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Septiembre 2011 Archives

La lección del maestro

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(Publicado en El Mundo de León, el 18/9/2011)

Concluye el día 25 de este mes la exposición que ha iluminado la temporada con luz propia desde el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, aunque podrá verse después en el bilbaíno de Bellas Artes hasta enero próximo. Me refiero a la retrospectiva de Antonio López, artista tan único que los focos deben ir a buscarlo a él, y siempre salen recompensados con creces si lo hacen.

En los cuadros, dibujos y esculturas de López anida un mundo de soledades ensimismadas. Muy escasas veces los protagonistas de sus obras se acompañan o relacionan con alguien o con algo, y sus elementos, introvertidos sobre su propia existencia, conforman un todo nuevo y coherente, un objeto inédito y suspenso, como si esperara a alguien que no ha de llegar. Son ciudades (Madrid, paradigma de todas ellas) abandonadas a su propio vacío, en la tierra de nadie de las madrugadas o a vista de un pájaro errante y confuso, yermas, convertidas en naturalezas muertas de forma similar a como sus bodegones parecen retratar el paisaje prolífico de lo minúsculo, a como sus efigies y desnudos, sus árboles o sus habitaciones desoladas y algo decrépitas nos conmueven con los rasgos de su indefensión, en constante retorcimiento y quiebra de los géneros tradicionales. No obstante, recurre siempre López a una tradición formal figurativa que durante un tiempo le marginó por imposición de una vanguardia provinciana y arbitraria que creía atrasadas tales formas sin arañar siquiera la cáscara de su significado. Pero ese lenguaje de estirpe clásica adquiere en sus imágenes, como en las esculturas del malogrado Juan Muñoz o en los retratos del recién fallecido Lucian Freud, una inquietante y absolutamente moderna presencia, descarnada y frágil, la exhibición recatada de un misterio irresoluble implícito a la obra artística desde su nacimiento: la incapacidad de captar el instante y lo perdurable, de aprehender la condición de lo real y comunicarla, compartirla, la necesidad de transformar sus propiedades, de diseccionarlas e intentar una anatomía que nos revele sobre el mundo poco más de lo que dicen las entrañas sobre nuestras pasiones. Es algo que debemos saber aunque no se nos pueda decir.

En la obra del veterano artista manchego abundan también las enseñanzas y los modelos, estéticos y de comportamiento. Pero quizás una de sus mayores contribuciones al presente artístico y aún al social, sea la de alguien que ha seguido trabajando con la modestia y la dedicación que demandan las cosas bien hechas; esas que, al cabo de mucho tiempo, acaban por imponerse con la fuerza de su propia perfección, lejos de los fuegos de artificio, las imposturas y la caducidad de las novedades y las ocurrencias. Una de sus piezas más afamadas es su imagen de la Gran Vía madrileña, desierta y expectante. Fue elaborada paciente y reflexivamente a lo largo de siete años, en un proceso creativo meticuloso, retratado por el cine para otra de sus obsesiones creativas en "El sol del membrillo" de Víctor Erice (1992).

Es por eso que esta exposición va más allá de la mera muestra de una serie de trabajos, o de las ingeniosidades de salón que muchas otras suelen encumbrar, y así, recopilando toda una inmensidad de vida y dedicación, nos ofrece descarnada y fecunda la vieja lección del arte que quizás hoy más que nunca sea necesaria para superar unos tiempos difíciles que no han hecho más que empezar: aquella de que la inspiración, si llega, debe encontrarnos trabajando.

Luis Grau Lobo

Casas rurales

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(Publicado en El Mundo de León, el 4/9/2011)

Se acaba el verano. Y aunque en lo climático éste haya sido de mentiras, con su postrimería nuestros pueblos van recuperando el ritmo respiratorio pausado y achacoso que la llegada de sus hijos y nietos, oriundos o allegados, ha sobresaltado durante la fatigosa estación de las vacaciones. La mayoría de los pequeños pueblos y aldeas de nuestra región, sobre todo en estos tiempos de estrecheces económicas que no dan para horizontes más lueñes, ha asistido impávida a esta invasión de quienes retornan al remoto solar de la sangre. Durante unas semanas, los BMW y Audi, símbolos de una falsa prosperidad exhibicionista en la que no faltan modestias de otro tipo, conviven con los Massey Ferguson y los John Deere como en un juego de espejos, simulacro a la inversa de aquél éxodo agrario a las ciudades que purgó el campo español y se revierte en estos días, cíclica y fugazmente.

Quienes vuelven con la mirada altiva, añorante o enternecida se empeñan en recomponer el tiempo perdido de infancias y mocedades que rastrean en paseos y conversaciones joviales con una sombra de amargura nostálgica, como quien persigue un fantasma, y comparten a voz en grito y carcajada fácil recuerdos comunes una y otra vez, con la perseverancia de los relatos mitológicos evocados a la luz de una vela que ahora suele ser una barbacoa, un fluorescente de cocina o la barra de algún bar. Y mientras los adultos ofrendan su corazón a esa quimera, sus niños, que tal vez no conozcan ese lugar salvo por los días luminosos de recientes veranos que allí transcurren uno igual al anterior, entrelazan los mimbres de un nuevo edén que habrán de rememorar cuando alcancen edades más prosaicas. Entretanto, los mayores que aún apuntalan la morada familiar y algunos jóvenes que se resisten a los cantos de sirena de la ciudad o los han oído y no han caído en sus garras, observan a estos visitantes con cierto aire de sorna poco disimulada o con la condescendencia de quienes sienten ternura hacia la imagen idealizada y bucólicamente irreal que aquellos proyectan en un lugar que, para ellos, no es más que el teatro de lo ordinario. De rutinas que saben que volverán con toda su cadencia reiterativa y su gravedad trivial ahora que resuenan los motores y los adioses.

Y en el epicentro de esta alteración temporera, la fiesta del pueblo. Unas celebraciones que han trasladado su calendario a las inmediaciones de agosto por complacer al visitante ocasional, transformando casi siempre su antigua disposición campesina y ancestral en una suerte de juerga veraniega con botellón y una música ensordecedora, en un remedo trasnochador y doméstico de las vulgares parrandas de la capital, aunque precisamente no sea eso lo que buscan los agasajados, sino sus retoños, y hacia las que los vecinos de siempre se debaten entre la hosquedad y la resignación, sabedores todos de que se trata de una hipoteca por tanta novedad.

Era éste un país rural hasta hace bien poco. Y en el campo, en las poblaciones que resisten, tal vez a su pesar, al furor monótono del gastado ideal urbanita, junto al envejecimiento de sus habitantes y la decrepitud de sus antiguas y nobles casas, vecinas en ocasiones del lujo hortera de algún acomodado con ínfulas, aún se desgrana la íntima afinidad labriega con un campo maltratado por tanto desdén como le brindamos para mirarlo sólo de soslayo con ocasión de los paréntesis de nuestra vida cotidiana.

De alguna manera nos reconforta saber que, a nuestro regreso con ocasión de otros días excepcionales navideños o de estío, encontraremos allí las mismas caras, o quizás alguna menos, y los mismos rincones, tal vez maltratados una vez más, y el mismo aire limpio y como por estrenar en aquel lugar que quisiéramos fuera nuestro hogar y se nos desmenuza entre los dedos año tras año. Inventado y frágil, al fin, como todos los paraísos.

 

Luis Grau Lobo

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