras aún inexploradas. Un anonimato colosal construye cada día el futuro de la forma en que se presenta el conocimiento, la manera en que veremos las cosas. Bajo esa perspectiva emergente, sin directrices académicas, quizás no importe demasiado que El Coloso fuera pintado por Goya, por Juliá o por un pintor anónimo, algo de enorme trascendencia para la cotización social y monetaria de la obra. Bajo ese punto de vista, El Coloso sigue siendo lo que era, una asombrosa obra de arte.

 

Luis Grau Lobo

 

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Laicidad

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(Publicado en El Mundo de León, el 13 de julio de 2008)

 

"España ha dejado de ser católica". Esa afirmación de Manuel Azaña en su famoso discurso del 13 de octubre de 1931 en las Cortes, aún hoy, setenta y siete años después, causa ampollas entre determinados sectores de la derecha del país. Pero no cabe duda de que así ha sucedido y, lo que es más, es natural que así sea. En estos días se vuelve a discutir sobre la laicidad del Estado, que, en Europa y en pleno siglo XXI, es algo así como discutir sobre la frialdad del hielo o la condición oleaginosa del aceite. El estado democrático o es laico o no es democrático al cien por cien, pues este principio de laicidad, como otros preceptos del sistema, garantiza la separación de las instituciones del Estado respecto de las organizaciones religiosas, o sea, su independencia respecto de organismos que responden a una determinada moral, a una ideología concreta, a un sistema de valores particular. Es una garantía de imparcialidad en el terreno de las creencias.

Surgido como parte del movimiento ilustrado, fruto maduro de la crítica a los siglos de maridaje entre las iglesias y el poder político, el carácter no confesional del estado (y en este sentido distingos entre "no confesional" y laico carecen de relevancia) invita a que las convicciones religiosas, como cualquiera otra, pasen a ser un derecho individual, y nunca una obligación oficial. Cabe reseñar en este contexto que la democracia no se define tanto como el sistema que obedece a las mayorías, sino como aquel que protege a las minorías de los abusos de aquellas.

No es preciso pues preguntarse qué es un Estado democrático y laico, aunque quizás sí lo sea saber en qué podemos garantizar la laicidad de ese Estado frente a contaminaciones ideológicas y sistemas de creencias prescindibles para el buen curso de la vida en sociedad. La eliminación de símbolos y presencias religiosas en los actos institucionales, el riguroso tratamiento a las confesiones religiosas como lo que son, una alternativa ideológica entre muchas, cuyas manifestaciones, públicas o privadas, deben regularse por idéntico rasero; la salvaguarda de una enseñanza pública exenta de compromisos con los dogmas confesionales, la regulación de la aportación económica para su financiación en función de su interés general, o sea, de su servicio a la sociedad... son asuntos en torno a los que muchos católicos están ya de acuerdo pues coinciden, de forma clarividente, en que todos ellos garantizan la independencia de su credo y lo fortalecen en un mundo que reserva importantes papeles a las organizaciones no gubernamentales, a las filosofías de comportamiento o a las explicaciones finalistas de la realidad, como es el caso de muchas religiones. En definitiva, se trata de la consideración de la religión como una faceta de lo privado, y de las instituciones religiosas como organizaciones que reúnen a un colectivo como cualquier otro.

De poco sirve que algunos católicos reivindiquen historia o tradiciones pasadas, como si la historia o la tradición por sí mismas, por el hecho de ser pasado o costumbre, fueran siempre ejemplos edificantes a seguir. Hay quien incluso se aviene a proponer una "laicidad sana" (se supone que frente a otra enfermiza), en un claro ejercicio de prepotencia moral, síntoma del comportamiento precisamente de quien pretende otorgarse la facultad de tales diagnósticos sobre asuntos de moral pública.

Se dirá también que el Estado tiene sus propias creencias. Cierto, aunque más bien se trate de principios, el precio a pagar para quienes se benefician de su existencia. Y, sobre todo, no cuestionan el desarrollo de otras, sino que las amparan. Precisamente una de ellas es esa: la laicidad de su comportamiento institucional, lo que no excluye la religiosidad del proceder particular y, además, lo garantiza y lo protege.

Frente a este sencillo estado de cosas, la iglesia post-Vaticano II y la española por señas más precisas, se ha atrincherado en posiciones maximalistas, que ni siquiera comparten sectores moderados de su propio clero, procurando que la defensa de dogmas trasnochados se convierta en una especie de lábaro bajo el que se reagrupen sus fuerzas. Nada más equivocado e inoportuno. Como demuestran los cambios sociales de nuestra democracia, sólo aquellos que han sabido evolucionar con el cuerpo social mayoritario sin perder sus valores, han estado a la altura de los tiempos y no han sido barridos por ellos. En sociedades que han progresado como la nuestra, la moral colectiva mayoritaria suele desplazarse hacia posiciones que, en un momento dado, son consideradas parte del pacto social, parte de la ética mayoritaria, parte de la forma de ver las cosas del común de los ciudadanos. Así ha sucedido con asuntos en los que la iglesia romana, enrocada y levantisca, se ha quedado atrás de forma tan torpe como cavernícola: los anticonceptivos, el aborto, el matrimonio, la propia igualdad de los sexos, la enseñanza de la religión en las aulas... La iglesia católica tiene, puede y sabe usarlos, mecanismos para que sus enseñanzas se produzcan en el ámbito privado, de forma que los niños católicos acudan a la clase de catolicismo tras sus horas lectivas comunes igual que acuden a otras muchas enseñanzas extraescolares. Pero no puede pretenderse que un adoctrinamiento tal sea financiado y amparado por la enseñanza reglada.

La inmensa mayoría de los ciudadanos españoles no asiste a misa, los matrimonios civiles están a la par con los religiosos, que además, como sucede con los bautizos, las comuniones y demás ceremonias, se celebran más por tradición familiar que por fe. Se celebran también por falta de alternativas laicas, pues el Estado no ha desarrollado un protocolo, una pompa equivalente en el terreno de lo público, con sus símbolos y sus ritos, que pueda complacer los legítimos deseos de quien celebra un acto social trascendente. En fin, los católicos están en retroceso, aunque para borrarse de este club haya que hacer más papeles que para darse de baja de una compañía telefónica.

Azaña veía tres problemas pendientes en España: el social, el autonómico y el religioso. El primero sigue pendiente, aunque tiene otras formas de manifestarse (paro, inmigración, etc.). El segundo está también en el alero permanente de esta España por vertebrar, pues los tiempos nos llevan hacia otras formas de Estado. El tercero, el único puramente ideológico de los tres, posiblemente se ha solucionado por su propio peso. Sólo hace falta darle al César lo que es suyo.

 

Luis Grau Lobo

Las gafas de Allende

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 (Publicado en El Mundo de León el 29 de junio de 2008)

 

Presidiendo la plaza de Armas de Santiago, el bello edificio colonial de la antigua Audiencia alberga uno de los mejores museos de Chile, el Histórico Nacional. El itinerario recorre la historia de este país fascinante desde las inaugurales culturas andinas, entre las que quizás estuvieron los primeros pobladores del continente cuyas huellas se rastrean ahora en los bosques magallánicos, hasta sus acontecimientos más recientes. La última pieza que se exhibe en sus renovadas salas es un objeto sencillo y emocionante. Se trata de las gafas del presidente Salvador Allende. Se exponen solas, en una vitrina vertical y blanca, a la manera de una reliquia delicada pero con la presencia categórica de un símbolo. Se trata de un objeto fragmentado, apenas una mitad desbaratada y carbonizada en parte, rota y polvorienta, pues nada en ella se ha restaurado o limpiado de la forma en que apareció entre los escombros, y sin embargo guarda en su desamparo la misma fragilidad tozuda que el sistema al que representa ahora en el museo, la democracia. Los lentes de Allende eran acentos de pasta oscura gracias a los que la fatiga de su mirada miope quedaba restablecida y hasta vigorizada por un cerco de certidumbre quebradiza y audaz. Nada más revelador de la debilidad humana que las cosas cotidianas sin las que la vida es más penosa, nada más elocuente que los vestigios resquebrajados de su devastación, que esta presencia ausente, la entereza de un hombre rememorada gracias a unos pedazos de cristal, de plástico, metálicos.

Junto a este objeto personal, un breve texto narra la forma en que fueron halladas y cómo llegaron al museo. Una mujer, casi por una casualidad no exenta de peligro, las recuperó entre los cascotes del Palacio de la Moneda mientras los soldados las buscaban con afán pero sin afición, tras haberse llevado el cadáver. Las guardó como un tesoro durante décadas, las décadas sombrías de la dictadura pinochetista, para entregarlas al museo de su país una vez recuperada la democracia, una vez erradicado el miedo.

Aquellos cristales transparentes que sintonizaban la mirada de Allende con la de su interlocutor fueron sustituidos violentamente por unas lóbregas gafas oscuras que ocultaban el pensamiento y el engaño de quien había sido elegido jefe del ejército por el propio presidente. Las turbadoras gafas de Pinochet, acompañadas de un rictus vengativo escondían la antesala de una negrura infinita. Existe una frase atribuida a Pinochet que quizás sea una leyenda urbana pero que define con sorna a un personaje y a un tiempo. Se cuenta que para justificar el golpe afirmó algo así: "el país estaba al borde del abismo y los militares dimos un paso al frente". En efecto, el abismo en que cayó Chile aún hoy asombra por su profundidad, por su desquiciante hondura y tiniebla.

Hoy día, el Chile de Bachelet es un país extraordinario. Lo ha sido siempre, geográfica y culturalmente, pero su actual coyuntura lo sitúa entre los más desarrollados económica y socialmente de América latina, con un gobierno muy considerado en el extranjero y, pese a ciertas tensiones internas, valorado entre una sólida mayoría de sus ciudadanos. Sin embargo, en las conversaciones, las chanzas, la forma de vida y en el espíritu de los chilenos se siente gravitar la ignominia de la dictadura. En sus alusiones a una época aún demasiado cercana se mezcla la amargura por aquellos tiempos de asesinatos, torturas y opresión con una lógica animadversión hacia quienes lo provocaron, hacia quienes no hicieron nada por impedirlo. Las clases oligarcas, acostumbradas en Chile y en toda Latinoamérica (parte del legado español) a atrincherarse en el poder pese a quien pese y a utilizar las reglas de juego sólo mientras les favorecen, fueron el aliado inexcusable de una política exterior estadounidense que, sin género de dudas, no se detuvo hasta que un golpe militar triunfó aquí y en los demás países del Cono sur. A costa de la ilusión de un pueblo, de la alternativa democrática al socialismo ruso y chino, de la vida de muchos hombres entre los que el presidente Allende fue el primero.

El pasado jueves fue el centenario del nacimiento de Allende, y aunque hace treinta y cinco años que se produjo el asalto al palacio presidencial que acabó con su vida, los acontecimientos históricos iniciados entonces aún no se han cerrado, como no se cierra ningún asunto hasta que el tiempo hace con él lo que debe: ajustar cuentas. Aún no ha habido justicia. Y Kissinger sigue contando entre los premios Nobel de la Paz. De ese mismo año, 1973. En algunas ocasiones la historia comienza a escribirse más cierta, más justa, más allá de la solemnidad de los galardones internacionales, desde la humilde y quebradiza vitrina de un museo.

 

Luis Grau Lobo

 

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Pasados de cultura

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(Publicado en El Mundo de León, el 15 de junio de 2008)

 

Estos días León se vistió de romano para celebrar la fundación de una legión cuyo asentamiento castrense, con el paso de los siglos, daría origen a la ciudad. El fin de semana pasado los romanos acampaban en las fiestas de Villaquilambre, y este verano se esperan nuevas romas y redivivos medioevos por los cuatro vientos provinciales. Y no sólo aquí. Estas mascaradas de época han prendido en el jolgorio popular organizado, lo cual no es preocupante, casi tanto como en la programación cultural institucional, lo que sí puede serlo. Desde hace más o menos tres lustros, expo de Sevilla arriba o abajo, las administraciones públicas, en su señalado papel de promotoras de la burbuja cultural oficial, han procedido a la organización de un evento tras otro, empeñadas en exaltar efemérides anuales y "magnas" conmemoraciones históricas. Tales centenariazos o aniversaritis crónica, proliferan hasta el hastío y ofrecen muy varia condición. En nuestra región, por ejemplo, hemos tenido desde el Tratado de Tordesillas -de ínfulas globalizadoras- a la muy decisiva llegada de Machado a Soria -¿le hubieran acusado de pederasta hoy día?- Sucede que mientras parte de nuestra arquitectura histórica se cae a pedazos levantamos exposiciones y pabellones efímeros (léase Zaragoza o cualquier otra), al tiempo que el patrimonio arqueológico se sepulta o destruye sacamos del desván las togas, o mientras las bibliotecas apenas tienen para libros, editamos lujosas naderías impresas que nutrirán todas y cada una de las papeleras de la región.

No se ha aprovechado casi nunca para que esos gastos y fastos alumbren infraestructuras que permanezcan, hagan del gasto inversión y de la oportunidad, provecho. No se suele aprovechar para que esos presupuestos cimienten conocimiento, cultura en fin. En un país con graves deficiencias educativas seguimos invirtiendo sobre todo en la promoción de un tipo de cultura que oscila entre la pedantería intelectual y la banalidad, y que ofrece (cuando los ofrece) discursos alambicados y minúsculos, relegando la construcción y la comprensión de ese gran relato que nos interesa a todos, y que permite insertar y comprender esos otros de menor rango, a la esfera de una cada vez más menesterosa e ignorada "enseñanza media".

Por su parte, el negocio del ocio, el auténtico resorte que mueve estos "eventos culturales", usa y abusa de los tópicos y tipismos de una historia rancia y estéril cuyo único mérito es que no requiere explicación, porque no siembra dudas. Pero el empleo de tales lugares comunes no responde tanto a la desinformación o la carencia de estudios históricos como a la mayor facilidad de manejo, de manipulación, que ofrece lo trivial. Estos platos precocinados, resultan más fáciles de masticar, aunque otra cosa sea su digestión y sus efectos futuros, como sucede con la comida rápida (o basura). Y, con su tipismo simplón y maniqueo, sin sutilezas, sin escalas de grises, suplantan a un discurso trabado, dialéctico, que permitiera entender, no sólo atender con la mirada prendida del lugar hacia donde apunta el dedo.

La historia se torna una serie de fotos fijas, postales o imágenes de marca aplicadas a cada sitio o territorio según sus apetencias y "perfiles" turísticos. Y se perpetúan los estereotipos: el castillo de Ponferrada es siempre templario, la herrería de Compludo visigoda o las minas romanas de Las Médulas fueron explotadas por esclavos a golpe de látigo, aunque tales afirmaciones hayan sido desmanteladas por la ciencia histórica tiempo atrás. Como sucedía con la promoción turística que el régimen franquista hiciera con la imagen de España, adobada de sol, paella, mantilla o capote, los tipismos ahora atomizados y "tuneados", estructuran el discurso del llamado turismo cultural ofreciendo las mismas ruedas de molino a lo largo y ancho del país, aunque en apariencia pretendan resaltar diferencias identitarias que, al rascar en busca del premio, se desvanecen.

Se elude así la comprensión de los procesos, de las pugnas históricas y sus consecuencias para evitar el cuestionamiento del propio presente, la gran lección de la historia. Es más sencillo y acomodaticio tomar asiento, pertrechado de esas palomitas mentales, a ver el happy ending que han horneado para todos nosotros. Previo pago de la butaca, claro está.

De hecho hay quien afirma (y no faltan datos que lo avalen) que tenemos más instituciones y actos culturales que cultura propiamente dicha. ¿No resultará que, como sucedía con el traje nuevo del Emperador, nadie quiere reconocer que no hay traje para tanto trajín?.

 

Luis Grau Lobo

Psicotectura

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(Publicado en el Mundo de León, el 1 de junio de 2008)

 

Es bien sabido que, entre las "artes mayores" que dirían los griegos, la arquitectura (y su consecuencia a otra escala, el urbanismo) responde a un mayor protagonismo de la sociedad en su conformación, reacciona con más nitidez ante las circunstancias socio-históricas y, así mismo, ofrece singular interés para su consideración en términos sociológicos, como una creación vinculada en mayor medida a las manifestaciones formales, conscientes o inconscientes, del poder y sus ramificaciones. La forma, la estructura, la historia, la situación o las relaciones entre los edificios a menudo ofrecen sutiles y esclarecedoras interpretaciones de la sociedad que ordenó construirlos, de sus patrones y de sus anhelos más velados e inconfesables.

Sin embargo, que alguien asocie la mentalidad cartesiana de la tradición intelectual francesa al trazado ortogonal del París de Haussmann (y en reciprocidad haga lo propio con el galimatías urbanístico madrileño, por poner otro caso) no supone sino el arranque genérico de derroteros mentales más sugestivos a medida que se avanza por ellos. Existe incluso la posibilidad de actuar como un paseante jocoso que constatara e interpretase curiosas y a menudo no inocentes asociaciones entre ciertos edificios representativos, reveladoras ubicaciones o significativos cambios de uso. Unas observaciones que cabría tratar como una suerte de psicología de la arquitectura, de "psicotectura", podríamos decir (a no ser que Rodera proponga término mejor).

Veamos algún ejemplo cercano. El ayuntamiento leonés no sólo está frente a una de las entidades bancarias más conocidas del país (y no lejos del Banco de España, hoy vacío en otra fértil alegoría), sino que, a la manera de un acto fallido freudiano, tiene cobijo en la antigua sede de otra, la más leonesa (si tales entidades tuvieran patria), mostrando y demostrando que el consistorio se comporta cual otra entidad crediticia, que vive de los créditos, aunque en este caso de pedirlos, y, por ende, encerrado en ellos. La virulencia recaudadora del IBI que agolpa ciudadanos sufrientes a sus puertas en estos días quizás tenga que ver con el espíritu originario del edificio, que ha ocupado a quien lo ocupa. A la Diputación le pasa otro tanto, pero sólo a medias: parte de su bello palacio es ocultada por la misma Caja de Ahorros, aunque en este caso su vocación social y cultural haga menos pesante, menos abrumadora, la voluntad financiera de tan alargada sombra. La Junta, por su parte, está frente a la nada. Una nada hostil e incierta, pues iba a ser aparcamiento y jardín y se quedó a medias de ambas cosas, ni lo uno ni lo otro. Cercada por su propia vacuidad, su paquidérmica mole sólo sirve para ocultar lo que hay detrás: más nada.

Uno de los edificios leoneses más decidida y delicadamente metafísico es el Tanatorio de Eras de Renueva, destinado a desdramatizar el drama de la muerte, a despojar a los restos carnales de su cercanía y su tragedia mediante un ritual de descompresiones en límpidas cámaras estancas: entre el cristal blindado y las salas en penumbra apenas se dejan escuchar los susurros y el sigilo de pasos perdidos, temerosos. Se acalla la muerte como quien amputa una parte de la vida en la que no pensar, que desagrada por su mensaje último e inapelable y que se desactiva cual bomba de relojería. A pocos metros de este hipogeo mortuorio, un edificio tampoco muy diferente en su concepción última, está destinado a una operación similar respecto a los "cadáveres exquisitos" del arte actual: el Musac los "tanatoriza" (cuando no, más simple, los "tanatonta").

Y es que los museos son terreno abonado para las especulaciones entre el uso primero y el reciclado arquitectónico. Suelen alojarse en antiguos hospitales, vetustas cárceles o industrias desmanteladas, todo un síntoma de hacia dónde dirigimos la cultura. En ese sentido no es poca suerte que el Museo provincial resida desde hace poco tiempo en una antigua ferretería, signo profético de su destino actual como depósito -¿lúdico?- del material de culturas pasadas, un bazar de productos consumidos al ritmo de otras rebajas.

Otras asociaciones, reveladoras o festivas, podrían seguir a éstas: fútbol y toros a uno y otro lado de nuestro casi río; la existencia de un Polígono X (léase equis, no diez, por supuesto) del que no se sabe cuando se entra o se sale, o el acoso que viviendas y hoteles hacen a un enorme centro comercial en la Chantría, para lograr vistas al paredón de un edificio que, como casi todos ellos, carece de ventanas, ensimismado y voraz.

Que una enfática e internacional Feria del libro se haya celebrado en los bajos de un estadio de fútbol de lujo ocupado por un equipo condenado a perpetuidad en la segunda división B podría ser la frase inicial de un cuento de humor negro o un poema de Tristán Tzara, pero como podemos suponer a estas alturas, la realidad se mofa de la ficción y del absurdo, por superación.

En Madrid, que por algo aún es la capital del Reino, este tipo de relaciones simbólicas se tornan reveladoras de un orden de cosas más global. En la plaza de la Cibeles, sin ir muy lejos, se trenza una constelación de sentidos, pues si frente al Banco de España (este sí, repleto) está el Cuartel del Ejército; del otro lado, frente al Palacio de Telecomunicaciones se alza el escenario de otras comunicaciones, las psicofónicas del palacio de Linares. No muchos metros más allá, al fin, el Museo del Prado planta su figura horizontal frente al sórdido mazacote de un ministerio cuyo título alcanza categoría de dilema: Sanidad y Consumo. Pues bien, así se resume este duelo. Cultura: sanidad o consumo. Ustedes deciden.

Luis Grau Lobo

Museos para un día, museos para una época

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(Publicado en El Mundo de León, el 18 de mayo de 2008)

En 1977 el Consejo Internacional de los Museos, organismo asociado a la UNESCO (ICOM en sus siglas inglesas, la ONG más antigua excepción hecha de la Cruz Roja) decidió en su Asamblea General celebrada en Moscú, la institucionalización del Día Internacional del Museo el 18 de mayo, fecha de dicha decisión, la fecha de hoy.

Hace tres décadas el Museo necesitaba de tal estímulo, como lo necesitan hoy otras muchas causas a reivindicar que celebran así mismo su Jornada mundial particular (van quedando pocos días libres, por cierto, para tantas como tenemos pendientes). Hoy, tras un período sin precedentes de expansión del fenómeno museístico, tras una eclosión que ha llevado al propio ICOM a estimar que más de la mitad de los museos fundados en el mundo lo han sido en este último período (que no es poco en una institución con más de dos siglos de antigüedad), un dato que en el caso español quizás haya que enfatizar, cabe preguntase, ¿es necesario este Día? ¿Es "necesario" el museo al fin?

No ha sido el nuestro el único período de proliferación museística a lo largo de la historia de Occidente. En la configuración actual de la idea de museo, de la noción de Patrimonio cultural que lo engloba, han resultado determinantes sucesivamente épocas en las cuales la consideración hacia el pasado ha desempeñado un papel de refugio intelectual, de ansia retrospectiva, de  parada y fonda ante la incertidumbre que provocaban los tiempos contemporáneos. Para esas etapas de la historia el presente no ofrecía anclajes sino zozobras, y un inmediato pasado que era tenido por más confortable, más "distinguido", acababa de ser liquidado al precio que supone este tipo de cambios: el de una crisis, dicha sea esta palabra en su acepción transformadora, no necesariamente negativa.

El mouseion y la biblioteca alejandrinos fueron, así, el refugio del ideal politano griego desmantelado por los sucesores de Alejandro, mientras que los tesoros catedralicios y monásticos medievales congregaron las reliquias del ámbito de lo sagrado junto a otro sancta sanctorum: los restos del saber rescatado de la "Edad de Oro" de la Antigüedad. Las cámaras de las maravillas (wünderkammer) que albergaban indistintamente naturalia y artificialia o la galería del coleccionista de pintura y escultura en el barroco, precedieron de forma sintomática e ilustre a la estirpe de los museos modernos, nacidos al amparo de la toma del poder por una nueva clase social. La burguesía empuñaba las riendas de la historia confinando el pasado a la interpretación, dirigida e instructora, de varias instituciones entre las que el museo destacó pronto como una de las maquinarias culturales más complejas y, por ende, más sensibles a los cambios sociales. El museo fue concebido como una herramienta destinada a interpretar el tiempo, a construir un presente y preparar un futuro. Todavía hoy, cuando el museo está en crisis como lo estamos todos, debe ser entendido así para tener sentido, legitimidad, razón de ser.

Toda civilización inmersa en un proceso de cambio decide refrendar el mismo a través de la configuración del museo, de un tipo particular de museo, de una perspectiva histórica acrisolada en sus paredes. Así la nuestra. Aquejada por el final de una ilusión, por la ruina de la idea optimista e ilustrada de progreso, liquidada pacientemente por un siglo, el pasado, repleto de dolencias del espíritu (del "malestar en la cultura" freudiano a la condena de la poesía por parte de Adorno), nuestro tiempo ha sido el de los museos. Pero también el de las construcciones, muchas veces artificiales, cuando no meros artificios, de una identidad extraviada, pastoreada al redil sedante y manso de las certidumbres museísticas, al refugio del pasado o del academicismo de lo contemporáneo en el caso singular, y muy significativo, de los museos del arte actual.

Espoleados por tamaño protagonismo, muchos museos no sólo compiten ahora por una audiencia cada vez más previsible y estereotipada, sino que pretenden acceder al territorio inocente y aséptico de la administración del tiempo libre, del pujante negocio del ocio, y lo hacen a base de renunciar a su idiosincrasia para compartir recursos y lenguajes con las llamadas (a falta de mejor vocablo)  "grandes superficies", medioambientes sociales destinados a dar asilo a ese tiempo sin destino que se agolpa durante fines de semana y vacaciones.

En muchas ocasiones apresamos nuestro pasado (y nuestro supuesto presente) y lo encerramos en las paredes del museo para que no suponga una rémora a un futuro que se nos echa encima y aún no comprendemos, para que no afecte, con su carga de capacidad crítica, de cuestionamientos, a nuestra vida diaria, a nuestros sueños inconfesados y comunes. Elaboramos en aquellos museos discursos light, interpretaciones sometidas a voluntades políticas y sociales interesadas que conforman una visión de las cosas cautelosa y lenitiva. Para esto no es necesario el museo. Cuando negamos al museo su capacidad de resorte, de acicate intelectual que, puesto que explica, cuestiona la realidad, actuamos con la reverencia estéril de los animales que toman el poder en Rebelión en la Granja, la feroz alegoría de Orwell, en una de sus imágenes más clarividentes: "Volvieron después a los edificios de la granja y, vacilantes, se detuvieron en silencio ante la puerta de la casa. También era suya, pero tenían miedo de entrar. Un momento después, sin embargo, Snowball y Napoleón empujaron la puerta con el hombro y los animales entraron en fila india, caminando con el mayor cuidado por miedo a estropear algo. Fueron de puntillas de una habitación a la otra, temerosos de alzar la voz, contemplando con una especie de temor reverente el increíble lujo que allí había: las camas con sus colchones de plumas, los espejos, el sofá de pelo de crin, la alfombra de Bruselas, la litografía de la Reina Victoria que estaba colgada encima del hogar de la sala. ... y no se tocó nada más de la casa. Allí mismo se resolvió por unanimidad que la vivienda sería conservada como museo. Estaban todos de acuerdo en que jamás debería vivir allí animal alguno".

Luis Grau Lobo

España 1808

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(Publicado en El Mundo de León, el 4 de mayo de 2008)

 

Al hilo del bicentenario de la Guerra de la Independencia se suceden durante este año conmemoraciones, libros, actos, exposiciones y páginas, muchas páginas. En León, incluso, se ha vuelto a vindicar un alzamiento contra el francés que tuvo, como bien se sabe, tintes más propagandísticos a posteriori que verídicos, reverdecidos ahora por una suerte de leonesismo vocinglero y acrítico que se apunta igual a Fernando VII que al topo de la catedral.

Sin embargo, la guerra peninsular, como es conocida entre los británicos, aparte de un episodio no menor de las guerras napoleónicas ofrece una lectura interior, a efectos españoles, de gran trascendencia. En primer lugar supuso nuestro traumático tránsito al mundo contemporáneo, la primera y determinante liquidación del antiguo régimen (heredero en última instancia del feudalismo) pues por mucho que fuera reeditado posteriormente en distintas "restauraciones" se había emprendido un camino sin retorno. Pero la exportación, al paso de los ejércitos imperiales, de las formas políticas y sociales acuñadas en la revolución francesa tuvo en España un carácter incompleto (de "modernidad incompleta" en términos de Habermas) y trágico. El drama de los liberales españoles (de Goya, de Moratín...), fue comprobar como su admirada revolución era traicionada por el Imperio francés y, por si fuera poco, se convertía en el amparo ideológico de un invasor que pretendía modernizar el país a golpe de bayoneta. Esa revolución desde fuera, para el pueblo pero sin el pueblo diríase, fue rechazada de plano y con ella el baldón de "afrancesado" persiguió a quienes habían visto en Francia una oportunidad histórica y no a un enemigo represor. Así la tradición del liberalismo español surgió herida, aunque su espléndida puesta al día en Cádiz la redimiera y tal término, liberal, fuera así exportado a otros idiomas occidentales. Por cierto, que poco tiene que ver esa tradición liberal con la que pregona Esperanza Aguirre, sino con la que describe Juan Marichal.

El desprestigio del afrancesamiento explicará en parte la defensa a ultranza del rey Fernando por los resistentes. Un "deseado indeseable" al que ya su madre, en pleno golpe de estado fernandino contra su marido el rey Carlos IV, tildara de "marrajo" (dícese del toro que embiste a traición). Eso explicará después sucesos tan viles como la intervención de los Cien mil hijos de San Luis en ayuda del rey español: el francés era ahora el aliado que apuntalaba las viejas prebendas señoriales.

Pero 1808 es también el origen del mito nacional español. Más allá de los Reyes Católicos, los decretos borbónicos u otros, sólo esta fecha (y tal vez la más reciente constitucional) unió las voluntades populares en un sólo y anhelado objetivo: expulsar al invasor. Hubo de ser la presencia de un enemigo común la que congregara a los pueblos peninsulares en una lucha al unísono extendida a todo el territorio por otra fórmula inventada en esta tierra: la guerra de guerrillas, síntoma inequívoco de la implantación de ese odio y ese sentimiento común, versión castiza de la "nación en armas" acuñada por la Francia revolucionaria (otra lección de la historia: las invasiones tienen mal futuro, léase Iraq).

A partir también de ese momento España se redefine como un reino casi exclusivamente europeo, pues entonces se abre un proceso emancipador en América, de manera consecuente con las ideas en boga, que cierra su círculo en 1898 con la pérdida de las últimas colonias de ultramar. Quedaba así configurada, liquidado su papel de potencia colonial pese a los epígonos africanistas, una España más modesta, más acorde con sus facultades contemporáneas. Un siglo, el XIX, en fase de reivindicación historiográfica, en el que exportamos otros términos políticos de dudosa honra: golpismo, pucherazo, caciquismo, absentismo... pero en el que se configura, pese a todo ello, un país muy diferente al anterior, el nuestro.

Un siglo que se inicia a cuchilladas con los mamelucos en la Puerta del Sol y culmina en el desastre de Cuba (o en el de Annual). Un siglo en el que el pueblo protagonizó los momentos más relevantes, aunque casi siempre lo hiciera con su sangre, no con su voz. Porque 1808 es también, y sobre todo, la fecha de un gran fracaso, el del poder establecido. Ni la monarquía ni sus diferentes órganos de gobierno, civil o militar, estuvieron a la altura de las circunstancias, a la altura de esta excepción. Todos hicieron dejación de su papel, amedrentados por la fuerza del adversario, barridos por la pujanza de los cambios. Su inanición, ese vacío de poder, situó al pueblo como protagonista de sus destinos, organizado en Juntas o aparentemente desorganizado en partidas armadas, en una resistencia feroz y desesperada. Un pueblo que, por primera vez en España, asumía sin complejos un papel decisivo en la historia, tomaba las riendas de la situación. No hay poder, el poder es del pueblo: esa fue la revolución, en estado puro, en estado crítico. Del pueblo emanaron las únicas acciones honrosas, y no sólo de la guerra, y de él emanará de ahora en adelante, cuanto avance se produjera en la modernización del país. Una trayectoria que, con las interrupciones y altibajos que conocemos y que tanto lo hicieron desear, culmina en 1978, culmina hoy, doscientos años después. Ese es el legado de aquel momento histórico, el que hemos de celebrar y merecer todos los días.

 

Luis Grau Lobo

La revolución pendiente

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(Publicado en El Mundo de León, el 20 de abril de 2008)

 

Hace días una sentencia pionera en nuestro país rechazaba la construcción de una estación de esquí en San Glorio mediante el argumento, entre otros, de los efectos del cambio climático, de la variación incontrolada de las condiciones medioambientales. Este asunto es, sin género de dudas (más allá del caso concreto), el tema de nuestro tiempo, en frase de Ortega, tal vez el de todos los tiempos a partir del nuestro.

La presencia del ser humano sobre la Tierra se ha caracterizado desde sus orígenes por su facultad para transformar el medio natural, por adaptar el ecosistema a sus necesidades y requerimientos como especie. Más allá de índices antropométricos o fósiles, el género homo se reconoce porque crea, fabrica (homo faber, habilis, ergaster), actúa para modificar su entorno. A lo largo de sus escasos cientos de miles de años en este planeta, ha producido dos trascendentales saltos tecnológicos y culturales que han supuesto un repentino (en términos históricos) y exponencial aumento de tales facultades. Los conocemos como las dos grandes revoluciones de la historia de la humanidad. La primera permitió al hombre un mayor dominio de su futuro mediante el control de ciertos vegetales y animales, convirtiéndole en agricultor y ganadero, sedentario y especializado, superando así los azares del carroñeo, la caza y la recolección esporádica: fue la revolución neolítica. La segunda multiplicó aún más sus potencialidades de acción sobre el medio y una producción diversificada y ofreció un escenario demográfico y social inimaginable: hablamos de la revolución industrial.

Ambas crearon nuevos mundos intelectuales y colectivos, de forma que la humanidad no volvió a ser la misma, no hubo vuelta atrás, como no la hay en la historia. El desarrollo de tales tecnologías, desde las más primarias, asestó golpes definitivos al medio ambiente heredado: talas, quemas, encauzamientos o extinciones en el primer caso, se unieron a los riesgos de contaminación, de emponzoñamiento del entorno y a la dependencia de energías fósiles, no renovables, en el segundo, de forma que cada vez reducen más el escenario de futuro de nuestra vida en, recordémoslo, el único espacio capacitado para albergarla: la Tierra.

Ya desde los ochenta diversos indicios hoy irrefutables (desde el nivel de ozono atmosférico a las oscilaciones pluviométricas y térmicas) dieron la voz de alarma: la escala de la acción humana ha desbordado la capacidad de resistencia y autorregulación del planeta, hemos pasado un límite que pone en riesgo el escenario en que se asienta nuestra apuesta vital, todo lo que conocemos. No se trata, ahora lo sabemos con certeza, sólo de un calentamiento (el "efecto invernadero") sino de más aún: un desequilibrio y efecto dominó que amplía la incertidumbre climática y desestructura su funcionamiento, poniendo en riesgo formas de vida basadas en un statu quo cuyo futuro se torna incierto.

Pero no se hizo nada. El ecologismo fue desacreditado y escarnecido durante décadas, aunque ahora sabemos que fue la única actitud responsable, a pesar de sus errores y sus excesos de juicio o de imagen. No se hizo nada, e incluso, en el colmo de la hipocresía, se llegó a esperar que los efectos devastadores de la industria moderna y del cambio de clima se circunscribieran a zonas del planeta que eran más frágiles, menos preparadas. Y eran pobres. Si para las sociedades preindustriales la pobreza era inevitable, para las industriales se antoja imprescindible.

Sin embargo, algo ha cambiado en las interpretaciones del fenómeno que se hacen a escala mundial para que podamos esperar una reacción, una operación de gran magnitud, una última revolución que nos permita continuar habitando (y explotando) el mundo. Dos cambios de perspectiva que quizás nos salven.

En primer lugar hoy sabemos que el cambio del clima pone en riesgo la propia habitabilidad del planeta por el ser humano, su supervivencia. No se trata ya de salvar especies amenazadas o ecosistemas en peligro (aquello que parecía un "pasatiempo" de las sociedades avanzadas), sino que distintos y documentados trabajos analizan ya "el mundo sin nosotros". Tal hipótesis describe un entorno que se regeneraría tras nuestro paso y seguiría su andadura sin la torpe especie que se suicidó acelerando y protagonizando la sexta extinción: una más de entre las que nos consta en el registro paleontológico, pero para nosotros la única, y la última. Así que no consiste en salvar la naturaleza, sino a nosotros mismos.

Y en segundo término, quizás más importante aún para confiar en una reacción, el cambio climático es un mal negocio. Antes nadie le hacía mucho caso pues costaba demasiado y además, arruinaba ciertos emporios. Pero como sucediera con otros negocios fracasados a la postre (el tabaco, por poner un caso), diversas entidades no sospechosas de ecologismo o alarmismo, han constatado que las pérdidas económicas (no humanas, no ecológicas, insisto) debidas a este fenómeno y sus manifestaciones (el Niño, los "katrinas", sequías, diluvios...) son enormes, y el saldo contable, en resumen, es formidablemente negativo a efectos globales, muy por encima de intereses particulares, empresariales o nacionales. Por supuesto mucho más ruinoso que seguir con el actual modelo de explotación de los recursos. Gracias a cuentas ya echadas en Estados Unidos o el Reino Unido entre otros, quizás quienes pueden y deben, hagan algo. Porque luchar contra el cambio del clima no es sólo un asunto de alternativas energéticas o de contención industrial, sino que se trata de un cambio de paradigma en el comportamiento de las sociedades, sobre todo de las avanzadas, aquellas que consumen más recursos por habitante de los que pueden producirse. No hay mundo para todos viviendo como lo hacemos en Occidente. Y a ver quién dice a chinos o indios, entre otros, que no hagan ahora lo que hemos estado haciendo durante más de un siglo. El cambio necesario es tan radical, tan distinta ha de ser nuestra forma de vida, que no sólo está a la altura de las revoluciones neolítica o industrial, sino de la propia evolución como especie, de la propia supervivencia. Es un reto decisivo, un dilema.

Siento que San Glorio haya pagado los platos rotos, necesitan y merecen una alternativa y quizás ser los primeros les prepare para hacer algo mejor, pero todos los pagaremos más tarde o más temprano. O eso, o se acabó. Así de sencillo. Y así de difícil.

 

Luis Grau Lobo

Hoy es 14 de abril

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(Publicado por El Mundo de León, el 14 de abril de 2008)

 

Hoy es 14 de abril y, como conclusión a una semana de análisis históricos sobre la represión franquista y celebración del aniversario de la proclamación de la Segunda República española, ayer tuvo lugar un acto de homenaje a los fusilados y represaliados, en el cementerio de León. Nada que añadir en un ámbito de normalidad que, por desgracia, aún no hemos conseguido del todo al tratar este período histórico. Durante la pasada legislatura se echó en cara al gobierno su dedicación a la redención de la memoria histórica, a la vindicación de la tradición democrática previa a la dictadura y a quienes sufrieron, por defender aquella, persecución y muerte. Y se hizo con argumentos tan peregrinos como que no era el momento, que había temas más importantes o que ello enfrentaba a los españoles de nuevo. Tales aseveraciones, entre la vacuidad y el tremendismo, casi siempre tratan de ocultar la falta de asimilación de una tragedia histórica que durante casi medio siglo ha impedido hacer una lectura sopesada y veraz de acontecimientos una y mil veces manipulados en beneficio de intereses espurios.

No es momento de volver sobre el particular, para ello cabe remitirse a iniciativas como las Jornadas históricas mencionadas. Pero más allá del balance historiográfico, aún en nuestros días se mantienen entre los españoles diferentes perspectivas trasnochadas o simplemente sucias, que los supervivientes de estos acontecimientos, cada día menos, y nuestra propia dignidad como país, no se merecen. Dejando aparte a un franquismo químicamente puro, tan residual como el doble sentido que esta palabra pueda tener, en general se reconocen dos actitudes injustas frente a la dictadura y sus símbolos, sean estos mentales o físicos: la justificación y la ecuanimidad.

Entran en el terreno de quienes justifican guerra (y dictadura) supuestos "historiadores" revisionistas que se emplean a fondo en una suerte de determinismo histórico ruin y alejado de todo perfil científico: en resumen, la república se encaminaba inexorablemente hacia el golpe que acabaría con ella, y la responsabilidad, en esa línea argumental, no sería de quien se alzó contra la legalidad democrática, sino de ésta por no haber sabido mantenerse a salvo de sus propias crisis. Este razonamiento, con todas las lecturas y corolarios que se quieran, no es ni más ni menos que el de los propios golpistas (de hecho el de cualquier golpista), el de Mola, Franco y sus secuaces, por lo que no cabe concluir sino que estamos ante un neofranquismo travestido de supuesta erudición, de pretendida "versión alternativa".

Pero mucho más preocupante, a mi entender, por su gran número y su alto contenido sociológico, es la postura de quienes, desde una escasa beligerancia o un tenue posicionamiento ideológico, mantienen un enfoque que ellos consideran "ecuánime". Personas decentes, son muchos quienes, ante la propuesta de retirada de símbolos franquistas o del nombre de reconocidos fascistas o del dictador de calles y centros públicos reaccionan con variantes de la frase: "dejémoslo, es parte de la historia, ¿o acaso vamos a negarla?" Confunden de esta manera la memoria con la conmemoración, y quienes así piensan o se expresan se convierten en fiduciarios, muchas veces inconscientes, de la semilla social de la dictadura, transmisores de una especie de parásito mental colectivo que, tras cuatro décadas, tiene su explicación pero no se sostiene.

Muchas de estas personas, en aras de esa pretendida equidistancia equiparan el recuerdo público de Franco con el de Azaña o Negrín, por poner dos casos, como si verdugos y victimas, tiranos y políticos pudieran compartir la misma consideración, el mismo rasero, la misma evocación en fin. De hecho sancionan, tal vez involuntariamente insisto, la maniqueísta visión de la guerra auspiciada por el franquismo, la que atribuye al bando legítimo, republicano, la etiqueta de rojo, estalinista o comunista, origen de cuantos males se evitaron al fin gracias a la sublevación o, cuando menos, responsables de ésta, entendida como "un mal menor". No son pocos también los que piden dejar a los muertos sepultados en cunetas anónimas, como si quienes allí los tienen desde hace tanto tiempo no pudieran ejercer el derecho de honrarlos en familia, de reivindicarlos en sociedad, como si debieran seguir callando, intimidados por tanta placa a los "mártires de la cruzada".

Quienes esgrimen tan aséptica (y acomodaticia) imparcialidad histórica confunden a los personajes y hechos históricos con su valoración, con su saldo, con el valor rememorativo y didáctico de la historia. Sí, la historia es una ciencia, y toda ciencia ofrece al tiempo una visión del mundo plenamente contemporánea. Cada época tiene su historia y, condenados a conocerla, a entenderla, debemos interpretarla con las claves de nuestro tiempo, claves que, en una España democrática, normalizada en su contexto occidental, el de las sociedades basadas en un estado de derecho del que tanto se habla, no son otras que la condena sin paliativos a un golpe militar y a las consecuencias funestas de casi cuarenta años de opresión. Sin tapujos, sin medias palabras y sin rebajas. Y si la historia es, además, una disciplina humanística, es porque nos enseña qué fuimos y qué podemos volver a ser. Pero la historia no se repite, pese a la conocida sentencia de Santayana (con frecuencia atribuida a Kennedy), o al menos no lo hace de la misma manera. Por eso cuando se zarandea el fantoche de la guerra civil pretendiendo un silencio que evite su reedición, simplemente se abusa de fantasmas que, esos sí, están enterrados para siempre y a los que sólo cabe hacer una autopsia terminante. Sucede igual cuando se agitan banderas para hablar de la fragmentación de España o de su disolución en manos de cambios sociales que no gustan: es una determinada idea de España la que se puede desmenuzar, una idea de país que no es, precisamente, la heredera de la democracia republicana, sino la derivada de cuatro décadas de contaminación franquista que interpretó la personalidad de este país en términos similares, términos que vienen en definitiva a sostener valores e intereses muy concretos y que en ocasiones son jaleados por una retórica acrítica y virulenta.

La mayoría de esas personas, sin embargo, no verían con buenos ojos mantener calles dedicadas a Hitler en Alemania, a Pinochet en Chile, a Salazar en Portugal, o a Stalin en Rusia.... entonces, ¿por qué Franco? ¿No es Franco, sin atisbo de duda, uno más de esta larga lista? En las sociedades que vivieron un período parangonable de dictadura militar no sólo se ha procedido a eliminar cuantos símbolos públicos exaltaban esa ignominia, sino que, en un proceso de higiene mental y justicia colectiva, se ha procedido a reivindicar, a recuperar, la memoria de quienes se opusieron a ella o, simplemente, de quienes la sufrieron de forma más acusada, colectiva o individualmente. ¿Somos distintos a ellos?

Incluso el hecho de que se meta en un mismo y revuelto saco República, Guerra y Dictadura favorece este tipo de análisis torticeros, por cuanto la Transición, además, habría logrado sajar aquellos "males" extirpándolos del tejido histórico español para ofrecer la lozanía y plenitud de un período nuevo e "inocente", de algo distinto y, también por ello, exitoso. Del triunfo de la Transición quizás hablemos otro día, pero considero que tal éxito está muy relacionado con que en España se pueda hablar de las épocas anteriores a ella, y de su significación actual, en términos homologables con el resto de países occidentales. Cuando unas líneas como éstas, en resumen, sean ociosas.

 

Luis Grau Lobo

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